Drina Ergueta

El odio al rival como política

martes, 12 de noviembre de 2019 · 00:09

Es difícil digerir lo ocurrido en los últimos días en Bolivia por la velocidad en que se producen los acontecimientos luego de las elecciones del 20 de octubre, en que el odio al rival político parece instalado, donde los castigos y las revanchas y la violencia ponen los pelos de punta ¿Cómo no es posible un cambio de gobierno de una manera razonable y pacífica?

Luego de las elecciones, se produjeron movilizaciones en todo el país con la aparición de liderazgos de carácter cívico y en algún caso con un añadido religioso, machista y de extrema derecha que ha preocupado a más de un sector. La defensa del voto por denuncias del fraude fue el inicio también de enfrentamientos masivos a golpes y dinamitas con quienes defendían al gobierno de Evo Morales. Hasta tres o cuatro muertos se registraron en esos choques producidos en ciudades y carreteras. Luego, la comprobación del fraude y la posibilidad de nuevas elecciones ya no fueron suficiente.

La renuncia del presidente Evo Morales y de gran parte de su dirigencia llegó acompañada de persecución a su gente afín; toma de los medios de comunicación públicos y expulsión de sus trabajadores; con quema de viviendas de algunas autoridades y amenazas a sus familias; detención y humillación pública a la presidenta y a un conocido vocal del Tribunal Supremo Electoral, presentados esposados y como delincuentes comunes ante la prensa. Morales y varias personas próximas tomaban el avión presidencial y aterrizaban en el Chapare, un lugar seguro, ante la negativa (según corrió por las redes sociales) de gobiernos de Chile, Perú, Brasil y Argentina de permitir que pasen por su espacio aéreo.

La Policía de parte de la gente movilizada contra Morales se había amotinado, mientras que desde las Fuerzas Armadas se decía que sólo intervendría en caso de que fuera necesario para defender al pueblo, pero ¿cuál pueblo? Porque hay dos bandos, no despejaba dudas. Ante la ausencia de autoridad se generó una violencia desatada.

Luego de los festejos de una parte de la población por la renuncia de Morales, quienes aún le apoyan se enfurecieron y, principalmente grupos de campesinos y personas que viven en zonas periféricas de las ciudades, recorrieron las calles de La Paz y El Alto sembrando terror, se quemó transporte público y las redes sociales enloquecidas mostraban cómo incendiaban las viviendas de un líder de oposición y de una periodista muy conocida, además de los asaltos a comercios y enfrentamiento con vecinos en las calles y llamados de auxilio en un recorrido de rabia y miedo.

¿Cómo es posible llegar a este punto? En todo este proceso, los candidatos y líderes políticos, todos varones, han hecho un llamado a la movilización y no a la calma, así pusieran énfasis en que éstas fueran de carácter pacífico, así fuera con la biblia en la mano y rezando, se ha pedido que la gente no deje las calles, aunque, finalmente, eso ponga en riesgo sus vidas y las de otras personas. Grupos feministas hablan de la machocracia en que los liderazgos masculinos y su afán de poder crean grupos de guerra para lograr sus objetivos.

Algo falla en la manera de hacer política. Aunque, desde la teoría, Carl Schmitt dice que lo político se define como la relación entre amigos y enemigos y por tanto se fundamenta en el conflicto, eso no puede definirnos como humanidad política.

Así podamos considerar que lo político supone necesariamente conflicto y que el consenso absoluto sobre valores es imposible por la existencia de intereses contrapuestos, hay autores situados en el liberalismo, como, por ejemplo, Jürgen Habermas, que dicen que la política debe tender al consenso a través de procesos deliberativos.

Es también iluminadora la posición de la politóloga (mujer tenía que ser) Chantal Mouffe que nos dice que la democracia debe ser un sistema agonista, un sistema en el que compiten adversarios que se reconocen y se respetan dentro de un marco de procedimientos consensuado y no un sistema de guerra entre enemigos que sólo buscan destruirse unos a otros. Hagámosle caso.

 Drina Ergueta es periodista.

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