Guillermo Bedregal

lunes, 1 de octubre de 2018 · 00:05

Partió de este plano un hombre de marca mayor, uno de esos que uno siente que en adelante ya no se van a fabricar más.

A mi tío Guillermo lo llegué afortunadamente a conocer de muchas maneras y sé que a excepción de sentimientos que en algunas pocas veces se le salieron de la boca antes de haber contado hasta diez, creo que siempre actuó en consecuencia con lo que pensaba.

Al menos con lo que pensaba ese Guillermo Bedregal ya madurado por las ubicadas que le regaló su mamá, por los terribles golpes de la vida, por el ajedrez nivel genio que jugaba con el doctor Paz. Claro, lo que pensaba estaba principalmente influenciado por una mente brillante, además ávidamente nutrida por Europa y sus universidades. Y llegó lejos porque lo que pensaba, que ya era excepcional, lo ejecutaba con valentía, una valentía que seguramente derivó de la formación en casa.

Cuando leía sus artículos, sus libros, pero sobre todo cuando lo escuchaba volcar toda esa mente en verbo, sentía automáticamente vértigo, el tipo de vértigo que siente uno al leer Don Quijote o al escuchar una entrevista a Borges. Velocidad y profundidad que crispaba los cabellos.

Fue también un hombre muy desprendido. Como me tenía aprecio –del que me presumo- un día de reunión familiar me regaló una finca que tenía en el campo, seguramente viendo que él ya no la iba a poder cuidar y que yo podría darle buen uso.

Jovenzuelo e ingenuo, no le acepté el regalo, en parte porque no estaba seguro de que hablaba en serio, y en parte porque no estaba seguro de poder honrar el regalo. Más adelante terminó regalándosela a alguien más.

El acto de no haberle dado la espalda a Natusch cuando la lógica política lo hacía obvio, a pesar de todos los pesares, es el acto que seguramente mejor devela su gran humanidad. Falto de esa sangre fría que te asegura el éxito, tal vez, pero mal hombre, jamás. En el ajedrez cósmico que su lúcida fe alumbraba, él tenía claro que esa era la única jugada posible.

Esa gran humanidad también fue clave para perdonar lo imperdonable y facilitarle al doctor Paz diagramar con mayor eficacia el doloroso ajuste del 21060 que nos devolvió las esperanzas, y sentó las bases de la transformación de la que todavía hoy nos beneficiamos.

Un hombre de marca mayor de los que hoy mucho necesitamos y tanto extrañamos.

Fue un gran regalo el conocerte en este plano tío. Ojalá que en el más allá, la turumba que estés armando sea para darte una merecida paz.

Carlos Francisco Meave Rada es ciudadano boliviano.

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