De modelos y utopías

martes, 20 de septiembre de 2016 · 00:00
El peso de la mortalidad me estremeció al leer Bolivia 2045 del sociólogo Ricardo Paz Ballivián. En 1945 yo tenía siete años y el mundo se encontraba en luto por las 80 millones de personas que sucumbieron de hambre, enfermedades o proyectiles que resultaron del más sanguinario proyecto fascista de la historia. Bolivia aún no estaba articulada, la tecnología era rudimentaria y nuestra estructura político-económica era feudal.   

En la década de 1940 la economía pasaba por una crisis y los empresarios mineros ejercían presión ante el Estado para aminorar la carga fiscal de su excedente por concepto de exportaciones. En este contexto asumió la presidencia Gualberto Villarroel, quien convocó, en 1945, a un "Congreso Indígena”, lo cual no logró evitar satisfacer demandas de reformas en un sector campesino dominado por relaciones de sometimiento y explotación. 

Mucha agua ha pasado debajo del puente. Estamos a menos de una década de cumplir 200 años de la institución de una República convertida en Estado Plurinacional. En 2025 veremos con mayor claridad si la institucionalidad democrática está encaminada, con un estado de derecho pleno. Tarde o temprano debe quedar en claro la proyección del actual modelo político. Debido a que la institucionalidad democrática es todavía incipiente, un debate honesto y proactivo es casi inexistente.

Para 2045 deberíamos tener una economía que haya superado la fase del extractivismo, instaurando un modelo de producción dinámico que estaría afincado en una revolución agro-industrial, una industrialización basada en nuestras ventajas comparativas, una población altamente capacitada en nuevas tecnologías y una sociedad civil dinámica que aporte con su innovación, sudor y riesgo de su capital al desarrollo nacional. 

Una condición para cumplir ese noble y compartido objetivo es la estabilidad política, únicamente lograda con la mencionada institucionalidad democrática. El mundo entero está polarizado; y nuestra sociedad sumida en un empate catastrófico que únicamente promete volverse más dramático y peligroso. Ante la polarización, debemos empezar a entrever qué modelo político mejor se adapta a nuestras necesidades. 

Una posibilidad es intercambiar el presidencialismo vigente por un sistema parlamentario, que mejor permita mediar diferencias, condición básica para una convivencia pacífica. Ello, sin embargo, tampoco es garantía de estabilidad, como puede evidenciarse en el caso español, donde unos pocos jovenzuelos se entretienen con su bloqueo parlamentario a la voluntad de la mayoría. 

Tampoco debemos descontar la posibilidad de perfeccionar el sistema presidencialista, que frente al parlamentarismo ofrece la ventaja de una más rígida separación de poderes y la elección independiente del Legislativo, y el Ejecutivo. El presidencialismo, al igual que el parlamentarismo, depende de una clara conciencia democrática colectiva y alternabilidad en el ejercicio del poder. 

En el presidencialismo el pueblo elige al Parlamento y al Presidente de forma independiente, sin necesidad que el Presidente pertenezca al partido mayoritario del Congreso. En el parlamentarismo, se puede acortar el mandato del Ejecutivo, lo cual permite un mejor control y alternancia en casos de crisis política. Ambos modelos tienen ventajas y peligros. El mayor peligro, sin embargo, sigue siendo la falta de reglas claras e institucionalidad de la democracia. 

El modelo económico que estará vigente el 2045 es un misterio. El sistema político debería ser un tanto más predecible. En teoría, estamos todos de acuerdo con fortalecer la democracia, bajo un presidencialismo o parlamentarismo. En la práctica, sin embargo, la idoneidad de instituir pesos y contrapesos, con independencia de poderes y alternabilidad del poder, son principios que tal vez no sobrevivan, por lo que en vez de una utopía, tal vez se regrese a la precariedad de mi niñez.

Flavio Machicado Saravia es miembro de Número de la Academia Boliviana de Ciencias Económicas.

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