Harold Olmos

Entonces y ahora, la historia se repite

domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:12

En julio de 1978, Bolivia vivía momentos cargados de tensión. El general Hugo Banzer Suárez había perdido la batalla diplomática iniciada en Charaña, un poblado inhóspito de la frontera con Chile, donde, con el general Augusto Pinochet, restableció relaciones diplomáticas. Causada por el desvío de las aguas del río Lauca, en 1962, la ruptura había durado 13 años. 

La derrota de Charaña había colocado la política boliviana sobre un campo minado y el gobierno se acercaba a un jaque mate. Políticamente había perdido sustento. Al haber jugado con la principal aspiración boliviana y haber perdido la batalla, el régimen parecía  insostenible. Un centro de molestia estaba en las Fuerzas Armadas, cuya razón institucional de ser era la causa marítima.

Luego de nuevas gestiones infructuosas, Banzer volvió a romper relaciones con el país vecino.

El turbión que desencadenó se llevó la dictadura de Banzer, ahora de la mano de un nuevo hombre fuerte: el general de Fuerza Aérea Juan Pereda Asbún. Pero fue sólo el comienzo de un nuevo ciclo militar que acabaría sólo al ser reinstalada la democracia en Bolivia, a fines de 1982.

El nuevo rompimiento de relaciones con Chile era consecuencia de la frustración que el fracaso de Charaña había causado en toda Bolivia. Ante la demanda  para que renunciara, tras el fracaso de su política hacia Chile, exigencia que incluía a altos jefes y jóvenes militares, decidió probar su fuerza política  y convocó a elecciones generales. El general Juan Pereda Asbún fue su candidato, a la cabeza de Acción Democrática Nacionalista (ADN), que Banzer había fundado.

 Pereda ganó la elección con una avalancha de trampas. Papeletas computadas ensuciaban las calles, ánforas rotas en las esquinas del lugar donde funcionaba el centro de computación, votación doble y triple, incluso de difuntos, etcétera, empañaron la elección y marcaron al candidato oficial. Banzer decidió anular las elecciones. Pereda entonces golpeó a Banzer y el resto es historia conocida.

Evo Morales decidió reemprender el camino diplomático y al no lograr mayores avances para alcanzar la máxima aspiración diplomática boliviana, se dirigió a La Haya, con la esperanza de conseguir apoyo de la corte mundial de justicia.

Esta vez, con la última carta boliviana y desengañado de las esperanzas que tenía en Michele Bachellet, se jugó el todo por el todo. La Haya falló diciendo que Chile no había adquirido ningún compromiso con Bolivia para negociar acuerdo alguno para otorgarle una salida al mar.

Fue la peor derrota diplomática de Bolivia y el cierre de las puertas para negociar una solución para la máxima meta boliviana. La caída anuló más de un siglo de esfuerzos  y triunfos de la diplomacia boliviana. Chile declaró que, en cualquier caso, no negociaría con Morales.  

Morales archivó  la derrota boliviana, de la que formalmente no se responsabilizó. Las Fuerzas Armadas, quizá sin evaluar los alcances de la fatalidad, no emitieron ningún pronunciamiento conocido.

A partir de ahí, el mandatario apretó a fondo el acelerador para buscar su reelección como presidente y el domingo, aniversario de la firma del tratado por el cual Bolivia cedió todo su litoral a Chile, Morales acudió a votar por su nueva reelección. Ignoró el 21 de febrero de 2016 que le impedía una nueva reelección

Ahora está en tiempos diferentes. Llegó al gobierno apoyado por gran parte del mundo como líder de un sector marginado desde tiempos coloniales. En una actitud que muchos vieron como reparatoria de esa conducta opresiva, la realeza española, algunos de cuyos exponentes llegaron a preguntarse si debían considerar a los indígenas como seres con alma,  estuvo entre los primeros sectores en brindarle amplio respaldo.

Poco a poco, esa comprensión hacia el líder indígena se fue nublando, ante el carácter autocrático que asumía el gobierno indígena.  La marcha de los indígenas del oriente  y la brutal represión que sufrieron de la Policía para impedirles avanzar hacia La Paz, empezó a cambiar la percepción  del mundo  sobre Morales y su régimen.

Para su fortuna, el tema de la derrota en La Haya no fue abordado durante la campaña electoral en la que, como rival de Morales, participó el expresidente Carlos Mesa, portavoz de la causa boliviana durante la fallida gestión que acabó en octubre del año pasado.

Este 20 de octubre transcurrió concentrado en la votación presidencial. Nadie recordó que ese día, en 1904, Bolivia había puesto punto final a su búsqueda negociada de una solución a su enclaustramiento geográfico.

Nadie evocó  la fecha, lo que puede ser excusable por toda la historia que encierra y que nadie en Bolivia querría recordar.

Es cierto que gran parte de la responsabilidad de la derrota diplomática con Chile es de la Cancillería, pero no parece razonable que el cabecilla de la gestión que cerró el capítulo más doloroso de la historia boliviana la hubiese ignorado cuando buscaba un nuevo mandato.  Lo mismo vale para sus rivales.

Harold Olmos es periodista.

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