La H Parlante

Los “compañeros ” gringos

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jueves, 08 de noviembre de 2018 · 00:12

He leído a destiempo el libro Minas, Balas y Gringos del norteamericano Thomas Field. Ello no me priva de caer en la tentación de sumar palabras a las elogiosas reseñas, de las que esta publicación ha sido objeto durante este año. 

La tesis central de Minas es que durante el segundo y tercer gobierno de Víctor Paz Estenssoro (1960-1964) emergió desde la embajada de los Estados Unidos en La Paz, la propuesta de un “desarrollismo autoritario”. Frente a los retos plantados por la Revolución Cubana, los gringos entendieron que el nacionalismo moderado del MNR era la mejor carta a promover en el escaparate latinoamericano. A la subyugante figura verde olivo de Fidel Castro, le contrapusieron la de Paz, el revolucionario de corbata, conductor de hondas transformaciones sociales que, a pesar de ello, no llevaban al país hasta la órbita soviética. 

Thomas Field nos muestra en su libro que entre los hombres más entusiastas con la idea se contaba el embajador del momento, Ben Stephansky. La adhesión y casi militancia de este economista a la proyección del MNR como alternativa continental al comunismo caribeño, llevó a los movimientistas a otorgarle el mote de “compañero”.  

El llamado “desarrollismo autoritario”, impulsado en Bolivia por la administración Kennedy, tenía palo y zanahoria. Para absorber la mayor ayuda per cápita otorgada a un país por la “Alianza para el Progreso”, Paz debía acabar violentamente con la agitación social en las minas nacionalizadas. Ello lo obligaba a romper con su propio vicepresidente, el sindicalista Juan Lechín Oquendo, catalogado por los gringos como la mayor amenaza a sus intereses. Tal era el precio a pagar para que Bolivia se afiliara al club de los beneficiados por el soporte económico norteamericano, ese que la Revolución Nacional necesitaba para sobrevivir a los desajustes provocados por la expulsión de los barones del estaño. Otra de las medidas exigidas por la Embajada era que Bolivia rompiera relaciones diplomáticas con La Habana, hecho postergado hasta 1964.

Es ahí donde el libro de Field nos pone ante una ecuación inesperada. Descubrimos la sagacidad política de un Paz Estenssoro asediado por los coletazos de la política mundial. El jefe de la Revolución acepta someterse a los gringos, pero lo hace de manera creativa, usando a fondo los pocos miligramos de soberanía que Bolivia poseía en aquel momento. Paz arremete cruelmente contra la oposición de derecha, encarnada en Falange, pero trata con guante blanco a los comunistas. Entiende que si los gringos lo ven rendirse sin objeciones, su compromiso con el gobierno nacional será el mínimo indispen sable. Por eso maniobra con ductilidad, se acerca a los soviéticos y checoslovacos, hace que resuenen sus intenciones de darle ayuda financiera, de construir plantas de fundición, y exhibe sus simpatías con los no alineados del Mariscal Tito. Pero Paz no se queda ahí, se hace de la vista gorda cuando la Embajada cubana en La Paz y el Partido Comunista local desplazan guerrilleros peruanos y argentinos a las fronteras sur y norte. Sabe que mientras más muestras de soltura exhiba, más dinero aflojarán los norteamericanos.  

Tales movimientos tácticos se revelan eficaces. Paz llega al extremo de posponer su visita a Washington para arreciar la presión sobre Kennedy e impedir que ponga a la venta sus reservas internacionales de estaño. En este forcejeo, su alianza tácita con los comunistas bolivianos era vital. Ellos le prometen no sumarse a ninguna conspiración en su contra y tomarse en serio la llamada coexistencia pacífica. 

Un segmento importante del Partido Comunista lamentará esta colaboración para calificarla de “cínica”. Otro la defenderá atesorando la legalidad del partido como condición para ganar militancia y abrir una alternativa electoral a la izquierda de la Revolución. El golpe de Barrientos, operado en desacato de las objeciones de la Embajada, cortaría de raíz ese modus vivendi, facilitando la decisión de que se abriera un frente de combate en Ñancahuazú.  ¿No resulta lógico ahora explicar por qué los comunistas no secundaron al Che Guevara en el ocaso de 1966?

 

Rafael Archondo es periodista

 

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