La gente vota con los pies

jueves, 15 de noviembre de 2018 · 00:10

Que no se malinterprete. Votar con los pies no quiere decir que la gente vota mal, sino que se mueve de un municipio a otro, donde piensa que le van a ofrecer mejores servicios y mejores oportunidades, como lo hizo notar ya en 1956 el economista americano Charles Tiebout. Ese desplazamiento además no implica grandes costos. 

La idea se extiende a la migración entre naciones, a veces recorriendo grandes distancias y, esta vez, asumiendo grandes costos económicos y humanos. Todos estamos impresionados por los venezolanos y centroamericanos, que huyen de sus países de origen. Igualmente impresionantes son las imágenes de los migrantes africanos y del Medio Oriente a Europa, atravesando el mar Mediterráneo, arriesgando sus vidas en embarcaciones improvisadas, y siendo víctimas de inescrupulosos traficantes de personas.

Más de tres millones de venezolanos se han escapado de las duras condiciones y la mala conducción económica, política y social del régimen de Maduro. La fuga de los venezolanos está creando problemas difíciles para los vecinos. A los venezolanos que huyen no siempre los tratan bien en los países en los que se refugian. En todo caso sufren una descalificación profesional y, demasiadas veces, discriminación.

Todo eso es, empero, mejor que vivir sin alimentos, sin medicinas y sin trabajo en su tierra natal. Huyen también de la alta criminalidad en las calles y de los discursos idiotas de los gobernantes. Peca entonces de ingenuidad, o de mala fe, la posición de algunos gobiernos de la región, como el nuestro, que sostienen que los problemas de los venezolanos los arreglen los venezolanos, sin injerencias externas. Muchos ya lo han hecho votando con los pies. Han buscado salir  porque sus voces no eran escuchadas.

El drama centroamericano es también mayúsculo. Es impresionante ver en la televisión a mujeres con niños de corta edad, a tullidos y a ancianos en su marcha a los Estados Unidos. Los hondureños atraviesan Guatemala y México para llegar a la frontera del país soñado, pero cuyo presidente se siente amenazado por lo que él considera  una invasión. A esos “invasores” los había amenazado con meterles bala, aunque después la opinión pública americana lo obligó a recular.

Honduras es el caso más grave. A la pobreza y la falta de empleo se le suma una gran inseguridad ciudadana. La reelección non sancta del presidente  Hernández le añade sal a la herida y tiene implicaciones para nosotros. Ni Honduras  ni Nicaragua, con sus reelecciones amañadas, son ejemplos a seguir. 

La migración africana no deja de conmover a los europeos de buen corazón. Los migrantes vienen de países de gran pobreza, alto crecimiento demográfico,  a menudo víctimas de guerras y del cambio climático. A los países europeos, empero, les está faltando una política inteligente para tratar ese problema. No son los métodos del húngaro Orban o del polaco Kaczynski que  van a resolverlo.

La historia de la humanidad es una historia de migraciones masivas. No hay que olvidarse del éxodo de Egipto, encabezado por Moisés, del que nos habla la Biblia. Más recientemente, en el siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX, hubo una avalancha de migrantes europeos y árabes a las Américas y, si posible, a hacer la América, muchas  veces escapando de hambrunas, de pogromos y de  guerras civiles o internacionales. Estados Unidos se enorgullecía de ser un país de inmigrantes. En América del Sur les abrimos los brazos y a muchos de esos migrantes les fue muy bien y sus descendientes están en los tramos de ingresos más altos. Se había producido la combinación ideal de capital, tierra y mano de obra.

Esa experiencia debería replicarse en los tiempos modernos, aunque en un mundo más multicolor y, por ende, más rico en experiencias. Mientras tanto habrá que seguir empleando los pies, esta vez para darles un puntapié en el trasero a los Maduro, Ortega, Hernández, El Assad, a los dictadores africanos y a otros cuyos nombres no quiero mencionar, que están robando la esperanza de sus países y están obligando a escapar a sus conciudadanos.

 

Juan Antonio Morales es profesor de la Universidad Católica Boliviana y expresidente del Banco Central de Bolivia.

 

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