Lupe Andrade Salmón

Con el corazón encogido

miércoles, 23 de octubre de 2019 · 00:11

Miro por la ventana y contemplo el paisaje paceño, aparentemente inmutable y hermoso al atardecer.  La Muela del Diablo todavía se yergue en el horizonte, con su abanico de luces, sombras, colores, roca y arcilla, pero estoy consciente de que las urbanizaciones a su alrededor están peligrosamente carcomiendo su silueta y que cualquier día se le ocurrirá a un loteador platudo aplanar la cima de la Muela para vender lotes y construir casas costosas que probablemente se derrumben a la primera lluvia severa.  

Ya el costado izquierdo de la Muela está totalmente aplanado y trastornado por lo que será una amplia avenida que lleve a la tumba de un histórico y bellísimo monumento natural paceño.  Cuando eso suceda, no habrá forma de reconstruirla o reponerla.

Los cerros paceños están siendo aplanados por todos los costados: Llojeta, Achocalla, Mallasa, Achumani, Mallasilla... todos están siendo decapitados, reducidos a tristes planicies áridas marcadas por lotes, y la mayoría ya con rajaduras que demuestran su poca estabilidad.  Ni siquiera están garantizados para un futuro plano y congestionado.

Y así como veo caer ante el embate de topadoras, excavadoras y aplanadoras a nuestros antes orgullosos cerros paceños, también veo otras máquinas poderosas, aún más nefastas, que están intentando aplanar y destruir nuestra convivencia y democracia, ambas construidas con tanto sacrificio y esfuerzo, y difíciles o imposibles de reponer una vez que hubieran caído.

Hay quienes se resisten dejar de lado el tractor/topadora/excavadora que fue tan útil para lograr sus metas y entregarlo a otras manos, y hay quienes, con razón, dicen que esa potente maquinaria no pertenece solamente a unos cuantos, ya que todos tenemos igual derecho a su uso y aprovechamiento.  Pero estar al mando de un tractor  es tentador, y dejarlo es difícil. Lo sabemos.  Por eso, nosotros, la mayoría de los paceños miramos casi indefensos mientras se producen confrontaciones, esos choques entre quienes quieren aplanar nuestro entorno a toda costa y dominar todo el paisaje, y quienes buscan restaurar y proteger nuestros espacios tradicionales, nuestra “querencia” y formas de vida comunal en peligro.  

¡Ay!  Estoy escribiendo sobre la Muela del Diablo, y pareciera que la pluma se escapó y que mis palabras pudieran aplicarse a otros conflictos y a otras aplanadoras. Quisiera dejar esto en claro: yo escribía y escribo sobre mi La Paz, la que se muestra serena y asoleada, la de los cerros intactos, la de las Ánimas con senderos misteriosos creados por Dios y la lluvia, la de las montañas nevadas y cielos esplendorosos, y la paz amenazada de La Paz quien que nos mira y juzga y pide el amor de quienes habitan aquí.  

Lo construido a través de la historia y con el trabajo de todos, debe ser protegido.  La Muela del Diablo deberá ser protegida como Monumento Paceño, intocable.  También nuestra paz ciudadana, nuestros derechos a respirar libremente y a vivir  tranquilos en nuestro espacio histórico y entorno vital, deben ser defendidos para que no sean amenazados y aplanados por el afán de lucro, la terquedad y la impunidad. 

Salvemos a nuestro marco citadino. Este nuestro paisaje difícil, desigual y de ríos tumultuosos es, como otros, un derecho ciudadano.  Una vez que hubiera sido aplanado y destruido, no tendrá vuelta ni reconstrucción.  Habremos participado en destruir algo que no puede ser recuperado, en el avasallamiento de un bien común que requiere protección y defensa.  Salvemos la paz, esa paz boliviana que tanto costó conquistar y disfrutar.

Miro cómo se pone el sol detrás de la ciudad, con sus últimos rayos iluminando la Muela con una luz extrañamente dorada que pone en relieve su escarpada y difícil hermosura.  Parece eterna, esa nuestra Muela; parece imposible de socavar, pero por todos sus costados y de forma sostenida, se la está destruyendo.

Quedarán fotografías para hijos y nietos, pero no es lo mismo.  Quiero que su belleza intacta y libre sobreviva y que la conozcan en su diario vivir, no en historias de tiempos más suaves, más civilizados, menos angurrientos del dinero que se puede lograr con el loteamiento de terrenos y el loteamiento de valores cívicos y morales.

Todavía estamos a tiempo: salvemos a la Muela y salvemos a nuestra heredad ciudadana.  Debemos salvar lo verdadero y libre, con todos sus escollos y dificultades.  Por eso les escribo, amigos, como dije antes, con el corazón encogido.

 
Lupe Andrade Salmón es periodista.

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