Señal que avanzamos

domingo, 06 de enero de 2019 · 00:13

Brasil está gobernado por un fascista que postula una política de capitalismo salvaje favoreciendo la agroindustria, que pretende liberar el uso de armas so pretexto de la seguridad ciudadana y que postula abiertamente acabar con la “ideología de género” como denominan los grupos fundamentalistas a todo movimiento que postula la libertad de las mujeres y  la igualdad de derechos.

Es la primera vez que un gobierno elegido en las urnas se atreve a presentar abiertamente una agenda en contra de las mujeres y en particular del  movimiento feminista, poniendo en el  centro de su agenda la destrucción de los avances obtenidos  pacíficamente a lo largo de los últimos treinta años.

En Nicaragua, Ortega y su mujer se han ensañado con las feministas y defensores de los derechos humanos que oportunamente denunciaron el viraje autoritario de la pareja sustentado sobre un pacto de impunidad para no procesar al dictador que abusó sexualmente de Zoila América, hija de su pareja, hoy en el exilio.

En Colombia se ha bloqueado el ansiado proceso de paz argumentando en contra de los acuerdos que incluían demandas formuladas en favor de las mujeres, víctimas indefensas de la guerrilla y los paramilitares.

El viraje a la derecha en un número creciente de países ha permitido que muchos exponentes de esa concepción, salgan del clóset para expresar sin temor su adhesión a las políticas misóginas, antimigratorias, y depredadoras como una forma de ganar respaldo en grupos sociales afectados por el miedo, la inseguridad y la corrupción que se ha instalado en las instituciones.

El movimiento “No te metas con mis hijos” representativo de los nuevos vientos que soplan en la región se ha organizado en casi todos los países de la mano de grupos fanáticos que con éxito relativo, han instalado una retórica mentirosa que quiere eliminar los logros democráticos obtenidos por las mujeres y la ciudadanía  a través de acciones pacíficas.

A partir de los noventa, las organizaciones de mujeres consiguieron que muchos gobiernos instalen programas -muchos de ellos con escasos recursos- promoviendo reformas legales y visibilizando las desigualdades. Independientemente del signo político, las políticas de género abrieron oportunidades y crearon conciencia en la sociedad. Sin embargo, aunque no se consolidaron, desataron una ofensiva fundamentalista y religiosa dotada de recursos incomparablemente más grandes que los destinados a programas y políticas de igualdad.

La acción de las feministas impulsaron cambios culturales en favor de la autonomía económica, política y física de las mujeres. Las mujeres se rebelaron contra las dictaduras, el autoritarismo en el país y en la casa y desataron con ello la furia misógina traducida en las muertes crueles que han regado de sangre la región.

En Bolivia ese movimiento reaccionario tiene voceros dentro y fuera del Gobierno, como se ha visto recientemente luego del asesinato de una joven en Santa Cruz y una mujer transexual en El Alto. Varios políticos y funcionarios han adoptado el discurso que victimiza a los perpetradores y un candidato opositor ha dicho que emularán a Bolsonaro hasta erradicar los derechos obtenidos.

La visita amistosa de Evo Morales a Brasil   el día de la posesión de Bolsonaro y la perspectiva preocupante de las economías están indicando que se dará prioridad a los acuerdos económicos y se sacrificarán aún más los derechos humanos. La democracia está en peligro y esta vez tendrá a las mujeres como el centro del viraje conservador. Si la oposición entra al juego y cierra la boca frente a estos hechos, o modera su compromiso con los derechos humanos de las mujeres, es posible que el retroceso sea mayor, especialmente en Bolivia donde “el proceso de cambio” tuvo la capacidad de silenciar las voces críticas y desaprovechar la bonanza que hubo durante los últimos años.

Sonia Montaño es socióloga

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