Tábano

Conspiranoicos

martes, 06 de septiembre de 2016 · 00:00
La explicación que el presidente Evo Morales y su Gobierno esbozan cada vez que se encuentran en apuros es que existe una conspiración política, que se intenta desestabilizar al Gobierno o que acaban de sofocar un golpe de Estado.

De tanto repetir la misma historia, la teoría de la conspiración ha convertido a los miembros del Gobierno en conspiranoicos, lo que en buen castellano sería paranoicos aquejados con delirios de conspiración.

La teoría de la conspiración es una válvula de escape a la total ausencia de autocrítica en el Gobierno que, antes de asumir sus propios errores, pretende achacarlos a los opositores, al imperio y a los medios de comunicación. 

Ya quisieran tener los opositores el músculo para, al menos, quitarle el sueño al ministro Carlos Romero.

Ya quisiera el imperio gozar de la confianza popular para iniciar una arremetida en contra del gobierno de Evo Morales.

Ya quisieran los medios de comunicación que su voz sea escuchada y que haga cambiar la más mínima de las políticas públicas.

Tampoco tienen el músculo para inquietar al Gobierno los sectores sociales no oficialistas que protagonizan largas y penosas protestas sin que el Presidente se digne siquiera a recibirlos, entre ellos los discapacitados, los cívicos de Potosí o los indígenas de tierras bajas.

En cambio, sí tienen la fuerza para presionar a las autoridades los sectores que cogobiernan el país, entre ellos la Central Obrera Boliviana  y los cooperativistas mineros, que protagonizaron violentos conflictos los últimos meses.

Sin embargo, estos sectores, lejos de buscar el debilitamiento del Gobierno, lo que hacen es presionar para obtener más beneficios estatales. El Gobierno se ha beneficiado de ellos con el voto y con el respaldo orgánico en las calles, y lo que ahora está recibiendo es la factura por ese apoyo. 

Esto  ocurre particularmente con los cooperativistas mineros que, luego de obtener todo aquello que ningún otro gobierno les ha dado, querían aprovechar su alianza para catapultarse como un poder paralelo destinado a amasar fortuna.

Según un recuento de Página Siete, el Gobierno ha denunciado al menos ocho conspiraciones en los 10 años de su gestión: La Calancha, Caranavi, gasolinazo, Colquiri, Tipnis, Comcipo, discapacitados y cooperativistas. A ellos hay que agregar la lucha autonómica del 2008 que acabó con la masacre del Porvenir y la desarticulación de la presunta célula terrorista en Santa Cruz, en 2009.

Eso querría decir que el Gobierno ha desbaratado un intento de golpe de Estado por año y con seguridad está compitiendo por el primer lugar en eficiencia antigolpista con el chavismo de Venezuela.

Según un reciente recuento del sitio web de la periodista Amalia Pando, durante este Gobierno 77 personas murieron producto de la violencia política en diversos conflictos.

La teoría de la conspiración para explicar estos mortíferos conflictos, además de ocultar los errores  propios, lo que hace es justificar estas muertes que, de otra manera, podrían ser achacadas al Gobierno.

No hace falta ser un analista de seguridad para darse cuenta que, para bien de la democracia, los golpes de Estado en Bolivia pasaron a la historia. 

Precisamente, para asegurarse que no tendrá sobresaltos, Evo Morales mantiene contentos a los militares a base de prebendas y éstos se declaran, cada vez con más pasión, anticapitalistas, socialistas y antiimperialistas. Y, del otro lado, el Gobierno hace la vista gorda a los escándalos de corrupción que envuelven a los militares de alto rango, incluso a los que están en funciones y sólo investiga a los subalternos, a aquellos que no afectan la institucionalidad de las Fuerzas Armadas.

El tejido social que cogobierna Bolivia no podría hacer un golpe de Estado porque estaría yendo en contra de sus propios intereses al ser un aliado del Gobierno. Tampoco lo harían los militares antiimperialistas agradecidos con su capitán general. Y los acusados de intentar estas arremetidas apenas tienen fuerzas para su propia sobrevivencia, como los medios, los opositores, los discapacitados, los cívicos de Potosí, entre otros. Así las cosas, los conspiranoicos son los únicos que creen en la incesante teoría de la conspiración, aunque para eso tengan que recurrir a "pruebas” tan inverosímiles como un puñado de tuits.

Mery Vaca es comunicadora social y periodista multimedia.
392
4

Comentarios

Otras Noticias