Mar de desaciertos

viernes, 09 de septiembre de 2016 · 00:00
No debió caer nada bien -sobre todo al interior de la "ortodoxia leguleya”- lo expresado por el reconocido profesor y principal asesor internacional de Bolivia en el juicio contra Chile radicado ante la CIJ, en sentido de que ambas partes "puedan aplazar el procedimiento y sentarse a negociar sustancialmente optando por la vía del desistimiento”.

Que sea nada menos que Antonio Remiro Brótons quien lo haya dicho, casi con certeza, habrá ocasionado profundas furias en esa suerte de "aquelarre jurídico” que piensa que la solución del asunto marítimo boliviano pasa, entera y únicamente, por el proceso judicial (amén de nuevos juicios en carpeta).

Incluso se escuchó: "Que habiendo ingresado al terreno judicial ya no sería posible el escenario de negociación y que sólo la CIJ tiene la palabra de aquí en más”. Una imprecisión, desde luego, pues la diplomacia, por esencia, trata justamente de la alternativa siempre abierta a la negociación en cualquier momento, de eso se trata (aún inmersos en pleno juicio). El impecable significado semántico vertido por Brótons (hombre experimentado, juicioso y reposado en esas lides) tiene perfecta concordancia con el petitorio de nuestra demanda: negociar de buena fe y con resultados.

Pero, por otro lado, y a contramarcha de tales consideraciones, con nulo criterio estratégico, se adoptan decisiones y acciones tan poco meditadas que, a la larga, pueden perjudicar nuestra demanda exitosamente posesionada en La Haya.

Hace tan sólo unas  semanas, la inspección de una aguerrida delegación boliviana en territorio chileno hizo noticia. Poco más y una hazaña se consiguió (cascos incluidos en Arica y entonación algo desafinada de la marcha al mar en Antofagasta). Coraje, valentía, patriotismo, ni duda cabe.
 
Haber trastocado con "cósmico” desconocimiento toda forma de protocolo y usos diplomáticos es lo de menos. Al puro estilo gremialista, más bien, se cometió una tosca torpeza.

Resultado: acentuar la marcada antipatía chilena y encaprichamiento más radical aún con todo lo boliviano. No sólo son ahora las autoridades chilenas, con su intemperante canciller a la cabeza, sino también su población y opinión pública los que se atrincheran en la tozuda cerrazón. A Chile le conviene ese tipo de errores, entramos a su juego. "No negociar con ese tipo de interlocutores”, dirán.

Pudo haberse hecho un necesario, como pertinente reclamo, pero bien conducido, siguiendo los procedimientos, mediante los cuales Chile no podía haberse negado, en el marco de por lo menos cuatro "instrumentos jurídicos” que  permiten a Bolivia activar las obligaciones incumplidas por el vecino.

Siempre lo más difícil de meter la pata es el infructuoso intento de querer sacarla luego. ¿Qué se esperaba sino una reacción virulenta? Claro que después, tal vez al darse cuenta del exceso, se pretenda amainar el asunto con reiteradas invitaciones al diálogo, "donde Chile disponga”, de paso.

Lo más trágico es que no haya el suficiente valor civil para alertar lo inconveniente de ciertas decisiones (aunque se insista en que al ser temas distintos, el uno no influiría sobre el otro) y para eso debieran estar los asesores,  ¿no es cierto?

Se pensó, en determinado momento, que las visiones de mínima cuantía enarboladas por prestidigitadores de unidimensional razonamiento habían sido superadas. Al parecer no.

En fin, ya en la arena judicial (con dos procesos prácticamente en paralelo) la lógica impondría cautela, para no perjudicar nuestro objetivo esencial y procurar generar, en todo caso, un ambiente propicio para la ulterior y deseada negociación, pero eso no se consigue ni con campañas ni con comparsas.

Ojalá que de aquí a un tiempo (si algo comienza a fallar, lo que ningún boliviano quiere) no se intente explicar algunos despropósitos indefendibles que bien pudieron evitarse. Se vendrá abajo el entusiasta coro de alabanzas convertido en un tribunal de acusación. Tal vez se hablará de improvisaciones, de falta de coherencia y de un rudimentario manejo diplomático.

Las astracanadas deben terminar, los agravios mutuos (como si de una reyerta en medio de recovas se tratara), también. Los desaciertos hay que hacerlos notar, porque se trata del principal tema de nuestra política exterior, el marítimo. Queremos y debemos negociar, y para eso hay que allanar adecuadamente el camino con prospección estratégica.


Gustavo Murillo Carrasco es abogado y diplomático.
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