Rafael Archondo

Botines guerrilleros

jueves, 03 de octubre de 2019 · 00:12

Comenzaron cambiándole el nombre a las cosas. A los robos o atracos les llamaron “expropiaciones”; a los secuestros, “justicia revolucionaria”; a sus mazmorras, “cárceles del pueblo” y a los cuantiosos rescates que se embolsaron,  “recuperaciones”. 

Tras este primer vuelco en el diccionario, los hombres y mujeres que atizaron la lucha armada en América latina dieron golpes espectaculares para ponerles la piel de gallina a las élites empresariales del continente.  La muerte del Che Guevara en Bolivia, en octubre de 1967,  no fue más que un paso precursor. A su estropeada iniciativa le siguieron camadas completas de jóvenes listos a entregar la vida por la revolución. Ya no cabía la espera, era el momento de actuar. 

En 1974, en la Argentina del recién fallecido general Perón, las organizaciones armadas se imaginaban a sí mismas en plena ofensiva final. Mientras el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) iba por Víctor Samuelson, joven gerente de la petrolera norteamericana Esso; los Montoneros capturaban a los hermanos Juan y Jorge Born, piezas vitales de una de las empresas más grandes del país.  El primero estuvo retenido tres; los segundos, seis y nueve meses.  

En ese tiempo, ambos grupos guerrilleros negociaron millonarios rescates. Por la libertad de Samuelson, la petrolera pagó algo más de 14, mientras que el padre de los Born cuadruplicó la suma; es decir, 60 millones de dólares. Cuenta, aún hoy, como el rescate más voluminoso de la historia.  

Así, en 1975, las dos organizaciones guerrilleras lograron atesorar fabulosos botines. No es difícil imaginar que la dictadura, que llegaría al año siguiente bajo la férrea muñeca del general Videla, se hubiera convertido en un clamor de los empresarios.  Los militares entraron entonces en escena para perpetrar crímenes horrendos y convertir en rutina la desaparición de sus enemigos. 

Lo que no se ha dicho de los “años de plomo” en la Argentina es que ni el ERP ni Montoneros rindieron cuentas del dinero conseguido. En el primer caso, cinco de los 14 millones de dólares se repartieron entre el MIR de Chile, el MLN de Uruguay y el ELN de Bolivia. En relación con el dinero entregado a los Montoneros, se sabe que éste fue “lavado” en Estados Unidos y Suiza por el empresario Daniel Graiver, muerto misteriosamente en un accidente de aviación en México.  

Otras voces aseguran que parte del rescate fue entregado a Carlos Saúl Menem, quien fuera el primer peronista en dirigir el país tras la dictadura. Fue el pago que los Montoneros le habrían entregado a cambio de ser amnistiados. De ese modo obtuvieron el perdón judicial y pudieron continuar su vida como hombres de negocios o profesores universitarios.

Ante la falta de transparencia de las organizaciones armadas en América latina no corresponde el asombro.  Fueron ejércitos privados y cupulares, sociedades secretas que cultivaron la compartimentación y la falta total de deliberación. Con la revelación de sus intimidades va quedando cada vez más claro que al encapsularse y adquirir una aterradora capacidad destructiva, su opción favorita fue privatizar ventajas, y nutrirse de privilegios. De repente, ser guerrillero se convirtió en un modo de vivir sin trabajar. 

Perdimos muchos años tratando de entender las complejas relaciones entre política y violencia. Quisimos saber si la política con las armas dejaba de serlo, pero lo que no discutimos a detalle fueron las secuelas del surgimiento de un núcleo de elegidos, capaz de monopolizar la representación del descontento expresado en sus detonaciones. 

 Esa reducida plataforma, cuyo mérito exclusivo fue la capacidad material de dañar, puso en claro que la violencia no acaba con el sistema de opresión, sino que sólo lo predispone a una defensa férrea e implacable y, lo que es peor, incluso lo ayuda a ejecutar ajustes internos de cuentas entre los propios opresores.  

En los hechos, el empleo del homicidio selectivo por parte de los guerrilleros abrió las puertas para el recrudecimiento de la guerra interna en la sociedad argentina, pero también para que los segmentos más radicales tomaran el control de los acontecimientos. 

Si a ello sumamos que la capacidad discrecional de matar también fue usada en contra de los disidentes internos o los potenciales desertores de las organizaciones, la consigna de “Patria o muerte” en boca de nuestros militares quedará para la historia como una broma macabra de Evo Morales, orientada a idealizar a grupos que en los hechos se arrimaron más a las conductas mafiosas que a los manuales de la transformación social.      

 

Rafael Archondo es periodista.

 

Confidencial

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