Cuando un periodista salvó la vida a un médico

martes, 25 de septiembre de 2018 · 00:11

Dice el viejo aforisma que un hombre debe hacer tres cosas en la vida: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Es un mandato típicamente masculino: las tres tareas son formas de reproducción y es de hombres creer que con dejar el semen, la semilla o la tinta se termina la tarea. Una mujer, siguiendo con la simplificación, educa al hijo, cuida el árbol y recoge sus frutos, y comparte el libro.

Además de lo obvio, que mujeres también escriben buenos libros, plantan grandes árboles y tienen lindos hijos, es notable que el mandato apunte a fines concretos; semen, semilla y página impresa son actos limitados en el tiempo. Las tareas de educar, cultivar y compartir se extienden abiertas en el tiempo, sin un fin definido; encierran una filosofía de vida distinta.

Sin embargo, hay otro aspecto en el que el aforisma falla como precepto moral: las tres tareas son eminentemente egoístas, orientadas hacia una realización individual con un acto en el que se deja una marca personal en el mundo, sin una preocupación con el bien colectivo o a las miserias ajenas.

La religión nos enseña preceptos altruistas: “Haz el bien sin mirar a quién”, “Dona una túnica si tienes dos”, “Da sin pensar en recibir”, etcétera. Yendo más allá en la mirada sobre el bien colectivo, dice el poeta Saadi Shirazi: “Todos somos miembros de un solo cuerpo. Cuando la calamidad afecta a un miembro, los otros no pueden quedar indiferentes. Si no sientes el dolor ajeno, no mereces ser llamado hombre”.

Si queremos encontrar una tarea altruista que armonice en su finitud con las tres del viejo aforisma, podríamos añadir una cuarta: “salvar a alguien”. Es un mandato noble y ambicioso; la vida no nos da muchas oportunidades de hacerlo, excepto a los médicos y salvavidas (y a los sacerdotes, para los que creen que hay almas que salvar). Dichosos los que tienen la satisfacción de haber salvado la vida a una persona.

Desde que se supo de la infame condena de Jhiery Fernández, varios han hecho oír su tinta para evitar que la desgracia de Jhiery caiga en un olvido que hubiese sido imperdonable. Además de Página Siete, con sus editoriales y reportajes, hay que destacar los artículos de Raúl Peñaranda y Agustín Echalar y las contundentes denuncias de Andrés Gómez, amen de los esfuerzos de la familia y del abogado de Jhiery. Omito seguramente otras voces, pues mi lectura de la prensa es incompleta y peor es mi memoria.

Pero, por encima de todos, están Romel Cardozo, que ha tenido el valor de hacer la grabación y sacar la cara, y Carlos Quisbert, quien con su coraje, persistencia y trabajo investigativo ha contribuido de manera decisiva a la liberación de Jhiery Fernández, y ha permitido (aquí un toque egoísta) que todos los que de alguna manera nos hemos involucrado en la causa sintamos una pisca de la realización compartida.

Que un médico salve una vida es cosa de todos los días; que un periodista salve la vida a un médico es extraordinario y queda para la historia del periodismo nacional.

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

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