La cuestión en debate

La inflación en Bolivia en 2016, los precios “burbuja” y otros

sábado, 29 de abril de 2017 · 00:00

Johnny Zapana Poma

Evo Morales, actual presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, y los funcionarios que acompañan su gestión sostienen, de manera enérgica, que la inflación en Bolivia está controlada; es decir, que existe estabilidad de precios de los artículos de la canasta familiar. Efectivamente, los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran que desde que ingresó el presidente Morales al Gobierno (2016) la inflación anual oscila en el 5%. 

Si la inflación está controlada, ¿por qué la mayor parte de la población, principalmente las personas con ingresos medios y bajos, afirman que este indicador económico no refleja el incremento real de precios de los productos consumidos por las familias?

En el ánimo de responder a este sentimiento, en esta oportunidad realizaré un análisis en el contexto de las ciudades de La Paz y El Alto, durante la gestión 2016, considerado un año atípico por dos hechos ocurridos: a) un incremento en las tarifas de transporte urbano y b) la inmisericorde sequía que golpeó a gran parte del territorio nacional. 

En Bolivia la inflación está determinada por el Índice de Precios al Consumidor (IPC), que mide la evolución de los precios de una canasta de bienes y servicios más consumidos por la población. De acuerdo al peso que tiene un producto o servicio en el gasto total de la canasta familiar, el INE ha determinado una ponderación con la que calcula el IPC general (para toda la población) y otra ponderación para los más pobres. 

Para la gestión 2016, el INE hace conocer que la inflación en Bolivia fue de 4% y que los precios del grupo alimento y bebidas no alcohólicas creció en 6,90%. Durante este año, el comportamiento de los precios fue afectado por una serie de acontecimientos:

Se incrementaron los pasajes del transporte urbano de buses, micros y minibuses en 50 centavos de bolivianos (33%). El impacto directo en el presupuesto familiar se refleja en sus ponderaciones: 3,6% para buses y 2,4% para minibuses. El ajuste de tarifas, además de un efecto multiplicador en los precios de otros productos, alteró las expectativas inflacionarias de la población. Los comerciantes y productores tomaron sus previsiones ajustando precios de los bienes, y servicios que ofrecen. 

Si bien hubo un incremento oficial, los choferes intentaron de facto ajustar las tarifas desde enero, en ese afán realizaron presiones para no aplicar la tarifa interciudad, rechazaron la tarifa plana, realizaron paros y bloqueos, y disminuyeron el  servicio por las noches. La población se vio obligada a usar los teleféricos o tomar hasta tres movilidades para llegar a su destino, inclusive pagando más de la tarifa oficial, Por ejemplo, tres bolivianos entre la Pérez Velasco y La Ceja. Estos pagos adicionales no están contemplados en el cálculo del IPC, que únicamente toma la tarifa oficial de dos bolivianos.

En la ciudad de El Alto, desde enero, los panificadores realizaron presiones y acciones para subir el precio del pan a 0,50 bolivianos. Una parte de la población empezó a comprar el pan a ese precio; sin embargo, el cálculo del IPC recién lo considera a partir de mayo, cuando el precio fue homogéneo en toda la ciudad. 

Desde enero se reporta sequías y retraso de lluvias en el altiplano, hay pérdida de cultivos y ganado. La disminución de producción agropecuaria provoca especulación e incremento de precios. En el caso de la papa, hay un fuerte déficit de oferta y su precio subió hasta 80 bolivianos la arroba, en determinado momento. Otros productos, como el pollo, también subieron de precio por la escasez de maíz y los paros del transporte pesado. La ponderación de ambos productos es 3,5% dentro el cálculo del IPC. 

La racionalización de agua en 140 zonas de La Paz y siete distritos en El Alto a partir de octubre impulsó, de gran manera, la especulación con los precios de algunos productos, es el caso del pan marraqueta. Los panificadores de pan de batalla se vieron obligados a disminuir su producción habitual, la población como respuesta estaba obligada a consumir otros productos sustitutos (galletas, por ejemplo) o el pan de elaboración industrial a un precio más alto, respecto al precio oficial de 0,50 bolivianos.

Por el déficit de agua, los comedores populares y pensiones se vieron obligados a reducir la cantidad de alimentos preparados, no podían responder a la demanda de la gente que ya no cocinaba en su casa; entonces el almuerzo (un Chairito con su Falso conejo de segundo) que costaba en mercados populares 12 bolivianos subió a 13 y mucho más. Regularizado el servicio de agua, los precios volvieron a su nivel inicial.  

Un fenómeno inédito fue la especulación del precio del agua. Ante los grifos secos, la gente se vio obligada a comprar agua de vertientes y envasada, que en la tienda llegó a costar hasta 8 bolivianos dos litros. Los sachets de agua subieron 0, 50 a un boliviano.

La crisis del agua obligó a familias a realizar gastos extraordinarios, como el lavado de ropa por kilos en limpiezas, que también incrementaron sus tarifas. 

La magnitud del impacto del pan corriente, agua y alimentos fuera del hogar en el presupuesto de las familias se refleja en sus ponderaciones: en forma conjunta tienen un peso de 12% en el consumo de las familias. 

   Entre enero y julio el transporte pesado, con paros y bloqueos, paralizó el comercio exterior.
 
Este hecho tiene su incidencia en los precios domésticos debido a que en la canasta familiar se encuentran varios productos alimenticios importados, como los enlatados y las frutas provenientes del Perú, Argentina y Chile, que ingresan gracias al desplazamiento de los cultivos de coca en lugar de alimentos en los Yungas. Se produjo una escasez temporal de estos productos importados y los precios subieron, pasaron los conflictos y los precios volvieron a bajar, aunque no siempre a su nivel inicial. 

Los bloqueos de calles de las personas con discapacidad, que por más de un mes obligó a la gente a cambiar de rutina, ocasionaron gastos adicionales a la hora del almuerzo, con incidencia en el presupuesto familiar. 

Si bien los acontecimientos descritos alteraron significativamente el comportamiento de los precios de los alimentos y servicios básicos, se deja claramente establecido que estos incrementos, principalmente en los alimentos, no fueron definitivos y en el mayor de los casos bajaron, y volvieron a su nivel inicial; es el caso de la papa (precio actual 40 bolivianos la arroba).
 
Los alimentos se caracterizan por tener precios bastante sensibles, reaccionan inmediatamente a cualquier acontecimiento extraordinario en la economía, por eso suben y bajan con facilidad. Este hecho hace que se denominen también precios "burbuja”.    

El cálculo del IPC contempla las fluctuaciones temporales de precios, por eso cuando sube el precio de un alimento en un determinado mes, la inflación también sube y cuando baja su precio al siguiente mes la inflación también baja. Hay un efecto compensación (neutralización) en el corto plazo, entonces el IPC en un tiempo más largo (por ejemplo un año) se muestra como si los precios estuvieran estables. Por eso cuando las amas de casa se enteran que la inflación fue baja, reaccionan y dicen: "Pero yo compro la papaya, la papa, el pollo y otros alimentos cada vez más caros”; es que les viene a la mente esos momentos en los que realmente compraron esos productos a precios altos y sienten que el poder adquisitivo de su dinero es cada vez menor. Bajo estas consideraciones la metodología del INE crea un espejismo de baja inflación, de una inflación maquillada.
   
 Johnny Zapana Poma  es economista.

 

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