Eduardo Berdegué Pardo Valle

Sed sin hambre

jueves, 31 de octubre de 2019 · 00:09

¿Por qué nos asombra que esté pasando lo que sabíamos que iba a pasar? ¿Por qué nos encuentra tan desarticulados aquello que se anticipaba con tanta precisión en cuanta tertulia dedicara un sólo minuto a las elecciones del pasado domingo?

Poco después de que las expresiones espontáneas de repudio al fraude empezaron a colmar de indignación e inexplicable incredulidad las calles del país, un amigo y compañero de red en WhatsApp pedía esperanzado si habría tal vez un “decálogo” que ayudara a organizar la rebelión. No era difícil suponer que, de no haber acciones tácticas eficaces en las calles que apoyen una toma de iniciativa por parte de la contraparte, el Gobierno apostará a dejar que el tiempo diluya la ira inicial hasta que ésta se convierta en protesta y luego en manifestación. Una más, como las tantas manifestaciones que por décadas cada semana han tomado alguna avenida con alguna consigna que no muchos recuerdan.

Las movilizaciones de los últimos días, valientes y emotivas, reflejan a un pueblo sediento de justicia que clama el respeto a la voluntad popular. Pero me temo que, sin hambre, la sola sed no será suficiente para torcer el brazo a un gobierno que sí se maneja con decálogo. Afortunadamente para el régimen, lamentablemente para la causa, el bolsillo de la gente no está en juego en esta ocasión.

En ese contexto, acción sin presión no es solución. Ni las mesas de diálogo, ni las misivas de las embajadas, ni los cánticos entonados por embanderados niños de la mano de sus padres, ni la repetitiva distribución de imágenes digitales de congregaciones cada vez menos densas y furiosas alcanzan. Se nos va la democracia. Esa que se consiguió con verdaderas luchas. Con cárcel, con exilios, con tanto sacrificio. Esa que se consiguió con sangre cuando el grueso de los hombres y mujeres que hoy claman por sus derechos en las calles, y por teléfono aún no habían nacido.

En Chile y en Ecuador, las movilizaciones organizadas de los últimos días han obligado a los gobiernos de esos países a dar paso atrás. En Venezuela, en cambio, han pasado seis meses desde que Juan Guaidó asumiera la Presidencia de ese país apoyado por su pueblo y por más de 50 países sin que eso impidiera a Nicolás Maduro mantenerse en el poder.

No es coincidencia. Es una cuestión de método y de ciencia, es decir de decálogo. Y de plata, porque los intereses detrás de la decisión de que no se cambie el curso, distantes y poderosos, no abandonarán esta plaza por las buenas.

El tiempo apremia. Es hora de retomar la iniciativa con urgencia y desprendida convicción. De seguro que el Gobierno habrá desplegado a sus expertos caribeños a medir a diario el pulso de la calle y, cual laboratorio, preparar los antídotos correspondientes.  Se debe sorprender y desconcertar con acciones organizadas, múltiples, dispersas y constantes que confundan y paralicen a unos mientras motivan, y comprometen a otros a mantenerse firmes en la lucha.

Es hora de presionar sin tregua hasta romper. Lo exige sin atenuantes la necesidad de impedir la usurpación del poder que pretenden sin vergüenza nuestros ilegítimos gobernantes.

Eduardo Berdegué Pardo Valle es escritor.

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