Javier Torres-Goitia T.

El Estado, la salud y el fraude electoral

sábado, 26 de octubre de 2019 · 00:08

 La salud colectiva no depende solamente de la medicina. Está fuertemente determinada por la estructura de la sociedad y así como se beneficia de sociedades bien constituidas, equitativas, y armónicas, la dañan las irregularidades, desaciertos e injusticias.  El populismo acusa a la democracia de favorecer la concentración de la riqueza con expansión de la pobreza, reviviendo vicios del capitalismo salvaje; pero el remedio aplicado, con concentración del poder y expansión de la opresión, resulta peor que la enfermedad.  

El capitalismo actual cada vez es menos salvaje; las relaciones obrero-patronales mejoran continuamente y  el desarrollo de la responsabilidad social empresarial avanza, no a la velocidad esperada, pero avanza; mientras las dictaduras, el totalitarismo y los abusos de poder  retrasan el desarrollo, destruyen la naturaleza con un extractivismo suicida, suprimen las garantías sociales  y violan todos los derechos. 

 El bienestar social, con todos sus componentes, promueve el desarrollo humano y la salud. No hay enfermedad que obedezca solamente al agente infeccioso que la provoca o al trastorno metabólico, o degenerativo que aparecen como sus causas inmediatas. Todas están relacionadas con la calidad de vida, que en gran parte depende de las condiciones creadas por los Estados para garantizar fuentes de trabajo, empleo, educación, libertades ciudadanas, vigencia de los derechos humanos y, naturalmente, también atención médica de la mejor calidad.

 Al comentar el incremento inaceptable de los feminicidios, comentamos anteriormente la cascada de la muerte de los regímenes totalitarios, cuyos gobiernos emplean la violencia estatal para reprimir, más que prevenir, para castigar más que enseñar; inician así un ciclo de violencia que genera más violencia en toda la sociedad. Bloqueos, incendios u otras formas de confrontación reemplazan al diálogo constructivo y al libre intercambio de opiniones. 

En estas condiciones, el abuso de poder se constituye en fuente de violencia que, respondida con parecida reacción social, se liga al machismo para originar la violencia intrafamiliar, en la cual la vertical autoridad del padre choca con el ideal de libertad del adolescente y genera rebeldías incontroladas, origina vandalismos, drogadicción, violaciones, y  escalón por escalón,  llega a los extremos del feminicidio, el infanticidio y hasta el ecocidio, que aumentan a diario en nuestro país.

 En este marco de violencia generalizada se realizó la consulta electoral del domingo pasado, milagrosamente en paz y calma. Todos sabían las enormes desventajas de competir en condiciones dispares contra el abuso de poder incontrolado, pero tenían fe en sus propias convicciones y acudieron a las urnas, y votaron porque termine la dictadura. El fracaso del cambio prometido, el incendio de la Chiquitania, los vínculos oficiales con el narcotráfico, el derroche de inversiones improductivas,  la corrupción, la incapacidad reiterada de la administración pública y otros fracasos gubernamentales enardecían la decepción, y alentaban la esperanza democrática. 

Antes del escrutinio, el intercambio telefónico con colegas y amigos, en diferentes barrios de La Paz y algunas ciudades del interior del país, mostraba un triunfo holgado de Comunidad Ciudadana. El triunfo de la democracia era evidente, pero esta impresión cambió cuando la Corte Electoral empezó a publicar los resultados del TREP. Inicialmente, parecía que los resultados nacionales legítimamente podían ser diferentes de  los de nuestras mesas, hasta que la Corte paró abruptamente el conteo rápido. Cuando lo reinició, 24 horas más tarde, cambió radicalmente la tendencia. Los resultados pasaron a favorecer a Morales, tan exageradamente que los observadores de la OEA y la Comunidad Europea denunciaron el hecho.

 Más tarde, expertos ingenieros precisaron la modalidad del gigantesco fraude con detalles irrefutables. Más de un dirigente masista reconoce “falencias” y tres miembros destacados del TED renuncian. Pero el abuso de poder no para, el Presidente, ciego y sordo a los reclamos, insiste en su “victoria electoral”. 

Los médicos recuerdan que unidos al pueblo lograron la abrogación de un Código Penal totalitario. La opinión internacional recomienda segunda vuelta.  Militares piden a su comandante no enfrentarlos con el pueblo y todo el país convulsionado se aferra a defender lo justo.  El país queda ubicado así entre la violencia del poder espurio, tipo Maduro, y la fuerza de la razón. Pero la esperanza no está perdida. Podemos recuperar la democracia.


Javier Torres-Goitia T. fue ministro de Salud.

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