La Haya: juicios, diplomacia y su trasfondo (II)

martes, 31 de octubre de 2017 · 00:00
Se había señalado con anterioridad que demanda marítima, Silala y diplomacia, en función de las prioridades de la política exterior boliviana, van juntos y constituyen un conjunto conexo que debe gestionarse  desde una perspectiva estratégica coherente. 
 
Con relación al segundo aspecto, en el caso Silala, el tema tiene larga data, desde la concesión para el uso de las aguas a una empresa chilena, en 1908, pasando por su suspensión en 1997, hasta un fallido acuerdo por el pago del 50% del uso de esas aguas, ya en la presente administración del gobierno del presidente Morales.
 
Cabe recordar que hace un par de años atrás -para sentar soberanía- se promovió con más demagogia que sentido común, como gran idea, un criadero de truchas y una embotelladora de ancestrales aguas de manantial. Lo más probable es que esa "genialidad” haya quedado como seguramente está en la actualidad: cuatro estanques ni siquiera llenos, con tres ispis en su interior, para no hablar ya de las truchas, que si existen serán más falsas que el "argentinizado mote”. Nada de eso funcionó.
 
El tema volvió a tomar vigencia en marzo de 2016, con el anuncio de un nuevo juicio contra Chile -con deficiente sentido estratégico-. Si se pensaba hacerlo, ¿para qué diablos anunciarlo? Lo cierto es que Chile se adelantó y más allá de su desfachatez, en una de esas sirvió para quitarnos el estigma de país "pleitista” que muchos se ufanan en promover, pues no debe olvidarse que Bolivia proyectaría otros juicios: por el Lauca, por el libre tránsito, por el incumplimiento y hasta por derechos humanos. Prometedor panorama para quienes se frotan las manos con la posibilidad de múltiples litigios, pero con lo que acercamiento y negociación se alejan, sobre todo si pensamos en la demanda marítima, pronta a concluir el año que viene.
 
Pero ¿cuánto se habrá avanzado en un año y algo más desde la creación la otra dirección estratégica que se encargaría del tema Silala que, además, iría a formar un equipo multidisciplinario de especialistas (incluido lo más selecto del área castrense)?  
 
Aparentemente nada. Claro, se posesionó a un "jurisconsulto” neófito en asuntos internacionales, quien aparte de hacer declaraciones entreveradas, con un rebuscado y "churrigueresco” lenguaje -perdido como estaba-, a la primera de cambios dejó colgadas sus funciones y asumió como ministro, en enero de 2017. Lo suyo era otra cosa. Sus opiniones sobre el tema Silala, con interminables e insustanciales "vueltas”, eran una verdadera pesadilla.
 
Habría que indagar, en el marco de la transparencia y la tan cacareada rendición de cuentas, cuánto, cómo y qué se hizo de útil en ese lapso.
 
Haber fusionado -con un decreto supremo- el tema Silala con Diremar para que ésta lo oficie (que no es mala idea), lo que permitiría optimizar tareas y gestión. No obstante, todo indicaría que será una nueva ocasión para concentrar mayor poder en los mismos personajes que han visto en los juicios internacionales su propicia veta para seguir medrando: una suerte de cofradía bastante influyente (entre amigotes), se diría. 
 
La cadena de mando seguirá desde la cartera de Justicia y desde La Haya, como siempre, aunque, por supuesto, con una fachada de institucionalidad falsa que no aporta gran cosa y sólo obedece a lineamientos de quienes en verdad tienen la última "ratio dicidendi” en los apasionantes juicios y temas jurídicos que los obsesionan.
 
Se espera, en todo caso, que las cosas se encaminen bien. La presencia del profesor Remiro Brotóns, una vez más, otorgaría confianza y solvencia profesional acerca de este otro litigio.
 
Este tipo de asuntos deben gestionarse con apego a las reglas de la CIJ y en ningún caso como trinchera de agravios en la que muchas de nuestras autoridades caen seducidas, a veces por oficiosas, pero también por las deliberadas provocaciones que otros "desubicados politiqueros” pretenden crear desde Chile.
 
Gustavo Murillo Carrasco es abogado y diplomático.

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