Un caro circo primario

jueves, 31 de enero de 2019 · 00:09

¿Cuánto costó el evento de las elecciones primarias? Sin vacilación mucho dinero y tal  circo no fue otra realidad que el atentado contra la economía nacional. Una vil tentativa de aterrorizar a quienes buscan días mejores para Bolivia. 

No hablemos ni siquiera del “enemigo común” actual en esta patria lastimada, o de los funcionarios del Estado Plurinacional que día a día son manipulados psicológicamente por la voz del resentimiento que trabaja con una marioneta y ahora se burla como un niño malcriado que jamás recibió educación.

Asoman aires de descomposición cuando advertimos de cierta población reclutada para vivir esclavizada. Ni siquiera hablemos ahora de ellos, demasiado ajenos al corazón de los ciudadanos defraudados por el fraude y la mentira. ¡Cómo se burlan de la histórica voluntad del boliviano que dijo no a la reelección! 

Son una palabra que queda corta para aprehender el miedo. Son lo que se esconde detrás de la ilusión de una realidad única, global y redonda que construimos en las pantallas. Son los que no habitan, como nosotros, otros fragmentos de una realidad que forzosamente hemos de experimentar a pedazos. 

En esta amarga realidad advertimos que como un reloj inútil la democracia dejó de funcionar. Quedó atrás un tiempo estéril y estamos paralizados en medio de la nada. Los habitantes de este país, merecedor de mejor destino, sólo observan el arbitrario proceder de quienes gobiernan. Muchos inocentes que no sospechan la mentira son una especie de tristeza atascada en el tiempo, y una niebla espectral domina sus días.

Basta leer y escuchar las noticias que revelan un monólogo, basta leer las expresiones de las redes sociales, para comprobar que estamos más cerca de la mueca que del acto de sonreír. Lamentamos sin parar una plenitud que jamás tuvimos.

La abusiva posición electoralista ya es una antología de la impotencia colectiva: aparte de la frustración y el resentimiento, a Bolivia la han convertido en un infierno disfrazado de paraíso perdido, y varias expresiones acuñadas de todo el país resumen los rituales de este panorama desolador en el que más que revelaciones, sólo se anuncian más las contradicciones.

El 21 de febrero de 2016 los bolivianos fueron a las urnas, el 51% le dijo “No” a la repostulación de Morales y el 49%, “Sí”. Interpretan estos resultados como un “empate”.

El escenario electoralista comienza a salpicar palabras de violencia. La posibilidad de no saber asoma trunca. Se frenan las pocas ilusiones, producto del amargo antihéroe que basa su filosofía en fanatismos, dogmas y delirios “del yo”, haciéndose un harakiri frente a un horizonte gris.

Dados los términos imperantes no tenemos solución alguna, salvo reinventarnos, inventar una Bolivia nueva. Se expresa que del propio mal sale la vacuna. Veamos entonces los rostros de tanta gente inocente amenazada, y asumamos eso como un espejo en el que  nuestra propia deformidad emite señales negativas, gemidos de agonía. 

Existen intervenciones de autoridades que con miopía hablan con aire compungido. Hay tanta indolencia que anda así, recitando, sin darse cuenta, la letra de aquel tango que dice: “El mundo es y será una porquería”.

No obstante, convendría que recuperamos el contacto con la naturaleza y la capacidad de hacer que de la tierra salga nuestro propio pan, y donde la existencia se asuma como una celebración, no como un castigo, donde el hombre y la mujer cultiven la ternura, y la visión profética, donde nazcan nuevos niños, para los cuales será preciso crear escuelas que enseñen el arte de vivir, en vez del autoritarismo que hoy gotea sin parar como una baba caníbal.

Quienes nos gobiernan quieren un boliviano al que ellos pertenecen y a aquel que encuentra más satisfactorio decir lo que está dicho por autoridades de voz diabética. Pero el dulce por ser tan agradable provoca mayores daños. 

No es la ley del más fuerte la que gobierna al hombre; es la ley del poder: eliminar el obstáculo que se interpone en el camino. Medrar en las sombras. Acallar las voces que exigen su derecho. No dejar vestigio de semilla en el surco sembrado. 

La valentía del “Bolivia dijo No” les incomoda. Su verdad es el obstáculo. Su voz los enloquece, por eso podrán silenciar sus palabras, pero no matarán jamás su clamor de justicia. 

Proclaman la mentira, intimidando al prójimo. Proclaman la libertad amordazando la verdad. Bolivia, sin duda alguna, entenderá que psicológicamente nos reclutaron para marchar con la bandera de un régimen autoritario.

 

Julio Ríos Calderón es escritor y periodista.
 

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