Rafael Archondo

¿Fue Sendero maoísta?

jueves, 17 de octubre de 2019 · 00:12

En dos décadas la insurgencia senderista en Perú produjo alrededor de 70.000  muertos. Para ello contó, es verdad, con la activa y casi equivalente cooperación macabra del Ejército. Este 3 de diciembre, su máximo líder, Abimael Guzmán, quien acaba de ser condenado a su segunda cadena perpetua, cumplirá 85 años de edad. Hasta 1992, año de la espectacular captura de este ideólogo, muchos vaticinaban la toma de Lima por parte del Ejército Guerrillero Popular (EGP). 

Pensaron, en efecto, que tras alcanzar sus límites bélicos en el campo, éste ya estaba maduro para abrazar la capital. Lo cierto es que, en realidad, Sendero se escondió en Lima cuando vio que los pueblos de la sierra y la selva se organizaban para repelerlo. Pocos recuerdan hoy a las rondas campesinas, expresión disciplinada de aquella inédita rebelión antiguerrillera.

Abimael Guzmán adolece de una enfermedad de la piel que le impide vivir en la sequedad de las alturas. Sin embargo, antes de su captura, no vivía en una zona residencial de Lima sólo por padecer psoriasis. Su refugio entre los privilegiados de Perú se explica también, porque la organización movilizaba el dinero suficiente para satisfacer la dilatada barriga de la “cuarta espada” del marxismo. 

Mientras cientos de combatientes clandestinos sufrían en cárceles y escaramuzas explosivas, el presidente Gonzalo sólo tenía que aguardar con paciencia que el Estado peruano colapsara. Entre sus ruinas, emergería él para instaurar su dictadura iluminada. 

Hoy nos preguntamos, con el auxilio de los años transcurridos, si Sendero fue efectivamente maoísta. Un repaso del Libro Rojo de Mao nos ratifica dicha filiación. El líder de la Revolución china escribió por ejemplo lo siguiente: “Las clases luchan, unas clases salen victoriosas, otras quedan eliminadas. Así es la historia de la civilización”. Más que marxismo, lo que hallamos acá es un darwinismo clasista. 

Mao sigue: “Esto es como barrer el suelo, donde no llega la escoba, el polvo no desaparece solo. El enemigo no desaparecerá por sí solo”. Por eso, de acuerdo al jefe de Estado chino: “Hacer la revolución no es ofrecer un banquete, ni escribir una obra, ni pintar un cuadro o hacer un bordado (…) una revolución es una insurrección, es un acto de violencia mediante la cual una clase derroca a otra”.   

Hasta acá, el senderismo no es otra cosa que la aplicación taxativa de las ideas del Libro Rojo en Perú. Quizás la idea madre del maoísmo esté, sin embargo, en estas palabras escritas por su creador: “La guerra es la forma más alta de lucha para resolver las contradicciones entre clases, naciones, Estados o grupos políticos. La política es guerra sin derramamiento de sangre, en tanto que la guerra es política con derramamiento de sangre”. Como colofón de este breve recorrido citado queda esta sentencia del gran Timonel: “La guerra revolucionaria es una antitoxina, que no sólo destruirá el veneno del enemigo, sino que también nos depurará de toda inmundicia. (…) El poder nace del fusil”.

La comparación entre las citas del presidente Mao y las del presidente Gonzalo deja al desnudo el escaso aporte surgido de tierras ayacuchanas. Así, Guzmán afirmaba en 1980: “Camaradas, la hora llegó, no hay nada que discutir, el debate se ha agotado. La clave son las acciones; el objetivo, el poder. La historia lo demanda, lo exige la clase, lo ha previsto el pueblo, nosotros debemos cumplir y cumpliremos”.  

Sus escasos discursos parecen copia fiel del original asiático: “Sueños de sangre de hiena tiene la reacción, su corazón maquina siniestras hecatombes, se artillan hasta los dientes, pero no podrán prevalecer, su destino está pesado y medido, ha llegado la hora de ajustarles cuentas”.  En el verbo de Guzmán se agolpan las imágenes fúnebres: “El estruendo de nuestras voces armadas los hará estremecer de pavor y terminarán muertos de miedo convertidos en pobres y negras carroñas”.  

Como puede verificarse, Mao y Guzmán esgrimen la misma prosa. En ambos casos su efecto directo fue la conquista mental de miles de jóvenes embarcados en el heroísmo, pero también en la arbitrariedad y el homicidio. Sendero sí fue maoísta, respondemos, pero lejos de engendrar un masivo cerco rural a la capital, produjo las masacres suficientes que lo obligaron a huir hacia la costa.

De ahí que en 1992, Guzmán haya terminado petrificado y furioso ante las armas ligeras de la Policía. Valga este recuento para que los bolivianos valoremos en serio el instante en que este domingo, introduzcamos nuestro voto en una urna.
 

 

Rafael Archondo es periodista.
 

Confidencial

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