La descabellada política de la coca

martes, 11 de septiembre de 2018 · 00:11

Miles de campesinos invierten muchas horas de trabajo para sembrar coca y cuidar las plantitas. Cuando éstas alcanzan una altura de 80 centímetros, vienen las fuerzas militares a arrancarlas, invirtiendo también miles de horas de trabajo. Posteriormente, los campesinos deciden migrar sus cultivos un poco más lejos y recomienza el ciclo de cultivo, y erradicación. En este proceso, Bolivia pierde miles, quizás millones de horas de trabajo y condena miles de hectáreas a la deforestación. Todo esto para nada.

Estados Unidos, el país que más dispone de los instrumentos, infraestructura, equipos y personal para controlar el tránsito de personas y objetos a través de sus fronteras, deja entrar a su territorio miles de toneladas cada año con la presunta complicidad de algunas autoridades y la tolerancia de sus mandos superiores.

Paralelamente a la condescendencia que muestran con este tráfico al interior de sus fronteras, el Gobierno norteamericano pide a los países andinos realizar trabajos sucios fuera de sus fronteras: erradicación de cultivos, represión a campesinos usando la violencia física, persecución de delincuentes y narcotraficantes, etc. El poder del dinero de la demanda de drogas desde Estados Unidos corrompe a gobiernos, a la Policía y a la justicia. Entre tanto, el país del norte no hace esfuerzo alguno.

Después de decenas de años de aplicar esta estrategia, el resultado es dramático: la demanda de droga en Estados Unidos sigue creciendo mientras sus autoridades hacen poco o nada para contenerla; entre tanto, la política de represión al exterior de sus fronteras genera muchos problemas. América Latina pone los muertos; mientras que Estados Unidos muestra negligencia para el tráfico y el consumo de estupefacientes en su territorio.

Para responder a la demanda norteamericana (y europea) de drogas, se deforestan miles de hectáreas, se pierden horas de trabajo, se debe enfrentar problemas económicos como resultado de un flujo importante de divisas del narcotráfico, y disminuye también la producción de alimentos.

Una versión del uso tradicional de la hoja de coca en la región andina (acullico) pretende que su consumo no daña a la salud y que hace parte de nuestra historia. Esta creencia es errónea, pues si el consumo de coca disminuye el apetito y el cansancio es porque fuerza al organismo a hacerlo dañando el sistema digestivo y nervioso. Por otra parte, cabe recordar que la coca entró al consumo masivo cuando los españoles descubrieron que era una forma eficiente y barata de explotar al indio, recargándole horas de trabajo y sin darle de comer.

Hasta ese momento no constituía un consumo tradicional. Esta estrategia de explotación continuó en la República y continúa actualmente, llevando a la delimitación de áreas de cultivo para el consumo tradicional. Una delimitación por demás hipócrita pues parte de esos cultivos son destinados al narcotráfico.

Es hora de que los países andinos discutan una estrategia común para hacer frente a este problema. Ella debería tener dos componentes. La primera es exigir a Estados Unidos que ejerza un control eficiente del consumo y del narcotráfico al interior de su territorio en el objetivo de disminuir la demanda de drogas dirigida hacia América Latina y canalizada a través de los circuitos del crimen.

Si es necesario, habría que formar una comisión internacional permanente para controlar el cumplimiento del compromiso norteamericano. La segunda es una campaña de educación orientada a disminuir en el área andina la demanda para el consumo “tradicional” de hojas de coca y, por ende, su cultivo, y prevenir el consumo local de drogas. Por otra parte, los gobiernos andinos deberán evitar cualquier situación susceptible de provocar violencia y muertes en sus territorios en el afán de controlar el cultivo de coca.

Rolando Morales Anaya es economista.

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