Policías inútiles (segunda parte)

jueves, 15 de junio de 2017 · 00:00
En la edición del periódico Página Siete del sábado 20 de mayo pasado, Alfonso Gumucio Dragón publicó un artículo de opinión con el título de "Policías inútiles”. Cada palabra, cada párrafo leído lastimaba mi naturaleza, mi esencia de Policía. Es cierto que la imagen institucional de mi policía está muy afectada por algún hecho corrupción, insuficientes recursos humanos para satisfacer la creciente demanda de servicios policiales, incremento de la delincuencia común, crimen organizado y otros, que son objeto de duras críticas en medios de comunicación y, por supuesto, en las redes sociales.

Lo que no acabo de entender es cómo una persona que se dice ser comunicador social, experto en comunicación para el desarrollo, y de tamaña trayectoria profesional tenga una percepción tan distorsionada de la función policial; más aún, pueda emitir criterios frívolos, empleando adjetivos despectivos y humillantes hacia los policías.

Posiblemente no se dio cuenta de que los policías también somos seres humanos con aciertos y desaciertos, en ocasiones falibles en la difícil y noble misión de la conservación del orden público, la defensa de la sociedad, y la garantía del cumplimiento de las leyes.

Posiblemente no se dio cuenta de lo difícil que es ser policía en nuestro medio, en una sociedad muchas veces intolerante, que estigmatiza a la Policía con pensamientos estereotipados y negativos. Creo que sólo vio el árbol y no la majestuosidad del bosque.  

Posiblemente no se dio cuenta de que el personal de diferentes unidades policiales, ajenas a la Dirección de Transito, sacrifican horas de su descanso para apoyar y coadyuvar en el trabajo diario de los policías de Tránsito en horas de mayor tráfico peatonal y vehicular; que conceden el tiempo destinado a su alimentación para acudir a los establecimientos educativos a preservar la seguridad e integridad de nuestros niños y adolescentes. 

Si vio a uno de mis camaradas comiendo en algún puesto callejero es porque sencillamente ya no le dio el tiempo suficiente para ir a su casa y alimentarse adecuadamente, o porque el policía no goza del salario suficiente para sentarse en un elegante y cómodo restaurante de comida gourmet. Por cierto, señor Gumucio, en las unidades policiales no existen cantinas.

Posiblemente la "cara de baboso e impávido” que percibió no es como parece; lo que en realidad sucede es que ese policía se detuvo un momento para recobrar el aliento y la fuerza necesaria para volver a lidiar con choferes agresivos, intolerantes y renuentes a cumplir las normas de circulación vial.

Pero bien, entrando en la lógica de nuestro eventual crítico, me permito hacer referencia sólo a algunos "policías inútiles que no sirven para nada”…

Sin mirar muy lejos, el coronel Marvel Flores y el cabo René Amurrio ofrendaron sus vidas en el anexo del Palacio Legislativo, cubriendo con sus cuerpos la onda expansiva de la detonación de una carga explosiva activada por el exminero Eustaquio Picachuri para salvar vidas inocentes; el sargento Juan Carlos Quenallata fue victimado salvajemente por mineros cooperativistas que bloqueaban la carretera La Paz-Cochabamba, en su intento por devolver el derecho restringido de la libre locomoción que toda persona tiene. El sargento Juan Apaza Azpi falleció después de 23 días de agonía a consecuencia de las lesiones ocasionadas por proyectiles de arma de fuego, tras frustrar un robo agravado a una librecambista.

Pero no sólo son los actos heroicos los que cuentan, también está el lado humano y fraterno del policía. Recordemos al suboficial Franz Luna, que renovó las ganas de vivir de un niño con cáncer en los huesos y lo convirtió en subteniente honorífico de la Policía Boliviana; al cabo Adán Prado, que cargó a una anciana enferma para cruzar un río durante la realización del Rally Dakar 2016, el policía fue filmado y las imágenes se  viralizaron en las redes sociales; o la tarea altruista e infatigable del mayor Víctor Hugo Patzy quien, junto a su equipo del GACIP, sin esperar recompensa alguna, ayuda día a día a personas y familias necesitadas.

Sin lugar a dudas, en este momento, en algún lugar de nuestra geografía patria, hay un policía salvando una vida, protegiendo la integridad del desvalido, socorriendo una llamada de auxilio, persiguiendo a un delincuente o simplemente arrancando una sonrisa al que lo necesita. Héroes y actos anónimos que la memoria colectiva los borra, los ignora y la olvida; sólo se preserva lo negativo y ofensivo hacia los miembros de la institución del orden. 

Héroes de todos los días que escogieron una carrera noble, sacrificada, incomprendida y peligrosa, y sólo buscan la satisfacción del deber cumplido.  

La Policía es la representación máxima y genuina del pueblo, porque la Policía es el pueblo mismo. 


Ricardo Zapata Sánchez es policía.

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