La luz de otra galaxia: recordando a Alfredo La Placa

domingo, 1 de enero de 2017 · 00:00
En su última exposición hace pocos meses, Alfredo La Placa me pidió que hable sobre su pintura.  
Dije entonces, como en alguna otra ocasión, que Alfredo no era un ser común de nuestra tierra, que era un visitante de otra galaxia y que por eso lo que veíamos en sus pinturas, esas luminosidades dentro de las piedras; esa visión del alma de los metales; esas luces de lejanas constelaciones, eran reflejos de otras vidas, de antiguos viajes por otra galaxia donde aprendió a ver lo invisible y a plasmar lo imposible en una pintura tan diáfana como era compleja.  No me pareció sorprendente que siga pintando a los 87 años, y más bien que sí, aquello era una demostración renovada y magnífica de su capacidad creativa.
 
Al cerrar el año, este hombre brillante, de tantos talentos, conocimientos y capacidades se fue apaciblemente, dejando atrás un legado que va más allá de la impresionante obra que siguió acrecentando hasta este año 2016.  Se fue y me duele escribir esas palabras. Antes de irse, dejó marca y huella en muchas personas, y no sólo a través de su pintura. Para todos aquellos afortunados que lo conocieron, Alfredo era inestimable en sí mismo  inseparable de su creación, una persona cuya vida y pensamiento eran también parte de su arte.  
 
Su inteligencia, su curiosidad infinita, su afán de coleccionista, su mirada certera e incansable deseo de saber, conocer y mantenerse al día con la ciencia y la tecnología lo convertían en un hombre múltiple, sin edad, de pensamiento sin restricciones y con ansias de vivir esta vida a plenitud, e ir aún más allá de los límites del tiempo. 
 
Este hombre de pensamiento agudo y analítico,  sabía que se desvanecía y sentía que su cuerpo, ya tan delgado y liviano, lo traicionaba. Todavía tenía mucho por decir y hacer.  No se rindió nunca. Es por eso que escribo esto con cierta rebelión en mi alma, porque Alfredo La Placa, de 87 años y medio,  no era un anciano cualquiera; era una luz brillante, un alma especial que no quería apagarse, y que no puede haberse extinguido del todo.  
 
Tuve el privilegio de estar con él dos días antes de su partida.  Recordamos los paseos de nuestra juventud hasta la Muela del Diablo, y dijo con pena que ya no podía levantarse "…eso que siempre he sido un gran caminante… ” También dijo  con la mano en la frente, que pese a todo su mente y alma eran "lo esencial, lo que perdura”.  No nos despedimos.  Quedamos en vernos otra vez, incluso a través del quiebre oscuro que se avecinaba, y en caminar juntos en esa otra galaxia donde caminaríamos bajo otros soles hacia nuevos rumbos luminosos.
 
Así espero que sea.  No puedo decir adiós.  Tengo la certeza de que las ocho obras suyas que engalanan mi casa me hablarán de él y sus nuevas andanzas. Creo firmemente también, que Rita del Solar, su amada compañera, su inspiración de más de un cuarto de siglo (y mi amiga más entrañable) sentirá algo parecido. Su cuerpo podrá haberse ido, pero su espíritu, sus pinturas, sus palabras, su silueta fina sentada en un sillón francés, seguirán presentes, porque este hombre dejó huella, una huella de dimensiones inasibles, cuya importancia crecerá con el tiempo.  
 
Querido Alfredo: no puedo decir que descanses en paz, porque estoy convencida de que no es el final. Seguirás tus andanzas en un más allá sin límites y sin cansancio. Hasta entonces, mi amigo tan querido.
 
Lupe Andrade Salmón es periodista.

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