La escaramuza

El impase fronterizo

martes, 16 de mayo de 2017 · 00:00
Una de las estrategias más utilizadas por los caudillos populistas fue, desde hace mucho, inventarse enemigos fatales. Los populismos se rodean de estos enemigos imaginarios no sólo porque les permiten un amplio margen de discrecionalidad antidemocrática, sino porque, además, requieren con urgencia  apremiante algún elemento simbólico que unifique el pueblo en torno al caudillo. Frente a las amenazas se construye un escenario imaginario de grandes éxitos "a pesar” de las amenazas. Todo debe funcionar en tiempo real.  Los males de la nación son producto del pasado, no del presente, aunque ese presente tenga más de una década.  

En la litografía nacional que construyen nada tiene que ver la corrupción, el despilfarro, la arrogancia y la ineptitud. El caudillo no se equivoca, son los enemigos del proceso de cambio, el imperio y sus oscuras fuerzas, todos son culpables menos ellos, y cuando ninguno de estos fantasmas  se hace creíble, hay que echar mano de algo más efectivo: un enemigo mayor.

Los argumentos mentirosos y exitistas, sin embargo, tienen un límite impuesto por la realidad de las cosas. Cuando al populismo latinoamericano se le acabaron los pretextos y cuando el discurso populista no tiene ya nada de nuevo que ofrecer, o cuando las arcas nacionales se han agotado después del reparto del botín, la necesidad de inventar un enemigo mayor suele servir de paliativo. La lógica sigue una progresión aritmética en consonancia con el grado de deterioro del régimen. Cuanto más desgastado está, mayor debe ser el tamaño del enemigo.  Maduro se inventó una "guerra económica” de proporciones cósmicas, Morales una agresión extranjera de dimensiones epocales. 

 Salamanca, que encarnaba el final de una casta oligárquica, comprendió (porque era a pesar de todo un hombre inteligente) que la Guerra del Chaco redimiría en su victoria el poder liberal colonial que agonizaba después de 20 años de usufructuar del Estado. Como todos sabemos, la imaginaria solución no sólo fue desastrosa sino que además terminó con su derrocamiento. El imaginario enemigo resultó de veras demoledor. Su egolatría, su ambición de poder, su codicia sin límites terminó con "el hombre símbolo”  y se llevó el país  detrás de sí. 

Es obvio que las demandas que Bolivia tiene en cuanto a su reivindicación marítima son históricamente justas. También es obvio que el último incidente fronterizo requiere una monolítica defensa de los soldados presos. Todo esto es evidente y necesario, lo innecesario es que la alegoría oficialista pretende sembrar en el inconsciente colectivo  la sensación de que vientos de guerra podrían amenazar la nación. En la lógica gubernamental, esto se traduce como una amenaza al proceso de cambio y en la misma hermenéutica del viejo, y ulceroso Salamanca, una alegoría de ese tipo sólo tiene el objetivo de reconstituir una imagen exitista que el Gobierno ya ha perdido. Todo funciona, además, en nombre de la paz internacional.

Las soluciones, según los expertos, no requieren agitar los ánimos de una manera tan irresponsable. Existen los mecanismos internacionales y procedimentales que sin necesidad de crear dramáticos fantasmas, solucionarían de manera menos agresiva la actual disputa, pero utilizar el impase para construir un escenario, que entre otras cosas allana ciertos inconvenientes en los esfuerzos prorroguistas del caudillo, parece del todo inaceptable. 

Inventar la sombra de un  eventual conflicto (además imposible de realizarse) no le devolverá el prestigio y la credibilidad que lo llevó al poder. Lo único que en realidad podría salir de esto es un mayor deterioro del régimen. Más le sirve al Gobierno una digna solución diplomática. Un éxito de la Cancillería. Una clara señal de eficiencia en la administración de las relaciones internacionales.

Un manejo menos demagógico y artificioso, no sólo le da tranquilidad al pueblo, sino que, además, refuerza nuestra verdad y da certidumbre a las víctimas, hoy presas en cárceles chilenas. Si de algo sirve la historia es precisamente para no jugar con fuego, no vaya a ser que en vez de reconstruir la hegemonía perdida en 11 años de gobierno, terminen enterrándola del todo. 

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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