En torno a la compasión

lunes, 18 de diciembre de 2017 · 00:04

Cuando los medios informaron que Nicolás Ortiz, ciudadano boliviano, había huido de Estados Unidos para eludir un juicio por violación, hubo cierta ambigüedad sobre el papel que jugó su madre, Cosset Estenssoro, entonces directora de Migración en Bolivia. Algunos la acusaron de estar encubriendo al hijo y otros la defendieron, pues parecía que ella había sido vinculada al caso nada más que por ser su madre. 


 Las evidencias no tardaron en salir a luz y quedó claro que ella estuvo involucrada en la extensión irregular de un nuevo pasaporte a Ortiz para facilitar su huida de los Estados Unidos. Así fuera discutible la decisión del Gobierno boliviano de destituir a Estenssoro e iniciarle un juicio por tráfico de influencias, el uso que ella hizo de su poder político y administrativo para favorecer a su hijo la involucra en el delito del que él está acusado. 


 En una columna de opinión reciente que versaba sobre otros asuntos, el autor pidió discreción y un poco de compasión por la señora Estenssoro. Dijo que si el caso es insignificante para los Estados Unidos –ya que  no han pedido la extradición de Ortiz-, el aspaviento del Gobierno boliviano es hipócrita y sólo tiene móviles políticos. Es verdad que nuestro gobierno es inconsistente y arbitrario en la administración de justicia pero, independientemente de su motivación en este caso, la crítica pertinente debería estar dirigida a la inacción de los Estados Unidos. Inacción que simplemente muestra que en ese país, como en el nuestro, la violencia contra las mujeres no recibe la atención que se merece. 


 ¿Debemos –podemos- sentir compasión por la madre de un violador? Por la vergüenza que ella sienta, seguro que sí. Pero defender sus actos ilegales por su condición de madre es ofensivo a las madres y, más aún, a la víctima. En un caso así, la que merece atención es la víctima, pero si cabe preocupación por alguna madre, debería ser la suya y no la del agresor. 


 ¿Cómo es posible que en un país como Bolivia, donde el incremento en agresiones contra las mujeres es tal que las Naciones Unidas ha pedido al Gobierno la declaratoria de alerta nacional, estemos conformes con que un violador no enfrente justicia y se arriesgue la seguridad de otras mujeres al mantenerlo libre?


 La violencia contra las mujeres no se debe necesariamente a la falta de leyes específicas de protección; la violencia contra las mujeres se debe a la falta de aplicación de las leyes que ya existen, dejando impunes a los perpetradores que, en muchos casos, son además reincidentes. La violencia contra las mujeres se perpetúa porque persiste una cultura, en el Estado y en la sociedad, que habilita y justifica a los agresores y que culpabiliza a la víctima o la ignora.  


Es por todo esto que los actos de la madre de un perpetrador importa. Es por esto que pedir compasión por ella está fuera de lugar. Es por esto que pedir discreción sólo contribuye a seguir silenciando a las víctimas. Y es por esto que pedir privacidad en un caso como el que nos ocupa está equivocado. La reacción tiene que ser pública y tan fuerte como sea posible, porque es inaceptable que las mujeres sólo sean tomadas seriamente cuando ya es demasiado tarde. 


 Rara vez las quejas y denuncias de las mujeres son escuchadas y tomadas en cuenta, como bien ilustra el trágico fin de Stephanie Arias, asesinada por un hombre que ya estuvo en la cárcel por haber atacado a otra joven en iguales circunstancias pero un juez, acaso por compasión, lo puso en libertad.  
 Siente compasión por todos, si eso te hace sentir mejor cristiano, pero no empieces por el criminal, empieza por la víctima. Y mejor que compasión, solidaridad e indignación.


Emilia P. Anaya es historiadora.

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