Aires de la ciudad

lunes, 11 de septiembre de 2017 · 00:00
Señor Presidente: Dice un viejo adagio alemán: stadtluft macht frei ("el aire de la ciudad hace libre”). 
 
Pues, a muchos en su momento nos encandiló ese espejismo de la libertad de la ciudad al que se refiere ese antiguo dicho alemán. Quizá por eso y al ritmo de crecimiento de las ciudades en nuestro país, la próxima década, al menos tres cuartas partes de la población habitarán en las ciudades. Vivir en las ciudades no necesariamente conlleva la ansiada libertad del ser humano. Existimos personas como usted y yo, que una vez que "las sombras alargadas del día y la noche” (Víctor Codina) nos persigan, soñamos con regresar a nuestros chacos, a nuestras parcelas en el campo o la casita del pueblo de provincia. ¿Por qué y para qué? Porque los aires de la ciudad han perdido el misterio. Quienes venimos de la Bolivia oculta, bien sabemos que los aires de las ciudades apestan con sus sedes de gobierno, fábricas, contaminación (ambiental, auditiva, visual y cognitiva), cloacas, basura, violencia, corrupción y otros males; por eso y mucho más el aire de la ciudad no es saludable para el ser humano. El aire del desarrollo  huele a destrucción.
 
Le escuché decir, que el día que deje el gobierno -espero sea en 2019 por dignidad y así pasar a la historia con la imagen de un estadista sobrio con el poder- volverá a su amado chaco en el Chapare para montar un restaurante y junto a sus amigos, si es que para esa fecha aún los tendrá, saborear un exquisito pescado a la brasa. Le aseguró, si usted quiere llevarse el aire de la ciudad, nunca podrá gozar de la libertad del campo. En ese sentido, empecinarse y defender la construcción de una carretera por el TIPNIS no es otra cosa que apostar por los enrarecidos aires de la ciudad. Ernesto Cardenal, sacerdote nicaragüense, revolucionario, sandinista en su momento, decía, que los únicos que poseen la tierra son los pájaros porque ellos son libres. Así como el campesino o el indígena que en medio del bosque a la sombra de un frondoso árbol contempla el misterio de la naturaleza mientras degusta una fruta, posee la tierra, aunque otros tengan el título jurídico. Y también sabemos, verdad, que el latifundista, el usurero de la tierra no la posee y, es más, ni siquiera resucitará al final de los tiempos.
 
Coincido con usted  en que algunas personas, por ejemplo, Carlos Mesa o Tuto Quiroga, que han nacido ya intoxicados por el aire de la ciudad, no les haría daño visitar el país que ignoran; pero, ellos y nuestros hijos, seguramente, ni sueñan ni piensan vivir en el aire del campo, ni siquiera cuando la última curva del camino esté a centímetros. Es verdad que el desarrollo y la modernización han traído la tecnología y otros avances, pero con ellos también se ha esparcido su venenoso aire y amenaza con contaminar los bosques y ríos y culturas ajenas a esa lógica. Por eso, una carretera no es sinónimo de desarrollo. Sólo para las mentes capitalistas y que adoran a mamón.
 
Lo dicho hasta aquí sobre el aire de las ciudades, señor Presidente, es apenas el balbuceo de un campesino ilustrado, que un día quiere volver al aire de su campo nublado. Y si usted quiere respirar el aire libre del bosque en su senectud no se obsesione con llevar el aire de la ciudad donde no es necesario.
 
Iván Castro Aruzamen es filósofo y teólogo.

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