La Haya, Evo y el mar

sábado, 6 de octubre de 2018 · 00:09

Lo más parecido a dos ejércitos dispuestos en conflagración bélica es un partido de fútbol. 11 guerreros junto a su estratega –al borde del campo del juego– disputándose la victoria. Entre tanto la tribuna (el pueblo) sufre, se alegra, grita, alienta e insulta, todo lo que sus emociones le ordenan y sus voces se lo permiten.

A diferencia de esta moda de ser de alguno o de varios equipos en España, Argentina, Italia; yo sólo soy del Bolívar, por el cual sufro como bien nos enseñó la Iglesia católica que debe sufrir cualquier católico que se precie de ello: penitente, resignado, en silencio y rumiando devota y piadosamente mi bronca en cada uno de sus traspiés internacionales (los nacionales por algún motivo no me traen tanta amargura, salvo el clásico de la Nochebuena de 2016).

Hay alegrías, por supuesto que las hay. Cómo no festejar aquel remate de tres dedos de la Fiera Ferreira en el minuto 91 que sella el empate ante Lanús, en Buenos Aires, por cuartos de final de la Libertadores, el año 2014. El grito desesperado, angustiado, febril y delirante de gol de Gonzalo Cobo lo tengo tatuado en mi sistema límbico.

O la victoria de la Selección Nacional en el Siles frente a Chile, que buscaba esos tres puntos para clasificar al Mundial y que merced a un derechazo angulado del Conejo (más bien que no la pidió Martins) terminaron quedándose en La Paz; y a los chilenos, con las maletas listas para Rusia 2018, los mandamos a mirar el Mundial por TV. Qué partido… les aguamos la fiesta nada más y nada menos que a los chilenos, Dios existía, ¡¡¡carajo!!!

Pero las decepciones son las más. Qué manía esta que tenemos los bolivianos de vivir lamentándonos y vivir sufriendo con el autoestima a nivel del mar. Tal vez por esta razón, mirándonos ellos mejor que nosotros mismos, los Enanos Verdes nos compusieron El lamento boliviano.

¿Cuál es la razón para que en los libros que enseñan historia en nuestros colegios sólo se reflejen nuestras derrotas y no se mencionan nuestros triunfos y victorias? ¿Por qué nuestra historiografía tiene como objetivo dejar la impronta de país derrotado? Está el Chaco, la fiesta de Carnavales en la Guerra del Pacífico, el caballo y el taco de la bota de Melgarejo; pero no se menciona con el mismo énfasis la Batalla de Ingavi, que aniquiló al Ejército peruano, o a Nicolás Suárez y la Columna Porvenir, en el Acre.

Qué manía la nuestra de sentirnos derrotados y ahora vamos por más.

El 1 de octubre lo esperé lleno de esperanza y seguro (como casi todos) de que nos llevaríamos un triunfo en La Haya. Esta vez no se trataba de fútbol, se trataba del hecho de mayor significancia de nuestra historia. Al escuchar cómo los ocho argumentos bolivianos eran barridos por los jueces, me quedé enrabietado, furioso, cabreado, compungido, acongojado, y lo digo sin exagerar un gramo. Quedé con el ánimo hecho trizas y con mi corazón henchido de indignación, hecho un guiñapo harapiento.

Esta vez fue otro ejército el que peleó esta batalla. Se formó (nos dijeron y lo creímos) el mejor equipo jurídico-político-comunicacional encabezado por Evo. Entre ellos se tenía a Rodríguez Veltzé, expresidente de la Corte Suprema de Justicia, gran conocedor del derecho; Carlos Mesa, expresidente y genial comunicador. Hasta Tuto Quiroga, munido de sus rimas, fue parte del espectáculo.

Todos ellos, oficialistas y oposición se asociaron para vendernos (inocentemente) la idea de los “derechos expectaticios” que sólo los bolivianos la compramos –salvo uno que otro que sonaba a desorejado, ¡cuánta razón tenían!– y no los jueces de la CIJ, que eran los verdaderos destinatarios.

Nuestros deseos y anhelos fueron superiores, y cegaron la objetividad y la racionalidad. No es ni la primera vez que la emoción mata a la razón, ni tampoco será la última.

Culpables de dejarnos arrastrar por este anhelo somos todos los arrastrados; responsables son los que formaron el “equipo” y los del “equipo”. Esperaremos (con paciencia) que rindan cuentas, no tanto económicas, sino políticas e históricas por haber conducido a todo un país a un juicio en el máximo tribunal internacional con más argumentos políticos que jurídicos, causándonos la derrota política y moral más fuerte desde 1904. Con seguridad así se resintió el orgullo nacional en octubre de aquel año.

¿Qué nos queda? ¿Es tiempo de cerrar el capítulo del mar y dejar de responsabilizarlo de nuestra postergación y retraso? ¿Seremos capaces los bolivianos de encontrar el progreso sin las costas del esquivo Pacífico? Sí…, yo creo que sí.

Peter Maldonado Bakovic es paceño.

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