Houphouët-Boigny, Ceaucescu y Morales

jueves, 31 de mayo de 2018 · 00:05

Los lectores podrán preguntarse qué tienen en común el que fuera presidente vitalicio (1960-1993) de Costa de Marfil en el África, Houphouët-Boigny, el dictador rumano Ceaucescu (1965-1989) y el presidente del Estado Plurinacional de Bolivia. La respuesta es simple: su gusto por lo grandioso y kolossal (colosal), como también les gustaba a los líderes de nacional-socialismo alemán. 

El Presidente de Costa de Marfil hizo construir en su pueblo natal, para gloria suya, la basílica más grande del mundo, a un costo de 300 millones de dólares la época. Ceaucescu hizo construir el Palacio del Parlamento, que lo llamó Casa del Pueblo, a un enorme costo, difícil de calcular por las distorsiones cambiarias típicas de los países socialistas. Nuestro presidente también está haciendo construir su Casa del Pueblo, a un costo superior a los 40 millones de dólares. Ya había hecho construir antes, en su pueblo natal de Orinoca, un museo a su gloria.

No se puede anticipar en cuánto mejorará la productividad del sector público con el aumento de metros cuadrados construidos para los funcionarios que alojará el palacio de Evo, como lo llama la prensa. Me acuerdo haber visitado El Huacal, en Santo Domingo, que reunía a casi todas las oficinas gubernamentales en un solo edificio de varios pisos. La congestión en los ascensores era tal que anulaba la supuesta ganancia de eficiencia de apelotonar a los ministerios.

Casi todos nuestros ministerios tienen edificios propios, además de que alquilar no es ni delito ni es ineficiente. No puedo entender, como diría Evo, por qué el gobierno se refiere peyorativamente a que no quieren ser inquilinos. En un país democrático los gobiernos no son propietarios y tienen la transitoriedad de los inquilinos. 

Es también difícil entender por qué se desaira  al Palacio Quemado, para sustituirlo con un pesado edificio. Jaime Paz lo hizo arreglar muy bien y con mucho gusto. Un detalle no menor: para comodidad (y felicidad) de los asistentes a las reuniones de gabinete ahora hay baños y no se tiene que ir al canchón, como en épocas pretéritas. Tampoco se tiene que salir corriendo al Hotel París (que infelizmente cerró sus puertas) para prestarse bacinicas para los dignatarios extranjeros que visitaban el palacio, como cuenta Augusto Céspedes con su humor vitriólico. 

Esperemos que en el palacio de Evo hayan suficientes baños para la multitud de funcionarios que se dice va a recibir y no sólo  jacuzzis para el Presidente.

El Gobierno se regocija con el alto déficit fisca (7% del PIB). Para sus funcionarios y exfuncionarios la palabra austeridad es una mala palabra, que pertenece al cancionero neoliberal. No les hace gracia recordarles que el expresidente Víctor Paz Estenssoro era muy metódico y muy austero. Se acostaba todas las noches a las 10:00, después de su avenita, sin desmedro alguno de su gran presidencia.

Se nos ha dicho que con el palacio de Evo se ha querido emular y rebasar en altura al edificio del Banco Central, construido durante el primer gobierno de Banzer, y ahora empeorado con las horrorosas verjas de hierro que le han adosado. Ese edificio  no es precisamente una joya arquitectónica. No tiene la elegancia del edificio antiguo, donde está ahora la Vicepresidencia, cuyo diseño se lo debe al más distinguido arquitecto boliviano de la primera mitad del siglo XX, Emilio Villanueva. Luego de los arreglos que le hiciera hacer Tuto Quiroga para modernizarlo y los desvelos de Gustavo Aliaga, el edificio quedó muy bien. Yo encontraba que tenía el mismo garbo que el Banco Nacional de Bélgica en Bruselas. 

Así como se le presta atención a los metros cuadrados construidos, habría que prestarle todavía más atención a la construcción de una administración pública de calidad, con requisitos estrictos de idoneidad y apartándose de nombramientos puramente políticos.  El sector público tiene que poder atraer buenos funcionarios y que la función pública no sea vista como una ocupación de alto riesgo (y mal pagada), donde solamente los pícaros, que subestiman las contingencias, tienen cabida.
 

Juan Antonio Morales es ciudadano boliviano y opinador consuetudinario.

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