Los Judas de Iscariote

martes, 24 de enero de 2017 · 00:00
Como todos sabemos, Judas de Iscariote fue un personaje vil e inmoral, desleal, traicionero e inauténtico, puesto que  simulando ser el apóstol más fiel y comprometido con las enseñanzas de Jesús, acabó vendiéndolo por 30 monedas a sus verdugos.

En nuestra sociedad aún sobreviven muchos Judas de Iscariote, unas veces disfrazados de profetas, de amigos incondicionales, de políticos patrióticos, de zurdos o socialistas  que dicen priorizar la igualdad, de fervorosos curas, de jueces y abogados, aparentemente muy respetables que afirman defender las leyes  y que sólo la prostituyen. De fiscales corruptos que se dicen defensores de los intereses de la sociedad, de policías que teóricamente precautelan la seguridad ciudadana y hasta de algunos hijos, muy solícitos  y tiernos mientras son dependientes, y que al igual que Judas de Iscariote simulan ser lo que no son y, peor aún, son precisamente todo lo contrario cuando alcanza su independencia.

La vileza humana se incrementa y se generaliza a medida en que las condiciones sociopolíticas la hace más permisible y hasta la promueve. El mercantilismo y la lucha por la vida no dejan campo para nimiedades éticas y morales. Todo vale, lo importante es parecer, simular, disfrazarse de lo que convenga, apoyar al poderoso, al rico, a la ideología en boga, llegar a ser juez con tal de hacer dinero, luego aparentar ser señor de la más alta alcurnia y, finalmente, pedir perdón a los hombres y dioses por los errores, y vilezas cometidas, a fin de tranquilizar conciencias y, si se puede, ganarse además el cielo.

El primer mensaje de la traición de Judas de Iscariote es que los serviles, por agradar al amo o defender secantes ideologías, se prestan a las tareas más sumisas o bajas como son: injuriar, penalizar, encarcelar, enjuiciar, mentir, etcétera. Serán los primeros desertores cuando las condiciones cambien, puesto que su pretendida fidelidad es simplemente producto de las conveniencias circunstanciales que los favorecen lo que los alienta y promueve su falsa lealtad.
 
Como las velas de un barco se hinchan al lado que sopla el viento, no importa a qué puerto apuntan, lo que interesa es avanzar, cueste lo que cueste, se aplaste o se traicione. A mayor servilismo, mayor cinismo para simular solidaridad, convencimiento y fanatismo. Es como si, temerosos de mostrar su doble naturaleza, se aferraran a ser más dogmáticos e intransigentes, impermeables a otras ideas o críticas e incapaces de reconocer los atropellos y violaciones que cometen sus amos o ideologías.

El segundo mensaje que nos enseña Judas de Iscariote es su insaciable sed de revanchismo que esta clase de personajes guardan en su interior, que al igual que un potente resorte largamente comprimido  está presto a dispararse en la dirección opuesta, apenas se dan las condiciones para que ello suceda. Me refiero a la metamorfosis que sufren estas almas innobles e inauténticas cuando tienen la opción de cambiar y acomodarse a  las circunstancias: los zurdos, para vivir como los capitalistas que decían odiar,  los capitalistas, para camuflarse o apoyar las ideologías de turno,  los defensores de la justicia para extorsionar y vilipendiar, la Policía para convertirse en los delincuentes que aparentan perseguir, o los nuevos demócratas para aplastar a quienes no comulgan con sus ideas y creencias. Como los camaleones acomodan sus valores, principios e ideales a las circunstancias prevalecientes, sin rubor ni arrepentimiento. 

El tercer mensaje que nos enseña este pasaje bíblico que hace referencia al comportamiento del hombre cuando se le presenta la posibilidad de traicionar lo que con tanto fervor defendía es que  los valores se adecúan a las ideologías, ambiciones y coyunturas, y que manipulándolos se puede llegar a justificar el polo opuesto o la antítesis de lo que con tanto entusiasmo se defendía y que, por consiguiente, no existe pecador que habiendo traicionado los más nobles ideales  encuentre suficientes motivos y razones para justificar la tesis contraria, y, por lo tanto, su deslealtad y falta de consecuencia.

Finalmente, Judas de Iscariote nos enseña que más allá de las ideologías, servilismos, noblezas aparentes, patriotismos convenientes siempre existirán personajes viles y traicioneros, que se prestan para todo con tal de  alcanzar sus objetivos, acicateados por ambiciones desmedidas y una sed de revanchismo insaciable. A ellos no les falta condiciones extremas para traicionar, simplemente nacieron sin moral, sin valores, lo que los hace unos peces aventajados en las aguas sucias y turbulentas en que se mueven. Sólo podemos desearles que les vaya como se merecen.
  
    Antonio Soruco Villanueva es ciudadano boliviano.

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