La mascota del Bolívar

martes, 15 de agosto de 2017 · 00:00
Con indignación, cual si hubiese sido sodomizado por una banda de desalmados motociclistas en plena plaza Murillo, y con transmisión en vivo en horario prime, recibí la infausta noticia del alumbramiento desfachatado de ese león blanco que responde al primer nombre de los cuatro que lucía el Libertador. La pasión que siento por mi equipo no podía sentirse más avasallada al ver aquel remedo de bufoncito correteando como un kusillo, originando las burlas de propios y no tan extraños atigrados. 

Uno de los placeres que brinda ser hincha de un equipo es poder burlarse y bulinear a los rivales por cualquier traspié que cometan, sea ésta una derrota, una goleada o un penal descaminado; pero dar argumentos, como la mascota ésa a los rivales, para ser motivo de burla, no tiene perdón del dios de los deportes.

En estas décadas y décadas de fútbol que nos brindan nuestros equipos, por algún motivo que no logro explicarme, los clubes van adquiriendo una especie de sistema de juego que los identifica. El Bolívar se ha caracterizado por un juego elegante, de dominio y buen toque del balón, y por contar con cracks que no solamente garantizaban lo anteriormente dicho, sino que daban cátedra de buen fútbol. Es precisamente por aquello que los stronguistas nos tildan de pechos fríos, porque el toque fino de la pelota se contrapone a la garra que a ellos los caracteriza. Y está bien, son peleas de graderías.

Es por eso que el Bolívar es "la academia”, un niño con birrete y borla, y también es el "papá”, como lo cantan Los Payas, al compás de sus charangos. El Strongest es "el tigre”, y los bolivaristas nos referimos a ellos jocosamente como los gatos... otro motivo para no tener un león.

Esa idea de tener un león, que supuestamente es más fuerte que un tigre, como símbolo del Bolívar siempre me ha parecido grosera y vulgar; un intento copiado de mal gusto que no pasaba del furor de la gradería, de las viñetas que se vendían en las puertas del estadio y que está bien para adorno de los micros azules paceños. Pero de ahí a que la dirigencia presente como mascota a aquel soso muñequito, es, por decir lo menos, ofensivo, allende de que es (otra vez) una mala copia del león británico del equipo del Reino Unido para los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Motivado por esta bronca, raudamente manifesté mi enojo en mi página del Facebook y entre los comentarios a mi publicación estaba el de mi buen amigo y dirigente del club, W. Zuleta, que en un afán incómodo trataba de explicar que esta criatura respondía a una plan de marketing…  ¡¡Ay Santo Dios!!!…  Las cosas que uno escucha.

A mis alumnos les digo que la definición que más me gusta (y no es porque sea mía), es que el marketing es vender una idea; de tal manera que el marketing no es una cuestión de inventarse muñequitos,  ni frases cómicas o inventivas  ni publicidades llamativas para intentar vender algo. El marketing es mucho más que eso. El marketing, hoy por hoy, es una cuestión de valores, de emociones, de desafiar los límites de la gente y de generar empatía. El reto, entonces, será conectar con esas emociones, valores, amores, miedos, esperanzas, temores, aspiraciones, complejos y deseos que todos tenemos guardados en nuestros corazones.

 El fútbol y los equipos como el Bolívar son una expresión químicamente pura de esas emociones que no necesitan de ningún payasito para vender más o para ganar más hinchada. Por algo la fanaticada más grande en el país, con 40%, es celeste (IPSOS 2016).

Como diría F. Diez de Medina: "Yo digo ¡Bolívar! y siento que se me aclara el alma”.

Peter Maldonado Bakovic es bolivarista.

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