Catalejo

Ni izquierda ni derecha: primero el país

miércoles, 18 de abril de 2018 · 00:06

Con demasiada frecuencia se escucha a nuestros gobernantes plantearnos el dilema de escoger entre la izquierda –los “buenos”- y la derecha – “los malos”. Pero para Bolivia la verdadera disyuntiva no es distribuir o crecer sino cómo superar definitivamente la pobreza.


En efecto, si bien gracias al aumento de las materias primas generado por la industrialización de China la pobreza disminuyó, esto mismo ocurrió en casi todos los países de la región y Bolivia sigue manteniéndose en la cola de Sudamérica: aún son pobres el 39% de los bolivianos y al 17% no les alcanza ni para comer (CEPAL 2018, panorama social). Se ha gastado mal la extraordinaria disponibilidad de dólares suscitada por el mencionado aumento de precios, nuestra economía es mucho más dependiente que antes de la explotación de recursos naturales no renovables y se sigue gastando mal, ahora endeudándonos.


Internacionalmente nos alinean con la “izquierda”, seguramente para pagar al PT de Brasil el financiamiento parcial de la campaña presidencial del MAS en 2005, o al chavismo la instauración de “Evo Cumple”. Nos alinean hasta con Putin, pasando por alto que la “cleptocracia” putinista mantiene su dinero en paraísos fiscales por un monto superior al PIB anual de ese país (Picketty 2018 - piketty.blog.lemonde.fr).


Claramente no se trata de tener que optar entre “izquierda” y “derecha” sino de lograr un crecimiento sostenible con equidad, o mantenernos en la pobreza. Y no conseguiremos lo primero con más estatismo ni  haciéndonos aún más dependientes de la explotación de nuestros recursos naturales a costa de nuestro medio ambiente. Ya se intentó ese camino, que culminó durante la dictadura de Banzer (1971-1978) y causó una caída en nuestro ingreso por habitante tan profunda que tardamos 28 años en recuperarnos.


Ciertamente pesan en nuestro atraso factores geográficos –sobre todo la mediterraneidad- pero no serían los determinantes. Lo decisivo sería que han mantenido vigencia -informal pero plena- instituciones heredadas de la Colonia tales como el prebendalismo, el clientelismo, la centralización y el personalismo. Y ello permite un flagrante neo-patrimonialismo –uso de bienes públicos con fines privados- que tuerce, hacia el objetivo primordial de mantenerse en el poder, normas formales que fueron previstas para que el gasto público sea aplicado eficientemente. Esto es lo que está gestando una nueva crisis.


Por ello lo esencial para poder desarrollarnos es que nunca más el Estado pueda ser utilizado en función de objetivos privados: construir uno que efectivamente vele por el bien común. Y para ello es necesaria una previa unificación nacional, superar el racismo. El racismo es otra herencia de la Colonia. Como se sabe la raza científicamente no existe pero el poder colonial asignaba obligaciones y derechos según el origen de los habitantes. Y los descendientes de los antes oprimidos aún creen que no deben contribuir al Estado sino que éste debe devolverles lo que una vez se arrebató a sus antepasados.


Para poder construir un Estado como el planteado es imprescindible nuestra unificación nacional. Dejar de clasificarnos entre “buenos” y “malos”, incluidas las gestiones de nuestros presidentes a lo largo de la historia: ninguno fue completamente “malo” o “bueno”. Hasta en el gobierno de Melgarejo se logró algo muy favorable: un Tratado de Límites con Chile que los fijaba al sur de Antofagasta.


Nuestra identidad nacional se ha ido construyendo con errores y aciertos a lo largo de los años. La Guerra del Chaco –un gran error- permitió sin embargo que se geste la Revolución Nacional. Con ésta se devolvió las tierras arrebatadas a sus legítimos propietarios, se instauró el voto universal y se realizó la reforma educativa, pero también se forjó nuestra primera y fracasada experiencia estatista.


Goni incumplió el Plan de Todos al permitir que las capitalizadoras asumieran el 51% de las empresas capitalizadas -y esto causó su caída- pero también es el autor de la Ley de Participación Popular de 1994 (en estos días se cumple un nuevo aniversario de su promulgación) que permitió culminar la “revolución inconclusa” al incluir plenamente a la población rural en la política nacional.


Incluso el MAS, aunque ha caído en el neopatrimonialismo hasta extremos pocas veces vistos en el pasado, ha demostrado, a su manera, que los antes excluidos ahora tienen los mismos derechos, hasta para equivocarse. Ya es hora de encarar una unificación nacional definitiva.

Iván Finot es MSc. en economía, especialista en desarrollo.

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