Las brujas

jueves, 22 de junio de 2017 · 00:00
Muchas veces, cuando la fe empezaba a flaquear y las sombras de los problemas eran tan grandes y oscuras que el lugar más seguro para estar era debajo de la cama -ni siquiera dentro la cama, sino debajo-, cuando arrodillarse no era suficiente –y lo digo yo un católico acérrimo- tocaba ir a pedir auxilio a las cartas, a las fumadas y a cuantos artilugios puedan acudir los lectores, adivinos y augures.

En ese andar conocí un par de brujas y diera la impresión que se ponen de acuerdo en la decoración de sus consultorios: santos labrados en yeso de diferentes formas y para todo gusto, crucifijos, todo tipo de imágenes, los más terroríficos tenían un par de calaveras que enseñaban unos dientes desordenados grandes y amarillos y varillas de incienso que perfumaban el ambiente sombrío donde la brujita en cuestión -supuestamente- iba a arreglar mis problemas y ojalá -vaya esperanza- mi vida.

Recuerdo la primera vez en la antesala de una brujita, mientras esperaba mi turno e intercambiaba miradas nerviosas con los otros consultantes, sentada a mi lado estaba la esposa de un coronel que buscaba la ayuda de estas artes para laurear a su familia con un general. Yo sentía que estaba haciendo algo prohibido, había una excitación que era comparable cuando muchachito imberbe iba con los amigos a visitar las casitas de foquitos rojos en Villa Fátima y esperábamos ansiosamente nuestro turno para ser atendidos o cuando vas a comprarte ropa americana (usada) a la feria de la 16 y te encuentras con conocidos y te ruborizas por estar haciendo algo indebido.

Llegado mi turno –con la adivinadora, no en el prostíbulo- ella barajó las cartas españolas y empezó a ver mi futuro, yo escuchaba atento y boquiabierto sin siquiera pestañar cómo iba contando mi vida. Una vez diagnosticado el problema me dijo  que a partir de un trabajito, que por supuesto ella haría, las cosas mejorarían. Mi rupestre fe en el placebo me hacía ver las cosas con otros ojos y autosugestionarme con la mejoría de las cosas.

Con el pasar del tiempo fui perdiendo la fe en este tipo de artes, hasta mi última visita a una nueva brujita que presionado por mi madre fui a visitar con la ilusión de que se arreglaría mis problemas, para aquel entonces yo tenía más problemas que el algebra de Baldor.

La mujer en cuestión después de leer las cartas dijo: "Tengo que limpiarte, te han hecho muchos embrujos y lo tenemos que hacer ahora, yo cobro 300  bolivianos, soy cara pero soy buena”, otra vez acudían a mi cabeza las imágenes del prostíbulo. Acto seguido empezó la preparación de la limpia. Alistó un bañador con agua tibia y me pidió que me desnude completamente, al ver mi pudor natural por exponer mis partecitas, me dijo: "No tengas vergüenza, no eres el primer hombre que veo desnudo”. Una vez convencido de que debía desnudarme, fui bañado por aquella extraña, mientras ella removía con un jarro las aguas del bañador ordenando con firme voz a todos los brujeríos que se largaran de mi vida y convocaba a la suerte, a la fortuna y a la prosperidad a acompañarme.

En tanto removía las aguas me pidió que con fe y convicción y con los ojos cerrados llame a la suerte. Hice exactamente eso, pero más curioso que un gato abrí por un instante mis ojos y pude ver cómo ella volcaba el jarro y desprendía algo que enturbiaba el agua mientras dejaba caer pequeños objetos. Ella levantó la mirada hacia mí y yo rápidamente cerré los ojos para no ser descubierto. Después empezó a sacar los objetos que acababa de tirar al agua y me dijo "mirá Petercito todos los embrujos que salieron, éstas son patas de lagarto amarradas para que no puedas avanzar, candados cerrados para que no se te abran las puertas” y no sé qué otras vainas más, siguió diciendo "con este baño estarás bien porque ya se salieron todos los embrujos”. No tuve el corazón para decirle que la vi echando al agua los supuestos embrujos, pero en fin, luego me vestí y más defraudado de lo que había llegado, salí de allí. Creo que esa vez sí fue la última visita que hice a una derribadora de bloqueos y llamadora de suerte… o tal vez no.

Peter Maldonado fue parlamentario.

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