Continuidades y rupturas

Tengo mil amigos y no conozco a ninguno

jueves, 21 de diciembre de 2017 · 00:06

Recordé esta frase escrita en el libro El Acuario del Facebook, cuando vi  hace poco en el Facebook una nota de agradecimiento por las felicitaciones de cumpleaños recibidos, escrita por un amigo en su perfil. Dicha nota expresaba sensibilidad y emoción por la cantidad de mensajes recibidos, señalando que muchos son sus amigos, a otros los aprecia y a muchos otros los conoce muy poco o, con seguridad, los desconoce. Tratándose de un líder de opinión o influencer, es posible que muchos aprovecharon la oportunidad para  saludarlo, y por supuesto, lo hicieron  con afecto.


 Sus palabras revelan la potencia que las redes han ganado en nuestra vida cotidiana y se han instalado cómodamente en las fronteras entre lo público y lo privado, diluyendo sus fronteras. Antes existía  una separación tácita entre ambos espacios; en cambio hoy, los acontecimientos de la vida privada transitan sin pudor hacia el ámbito público y viceversa.


 El ejemplo del amigo es  simple y bastante frecuente, no obstante estos tránsitos suceden con situaciones mucho más críticas, como el caso del perro Pantuque, la propia Gabriela Zapata, expresiones de violencia privada, reyertas o  afectos que trascienden al ámbito público, visibilizando sucesos que de pronto, voluntariamente, el autor o autora los posiciona en la vitrina de las redes.


 ¿Qué es lo que motiva a hacer esto? ¿Se ha convertido en un acto inconsciente? ¿En una necesidad emocional convocada por la frase de inicio en la página de Facebook que nos interpela: “¿Qué estas pensando (nombre)?” ¿Cuál es el sentido de autoexponer la vida y activar la consiguiente expectativa respecto al otro?


 El mundo de las redes, como lo señalan  múltiples investigaciones, ha afectado las formas en que nos relacionábamos con la realidad y ha transformado la subjetividad. Entre los autores están  quienes sostienen que es un nuevo “panóptico digital” al que nos sometemos voluntaria y espontáneamente.

 En esa línea está la gran dependencia que se genera respecto a las reacciones, likes o comentarios  como elementos fundamentales de reconocimiento social, o  las potentes argumentaciones  respecto a que vemos e interactuamos con aquello que nosotros mismos vamos seccionando de la realidad, o, en el peor de los casos, lo que los propulsores de las redes deciden por nosotros (la denominada burbuja digital).


 Tampoco se equivocan estos teóricos al afirmar que las redes convocan  a las emociones y afectos más que a los  argumentos fríos, y sesudos debido al tipo de fotos, videos y textos que se comparten y, sobre todo, a los comentarios y reacciones con los emojis, que no se sabe a veces cómo interpretar.


  El acceso aparentemente ilimitado a la información  parece ser la otra cara de la moneda: informarse en tiempo real, acceder a textos inimaginados y a la vida privada de las personas presionando un botón, lo cual es percibido por muchos v como una democratización del saber y del conocimiento, o como una nueva manera de socializar y generar amistades virtuales.


 La idea de este artículo no es inducir a que todos nosotros nos aislemos de dicho dispositivo o dejemos de interactuar –lo que además, con certeza, no podríamos– pero si es una invitación a detenernos ante este impulso casi  automático que nos introduce acrítica e inocentemente en sus enmarañados mundos.


María Teresa Zegada es socióloga.

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