El frío de Jaime Saenz

jueves, 1 de junio de 2017 · 00:00
¿Qué es El frío, de Jaime Saenz, si no una colosal exploración? Claro. A muy poco andar, no es lo ya andado, lo que discurre, lo lírico que embota con obstinada insistencia. En el alero donde crea y recrea la noche en audaces contorsiones, atrapa los sonidos de Wagner -corriente impetuosa de aguas-, y los guarda en cada bolsillo. Los hurga y divide; los examina y tematiza, y se empapa de ese torrente. Pronto repara Saenz en que el gigantesco esquema de ejecución –el suyo, el propio- podría ser no inteligible, un galimatías, un peligroso neologismo, un vandalismo, un exceso de estética para los que están al frente, en aleros anchos, pero tan angostos… 

Y de tanto andar por su alero, en ida y vuelta, ya no es su deseo seguir con la misma historia, con la vida más íntima del espíritu nacional; es entonces cuando gira su veleta hacia el "drama” de la música hallada, un auténtico esfuerzo en el sentido de la verdad que bien se expresa en la renuncia de la melodía absoluta en aras de lo más noble, lo más expresivo y lo más fiel del verso, de sus versos, de su poética, cuyo esteticismo, como profunda actitud valorativa de la belleza se coloca en un peldaño superior a la estética. 

Es ahí, pues, que aquel consuetudinario lirismo que enerva y debilita como demonio encadenado a la puerilidad, se renueva en combinaciones; si orquestales, armónicas, cromáticas y contrapuntísticas de un supremo Wagner pintor de sentimientos, en Saenz esa renovación, esa porfiada cualidad de paralelismo se manifiesta en el fundamento, en el método, en la metáfora y en la innovadora organización formal.

 Una vez que ha recalado en esta orilla, gozoso, y con estrategia provocadora, interpreta el arte de aquel, y el suyo, para sí mismo y para la ancha platea. En uno y en otro, en Wagner y en Saenz, su arte es redentor. Se escucha en Rienzi o en El buque fantasma; se percibe en El frío, cuya temperatura poética e intimista se impregna -en insistente iterar- de la fascinante inspiración de Wagner.

Fragmento de El frío

Tiene un olor de antigüedad/ Es el de los adivinos/-y en el aire,/ cuando se cierne la noche,/ un olor de juventud/ que se ha desvanecido/ junto con el día.




Pablo Mendieta Paz es escritor y músico.

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