Librepensamiento

Rusia y Bolivia

jueves, 1 de junio de 2017 · 00:00
Las relaciones entre Bolivia y Rusia estuvieron siempre marcadas por la ideología, no en términos de correlación en cuanto a la interpretación del mundo y de la sociedad, sino respecto a la aplicación de imaginarios políticos en provecho de intereses precisos, pero frecuentemente ajenos a lo que realmente representan ambos países. 

 Desde sus inicios los vínculos entre estos países estuvieron marcados por este tipo de ideología.
 
Las relaciones diplomáticas entre Rusia y Bolivia se establecieron en 1898, para ser interrumpidas luego de dos décadas como  consecuencia de la Revolución de Octubre. En 1945, como derivación del pacto anti Hitler de los Aliados, Bolivia, junto con  otros países, restableció contacto con la URSS. Recién en 1969, durante la presidencia de Alfredo Ovando Candia, se intercambiaron embajadores. 

Ovando iniciaba un ciclo de militarismo progresista y necesitaba respaldo para contener la derecha local, y enviar un mensaje de prudencia a Estados Unidos, considerado entonces como ahora padrino de los reaccionarios criollos. Se firmaron entonces decretos para suministrar estaño y sus concentrados a la URSS, y en 1970 suscribieron ambos países, en Moscú, un acuerdo de cooperación científica y técnica. Sin que ello influyera en nada, en 1971, el derechista Hugo Banzer Suárez derrocó, mediante golpe de Estado, al progresista general J.J. Tórrez, heredero de Ovando en el poder.

El paisaje parece repetirse. Rusia es ahora solicitada para despertar temores y no concretar realidades. El apoyo para el desarrollo de centrales nucleares en Bolivia, así como el suministro de armas para nuestro Ejército, parecen encaminados más a alucinar a los bolivianos que amilanar a  Estados Unidos o -en el caso de los helicópteros- a los chilenos, con quienes estamos nuevamente contrapuestos por el viejo tema de nuestra salida al mar.

Ese recurso es eminentemente ideológico, incluso en su aspecto caricatural, pues algunos estrategas del Gobierno parecen ver a la Rusia de nuestros días como si fuese exactamente la URSS de hace poco. Es penoso, pues encierra la relación entre ambos países en espectros que obnubilan una adecuada comprensión de ese gigante euroasiático.

Que sea como la "Gran Madre Rusia” o como el "País de los Soviets”, Rusia ha desempeñado un importante papel en la historia contemporánea. Su influencia en los países eslavos ha sido siempre gravitante y su intervención en los asuntos mundiales frecuentemente solicitada por los países occidentales cuando la situación para su sobrevivencia parecía comprometida. En 1914, durante la Primera Guerra Mundial, Francia e Inglaterra concibieron a Rusia como el integrante de la Triple Entente, aceptando prácticamente su liderazgo para destruir el poderío del imperio alemán. Y es sabido que en la Segunda Guerra Mundial el Ejército Rojo fue decisivo para el triunfo de los Aliados.

Rusia tuvo la especificidad para desarrollar sus potencialidades asimilando la realidad mundial, pero dándole un toque propio, siempre circunspecta respecto a la hegemonía occidental.
 
Ortodoxa frente al occidental cristianismo católico o protestante,  leninista cuando el marxismo se estancaba en Occidente. Y ahora, la particularidad de la Rusia de Putin en un mundo globalizado, diferente de  un Occidente en el que el multiculturalismo se ha convertido en el nuevo espíritu del capitalismo.

Nuestros intentos de transformación parecen estancarse por la presión cultural de un Occidente que se ve a sí mismo de manera irreemplazable e idealizada. Slavoj Zizek, el filósofo esloveno, nos alerta sobre la decepción de una Europa del Este que se fascinó por el modelo cultural occidental luego de la desintegración del comunismo en sus países. Peter Sloterdijk, filósofo alemán contemporáneo, reflexiona sobre relación causal del extremo individualismo en el extremo comunitarismo: "Individuos que viven cómodos en el interior de una burbuja en una sociedad individualista en la que se da un cortocircuito narcisista: el hombre que no necesita recurrir al otro, creándose la ilusión de formar pareja consigo mismo”. En una visión civilizatoria del cambio   es necesaria otra mirada a la Eterna Rusia.

Pedro Portugal Mollinedo es director de Pukara y autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia. 

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