El fatídico 11 de septiembre

martes, 13 de septiembre de 2016 · 00:00
Puede ser o no casualidad, pero el hecho concreto es que el 11 de septiembre es una fecha que trae funestos recuerdos en la memoria de los pueblos. 

Es así que en esa fecha, en 1973, el dictador Augusto Pinochet asaltó en Chile el Palacio de la Moneda para derrocar al último presidente progresista y popular que condujo al pueblo chileno por senderos de esperanza  y libertad (Salvador Allende), en aras de la construcción de un país de iguales. El referido militar, de tendencia ultraderechista, se prolongó por la fuerza en el poder hasta los primeros años de la década de los 90, sembrando luto, dolor, con un  saldo de miles de perseguidos, exiliados,  asesinados, encarcelados, torturados  y más de 10.000 desaparecidos.
 
Todo al influjo de lo que se denominó el Plan Cóndor y la inspiración ideológica de la Doctrina de la Seguridad Nacional, un capítulo negro que ojalá nunca más se repita en nuestro continente. 

También un 11 de septiembre, de 2001, aconteció uno de los crímenes de lesa humanidad más repudiables en pleno corazón del territorio norteamericano, cuando dos aviones fueron dirigidos para impactar en las torres gemelas de Nueva York, ocasionando el desmoronamiento de los dos edificios y la muerte de miles de personas inocentes. Los crímenes fueron inspirados en la denominada "Guerra Santa”  por fanáticos que constituyen la expresión radical y absolutamente distorsionada del islamismo, bajo el liderazgo del mercenario Osama Bin Laden, quien originalmente fue respaldado por Estados Unidos en su lucha contra la invasión rusa a Afganistan, para, posteriormente, convertirse en su enemigo. 

El 11 de septiembre nos siguió persiguiendo con sus acontecimientos funestos y esta vez se concentró en territorio boliviano, a través de una masacre contra indígenas. El hecho fue perpetrado precisamente en esa fecha  por sicarios vinculados a las élites sociales del departamento de Pando, los que arremetieron contra sus víctimas, en circunstancias de una marcha que pretendía llegar a Cobija para exigir el respeto a sus derechos. La investigación realizada por la Defensoría del Pueblo y organismos internacionales evidenció que, en este caso, nunca hubo enfrentamiento, sino que lo que aconteció en el lugar denominado El Porvenir fue, precisamente, una masacre; es decir, una acción unilateral de sicarios armados que dispararon contra indígenas indefensos. Varios de ellos, para salvarse, intentaban cruzar el río pero fueron alcanzados por las balas asesinas y sus cuerpos sin vida arrastrados por las aguas. 

Este genocidio aún sigue impune porque, no obstante la existencia de un juicio penal contra los presuntos autores, la acción dilatoria de la defensa logró el propósito de evitar una sanción penal, generando la impunidad sobre estos hechos.

En los tres países, cuyo territorio fue escenario de estos crímenes de lesa humanidad, hoy rige el sistema democrático; sin embargo, no se advierte un aprendizaje. Las víctimas fueron olvidadas y la violencia es la permanente amenaza que pone en vilo a la población.

Pinochet está muerto, pero la escuela del autoritarismo y la intolerancia subsiste en todo el continente americano. El odio y la vocación por la muerte, expresada en los atentados del 2001 en Nueva York, continúa reproduciéndose en el mismo país y se extiende hacia Europa, generando permanente zozobra. En el caso de los hechos suscitados en Pando, son la muestra ostensible de que cuando se pretende consolidar un objetivo político o preservar privilegios económicos no importa el sacrificio de vidas, particularmente de los más humildes, que son los que pagaron la factura de las ambiciones de otros.
     
Waldo Albarracín Sánchez es rector de la Universidad Mayor de San Andrés.
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