Desarrollo y salud

Democracia, libertad y salud

sábado, 24 de junio de 2017 · 00:00
15 días atrás publicamos en esta columna un comentario sobre el conflicto médico-Gobierno.
 
Agradeciendo los comentarios estimulantes, las iniciativas y críticas  bienvenidas, retomamos el tema para aclarar y ampliar conceptos. La SALUD PARA TODOS tiene que lograrse CON TODOS.

Desde que se cambió el concepto de "estado de salud” o "de enfermedad” por la comprensión de un "proceso”, en el cual alternan continuamente la salud y la enfermedad, y se comprobó que tal proceso está inmerso en los cambios económico sociales, el  estudio de la salud ha rebasado el campo de las ciencias biológicas para enriquecerse con el de las ciencias sociales y económicas.
 
Enriquecimiento que recíprocamente beneficia también a estas últimas. 

La medicina basada en la evidencia está superando mitos y tabúes para mejorar la prevención, y el cuidado de los enfermos y promocionar la salud; paralelamente, las ciencias económicas y sociales empiezan a comprender que su objetivo final es lograr el mayor bienestar posible para esta generación y las venideras, reconociendo  la integración del ser humano con la naturaleza de la cual es parte.

Dentro de este marco conceptual, la medicina social sostiene el derecho a la salud como parte de todos los derechos humanos, vinculado con la vida misma y como tal, expresión de todos los derechos, civiles políticos y sociales, cuya vigencia es indispensable para el desarrollo integral de la humanidad en su conjunto. De este modo, el derecho a la salud ni empieza ni termina con la organización de un sistema de salud, requiere que las estructuras del Estado y todo el desarrollo urbano, y rural contribuyan al bienestar social, pero, además, que los servicios, la educación, el sano esparcimiento, el deporte y estilos de vida estén orientados en el mismo sentido.

Infelizmente, el progreso humano no se da en forma ininterrumpida, tiene avances y retrocesos, pero conforme el desarrollo humano llega a más gente y se potencia, se robustece una democracia auténtica, plural, participativa, justa y equitativa. Crece la utopía de que el bienestar y la salud sean conquistas sociales y que nadie tenga que doblar las rodillas ante un jefe  ni adorar ídolos de barro pulidos con lágrimas de  humillación.  Pierden terreno la usura mercantil de los defensores del privilegio darwinista, por un lado, y, por otro, la angurria de poder populista de los falsos mesías disfrazados de anticapitalistas, antimachistas, anticualquier pretexto y pro nada. 

En estas circunstancias, los sistemas de salud no siempre tienen el objetivo claro de protección y reparación de la salud. Algunos aprovechan la necesidad colectiva para incrementar el lucro mercantil, los populistas agitan el "río revuelto” de tal sistema, utilizando la defensa de la salud como instrumento de hegemonía para acumular poder en un partido único, con culto a la personalidad de un todopoderoso. 

Son pocos los países - como los escandinavos, varios europeos y algún otro - donde tanto la salud como la educación son prioridades del Estado, garantizadas como derechos y constituyen las bases de su democracia.    

Los países de menor desarrollo tenemos la responsabilidad de construir un sistema de salud universal sin costo para el paciente; de alta calidad, y accesible a todos, geográfica, cultural y económicamente. Sus modalidades pueden ser distintas pero sus requisitos básicos se resumen en: financiamiento, suficiente, periódicamente adaptado a necesidades crecientes; gestión autónoma, liberada de presiones partidarias, semejante a la de las universidades, como mínimo; dirección, ejercida por un consejo nacional de salud  y los consejos departamentales correspondientes integrados por profesionales de idoneidad garantizada, prescindencia partidaria, solidaridad social, con vocación de servicio demostrada por sus antecedentes, incluyendo una representación popular genuina sin conexión con partido político alguno. 

Un consejo nacional idóneo podría  optimizar los recursos existentes, superar la fragmentación y segmentación actuales, y asumir el rol rector, que no necesita ser punitivo ni destructor, pero sí constructor de un sistema democrático y participativo, en el que la condición de derecho reemplace al favor político y la libertad fomente la creatividad popular sin perjuicio de la eficiencia y la disciplina.


Javier Torres-Goitia T. fue ministro de Salud.

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