Loreto Correa

Chile arde y no es sólo por la protesta social

martes, 29 de octubre de 2019 · 00:08

En estos días hemos visto un Chile distinto a lo que solemos visualizar, hemos visto un Chile violento, intolerante, lento en reaccionar, pero sobre todo contestatario. También hemos observado un Estado complicado, institucionalmente con deficiencias severas en materia de inteligencia, pero unido en torno a volver a restablecer el orden a la mayor brevedad posible. Del Congreso, ni hablar, particularmente en la primera sesión que mostró la peor cara de un Frente Amplio, ambiguo y de sectores de la izquierda y ultraizquierda que no asistieron a la reunión convocada por la Presidencia de la república, en un momento crucial de la historia nacional.

Chile nunca ha sido un país fácil. Es uno de los territorios más complejos en materia geográfica, con todos los climas posibles, con todas las alturas y tipos de personas posibles. Recientemente, el país ha experimentado el arribo de casi un millón de migrantes provenientes mayoritariamente de la región y particularmente de Haití y Venezuela.

Pero Chile también es un país resiliente, de personas que se superan a sí mismas en las peores circunstancias. Por esto la reconstrucción nacional que provocará este estallido social es una oportunidad que mueve a todos. En estos días se han visto la solidaridad y sacrificio máximo de los bomberos, de las fuerzas militares y de orden y de gran parte de la ciudadanía que ha salido, justamente a protestar en pos de sus demandas en paz, e incluso con humor. Todo esto aparece en la prensa, y todo esto es lo que anima.

Sin embargo, y tal como ha dicho el profesor Altman de la Universidad Católica, la protesta no se vio venir con la fuerza que la estamos presenciando, probablemente, porque en Chile, como también en muchos países de la región, había gente invisibilizada, no solo por el “modelo”, sino por su histórica condición de exclusión, estigmatización y marginalización.

Pese a ello, existen algunas preguntas que el gobierno chileno aún no vuelca hacia la opinión pública en esta crisis. Resulta en extremo delicado observar la presencia de agentes específicos que han incidido en la violencia, particularmente el día viernes 18 de octubre, cuando se vandalizaron un tercio de las estaciones del metro subterráneo, no sólo un orgullo nacional, sino una infraestructura crítica para los siete millones de chilenos que viven en Santiago.

No resulta creíble que la violencia social, no las legítimas protestas, haya acontecido exactamente a las mismas horas y el mismo día. El vandalismo fue concertado y no solo eso, sino auspiciado por facciones que vienen preparando esto, quizás hace mucho tiempo. ¿Cuáles son las evidencias de esto? Los focos de atención del vandalismo: Metro, supermercados, farmacias, retail, sobre todo en sectores, donde el Estado era débil y en comunas donde el descontento social ya venía exhibiendo un aumento del delito sistemáticamente, esto es la zona sur y poniente de Santiago. A 6 días del inicio de los desmanes, resulta muy claro, que tal como ha ocurrido en Cataluña, aquí también existe un radicalismo concertado al cual les une el culto por la violencia y el caos urbano, que sabe de manual cómo ocasionar desórdenes callejeros, y que usa tácticas con agentes radicalizadores activos en las calles. Esto ocurre lamentablemente en las márgenes de las reuniones multitudinarias, en sectores marginales de las ciudades de Concepción y Valparaíso, y particularmente en barrios cooptados por el microtráfico de Santiago, donde ya era complejo ingresar para los organismos de seguridad del Estado.

En efecto, todo indica que el Black Bloc también ha llegado a Chile y que este ha reclutado personas para provocar el desorden. El modus operandi es de pequeños grupos de entre 15 a 20 personas, que se camuflan entre los manifestantes. Tras que llega la fuerza policial o militar –esta vez por la declaratoria de Estado de Emergencia– acompañan la protesta a rostro cubierto, asistiendo en forma de cardumen a romper –y si es posible quemar– todo lo que encuentran a su paso. Esto es por ejemplo lo ocurrido en el Hotel Principado de Asturias en la zona de Providencia el 23 de octubre al caer la tarde, o es lo que justamente aconteció en las estaciones de metro al inicio de las protestas.

Con todo, también hay una violencia que se estima viene desde la región sudamericana y de la cual se ha especulado mucho en estos días. Se trata de agentes agitadores que podrían provenir del gobierno de Nicolás Maduro y de los cuales, solo se tiene como prueba una provocadora revelación hecha en el contexto del Foro de Sao Paulo. En esta última arista de la violencia, Chile tendría gente infiltrada para provocar el desorden y el caos. La cercanía de la COP25 y la APEC, reuniones emblema del gobierno de Sebastián Piñera, habrían gatillado no solo su presencia, sino el despliegue en el mismo mes cuando la OEA ha denunciado también su participación en Colombia y Ecuador.

De ser así, la protesta social por mejoras concretas a las condiciones de vida de los chilenos, hay que mirarla con lupa. Las calles no solo muestran gente descontenta, y con razón reclamando por décadas de abuso, sino agitadores y delincuentes escondidos sembrando el terror en sus principales ciudades. Loreto Correa es  integrante del Centro de Investigación y Estudios Estratégicos de Chile.

Confidencial

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