Coca: un crimen perfecto

miércoles, 19 de julio de 2017 · 00:00
Para investigadores y forenses, crimen perfecto es un delito ejecutado de tal modo que no deja sospechas sobre el culpable. Quien escribe, cree poder ir más allá todavía, afirmando que un crimen perfecto –como se dice, perfecto–, es aquel que se comete a la vista de todos y que, sin embargo, no es reconocido como tal por nadie, ni siquiera por la víctima. 

Un crimen de ese jaez fue el perpetrado durante la conquista y coloniaje de estas tierras  por el imperialismo español. No se trata de una hipótesis, sino de un hecho histórico. Más bien de una cadena de hechos, verificables con facilidad de abrirse las mentes para analizarlos. 

Comenzaremos afirmando que  falta a la verdad quien asegura que los aborígenes americanos tenían desde épocas pretéritas, antes de la llegada de los íberos, el hábito masivo de acullicar hojas de coca. 

¿Qué era un regalo del dios Pachacamac y la Pachamama a los hijos del sol, los incas?... Valga la interpretación, saltando lo fantasioso, pero en todo caso, únicamente para los incas/gobernantes y no así para los incas/pueblo, a quienes sólo cabía observar, en muy raras ocasiones, a los reyes, coyas y curacas hacer verdear sus bocas masticando la hierba, cuando sacerdotes y yatiris tan sólo la empleaban para sus ritos y ofrendas. Dicho de otro modo: el pueblo sólo miraba, de seguro con una mezcla de curiosidad, antojo y envidia, pero no masticaba. Y no podía hacerlo por varias razones, siendo la principal: su escasísima disponibilidad. 

La masticación de esa hierba por las masas indígenas fue, pues, inmediatamente posterior al incario. Una convenienciera imposición de los encomenderos españoles, en procura de reducir gastos en la explotación de sus "encomendados”.

¿Y de dónde? ¿Cuál es la base, para sustentar tal afirmación?... Pues, los cronistas de la conquista, porque en asuntos como éste, papeles cantan. No así las leyendas, cuentos, romanzas y "cosmovisiones” de interpretación condimentada y sesgada a gusto  y sabor de jawariris, videntes, folkloristas, astrólogos y políticos en trance.

 Aunque el primer cronista llegado al kollado, Pedro Cieza de León, hacia 1548, describe ya, sin mayor análisis y más bien como una especie de instantánea fotográfica, un escenario de "masticadores en masa” en el capítulo XCVI del primer tomo de su crónica, ese testimonio constituye, aún así, una prueba de lo rápido que los encomenderos difundieron el hábito entre los naturales que iban sobreviviendo, a duras penas, al gran colapso demográfico habido a poco de iniciarse la conquista del Tahuantinsuyo, en 1532. 

¿Buscaban quizá en la coca remedio para paliar la gran mortandad producida por las pestes traídas por los europeos, incrementando así la demanda de la "hoja sagrada”?… Muy posible, porque debió ser dantesco el escenario y de extrema necesidad la procura de medicamentos. 

¿Y qué del testimonio de acullico masivo descrito por el fraile Las Casas en 1536?

Ahora sabemos que la versión de Cieza de León llegó a oídos de Bartolomé de Las Casas a través de Pedro de Lagasca, expacificador del Alto Perú, quien en 1550 fungía como Obispo de Valencia.
 
Importa esto porque hasta fines del siglo XIX había cundido la idea de que la obra de don Bartolomé Apologética historia sumaria (de la que se extrajo posteriormente De las antiguas gentes del Perú), hubiese sido escrita en 1536, cuando el fraile se encontraba en Nicaragua y no en las postrimerías de su vida (1566), como en realidad fue. 

Otro y de mayor valimiento  es el escrito de Cristóbal de Molina (1575), vecino del Cusco y párroco de San Juan de Dios, barrio de indios, quien en su escrito Relación de las fábulas y ritos de los incas (1573) detalla el empleo de la coca en rituales y ceremonias religiosas. Sólo en esas situaciones. 

Empero, más clara y contundente resulta la obra de Garcilaso de La Vega (Gómez Suárez de Figueroa), nacido en el Cusco y criado en casa de su madre, una princesa incásica, hasta los 21 años. Figueroa se trasladó posteriormente a España, donde publicó su célebre Comentarios reales de los incas (1609), medio siglo después de Cieza de León, es cierto, pero con el aval heurístico de su vivencia, al haber sido criado y educado por las víctimas sobrevivientes de la hecatombe conquistadora. Afirma Figueroa en un párrafo: "…Servían de traer la yerba llamada coca, que los indios comen, tal cual entonces no era tan común como ahora, porque no la comían sino el Inca y sus parientes y algunos curacas a quien el Rey, por mucho favor y merced, enviaba algunos cestos de ella por año…”. (Libro Cuarto. Cap. II).

En la actualidad la mayoría de investigadores coincide en que el acullico masivo y popular no existió durante el incario. Un ejemplo es el peruano Julio Chumpitazi, quien escribe: "Se trataba de un ‘bien de lujo’ cuyo consumo era casi exclusivo de las élites por estar reservado para los rituales religiosos, el pago a las deidades, sellar alianzas militares y retribuir la lealtad de los Curacas”… 

Así, pues, fueron los encomenderos españoles quienes, en algo más de una década y media, desde 1532 hasta 1547, hicieron que la producción y distribución de la coca se masifique, permitiéndoles abaratar la explotación de mitayos y yanakunas. ¿Cómo?... Convirtiéndola en un sucedáneo para buena parte de los hidratos de carbono y calorías que a los indígenas no les había faltado durante el incario. 

A los hispanos les convenía dotarla, por su precio y disponibilidad en relación a la, diríamos, "comida normal”. Dicho de otra forma: como las disposiciones reales obligaban a los encomenderos a renumerar a sus "encomendados” por su trabajo forzado, lo hacían mediante la alimentación. Y encontraron en la coca un excelente multiplicador de energía y entusiasmo en el laboreo, amén de su valor simbólico y de prestigio social en el entorno vernacular. 

Quizás nunca llegue a conocerse con precisión el daño infringido en la estatura, complexión y salud del componente indígena de nuestra raza. ¡Veinte generaciones de personas en cuatro siglos de masticación!... No por la hoja en sí (probado está que no es mala), sino por el daño colateral provocado por su uso: la subalimentación, continua y persistente. 

Un círculo vicioso oleado y sacramentado, con gran beneficio para los perpetradores y sincero agradecimiento de las víctimas.

Crimen perfecto... ¿No es verdad?


Luis F. Sánchez G. es general de la República (SP) e historiador.

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