Doxo cooperativismo minero

jueves, 8 de septiembre de 2016 · 00:00
"La ira colectiva empieza cuando alguien arrima la chispa al leño -halagan al monstruo ciego y sordo que se complace en su propia ira, lo abofetean en el rostro o le pasan la mano por el lomo-. Momento propicio para encauzar la ira colectiva, o mejor dicho, se enderecen las bajas pasiones. Entonces es suficiente que alguien grite: ¡Hay que matar! Para que la muchedumbre se lance como un toro salvaje sobre su víctima, ¡hay que robar! Para que comience a saquear, ¡hay que destruir! Para que el torrente humano se desborde y arrastre todo cuanto se pone a su paso” (E. Caballero).

El poder político no ha medido las consecuencias del empoderamiento de los "movimientos sociales” -grupos de intereses-. El poder, en  "la búsqueda del éxito político, no se ha basado en el nivel de educación y de la propuesta. La clase política en el poder sólo ha promovido gente afín con sus mismas características: capacidad de funcionar en un sistema corporativo centralizado y de entender las reglas de juego del partido” (A.M. Salazar).

La política actual para el fortalecimiento de los grupos de intereses en la cumbre del poder utilizó, a semejanza el discurso de la Doctrina de la Seguridad, que presumía que la dictadura militar era la mejor barrera contra el comunismo, para reposicionar a los llamados "movimientos sociales” y convertirlos en la muralla contra el capitalismo, sin considerar, en  muchos casos, el bajísimo nivel de educación, la falta de educación civil y la escasez de valores morales y éticos.

El "movimiento social”: los patrones cooperativistas, "fuerza social ordenada, disciplinada y sumamente orgánica, con trabajadores y peones que acatan militantemente las decisiones políticas”, se han convertido en una fuerza política que ha encontrado la veta del poder en el pacto con los gobernantes. La alianza política les ha concedido beneficios extraordinarios, préstamos, donaciones, condonaciones, subvenciones, concesiones de yacimientos mineros, tolerancia a los avasallamientos de yacimientos, pasividad ante el no cumplimiento con obligaciones sociales y tributarias, etcétera.

Su poder político y su reconocimiento como la "fuerza social más importante de la minería” le ha permitido utilizar la cultura del miedo, del chantaje, del atropello y de la dinamita para plantear y conseguir sus reivindicaciones. 

Los hechos y actos, con resultados luctuosos protagonizados por las fuerzas del orden guiadas por el Gobierno y los cooperativistas mineros, nos quitan el velo de los ojos y de las mentes para hacernos ver y comprender de manera tardía el poder duradero, peligroso e inmenso que tiene el empoderamiento a las fuerzas monopolizadoras del ambiente político, a partir de los discursos virulentos y pasionales, los compromisos preferenciales y las exigencias en función de la correlación de fuerzas. 

Todo ello nos coloca en un contexto de incertidumbre ciudadana y nos genera las siguientes interrogantes: "¿el poder ha utilizado el lenguaje de las serpientes encantadas? ¿se abrió la tapa de la cesta y los encantados se han dado cuenta que sí tienen los dientes y su pócima? ¿falló el pulso del cirujano o el filo del bisturí?”.

Estos cuestionamientos podrán tener contestaciones diferenciadas de acuerdo con  las percepciones. Pero, sólo existe una respuesta ante la muerte de ciudadanos bolivianos: ¡No a la maldita violencia!

Óscar  A. Heredia Vargas es docente emérito de la Universidad Mayor de San Andrés.

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