Lupe Andrade Salmón

Palomas blancas

miércoles, 13 de noviembre de 2019 · 00:59

El lunes pasado, al final del atardecer, vi la salida de la luna llena, hermosamente dorada e inmensa contra el cielo paceño, justo cuando finalmente había dejado de llover.  En ese momento casi mágico, cruzó el cielo una bandada de palomas y entre ellas, vi una paloma blanca que se destacaba entre las demás, haciendo figuras de luz contra las montañas. 

Seguramente era una paloma cualquiera, una más de las decenas de miles que viven en nuestra ciudad, alborotando los techos y terrazas, llenando de nidos los lugares más insospechados, y compartiendo los avatares de la vida citadina con nosotros.  No era mágica ni producto de mi afiebrada mente: era una paloma blanca, paceña como usted, querido lector, y yo.

Hay ocasiones, lo confieso, en que las palomas le llegan a causar hastío.  Son alborotadas, dejan trazos orgánicos en terrazas y alféizares, y sus llamados de amor suenan a veces como lamentos fantasmales.  Confieso también, que con frecuencia las he ahuyentado de mis ventanas, preocupada de que sus nidos bloqueen las esenciales canaletas, especialmente en la época de lluvias venidera.

Esta vez, sin ser bruja, vidente, profetisa o adepta a la magia las vi volar sobre los cercos del jardín con una sensación de alivio y esperanza casi sobrenatural.  La paloma blanca, haciendo un leve giro delante de la ventana, parecía estar mandando una señal especial hacia mi espíritu atribulado.

La vi alejarse, y al cerrarse la noche, escuché en las noticias, cada vez más aterradoras, la primera realmente buena nueva, de que patrullajes conjuntos de Policías y Fuerzas Armadas traerían de nuevo tranquilidad a nuestra ciudad, a todo nuestro país.

Volví a mi ventana, y ya no la vi.  La paloma blanca había seguido su rumbo.  Sin embargo, creo que sí era especial, una visitante mágica del más allá, una mensajera de esperanza enviada desde otra esfera, para traer paz a mi alma, y junto conmigo, a los demás pobladores de este nuestro hermoso, aunque lastimado país.

Sentí que una enorme paz me llenaba el espíritu, que mis angustias se irían volando con ella, y que la luna llena me envolvía de su luz dorada como con una caricia celestial. 

¿Que soy una vieja cursi, sentimental y soñadora?  ¡Por supuesto!  Lo reconozco, lo admito, lo acepto con humilde alegría.  Que una paloma y esa luna esplendorosa me dieran paz, no era una cursilería, no y no.  Los vates itálicos que leían los signos celestiales antes de cada sesión del Senado Romano, sabían que el cielo trae mensajes eternos y eternamente válidos.  La lluvia del día ayudó a crecer a las plantas y a apagar los incendios todavía humeantes.  La gloria de la noche me habló de esperanza, de unidad, de paz y tranquilidad: ¿Por qué iba a dudarlo?

Luego de muchas noches de zozobra, pude dormir tranquila.  No era, ni es, que todo estuviera solucionado, por supuesto que no.  Pero sí, era un recordatorio de algo verdadero que he conocido a través de mi larga y a veces azarosa vida: los bolivianos somos de alma pacífica y unida.  Desordenados y bulliciosos como las palomas, y a veces destructores como ellas, dejamos detrás de nuestros pasos basura, residuos y suciedad.  Pero también como ellas, sabemos hacer nuestros nidos en lugares insospechados, armar nuestras casitas en los cerros escarpados; trabajar en momentos difíciles, y sobrevivir.  Al final, vivimos en paz.  Tal como las palomas, volveremos a unirnos en grupos bullangueros; criaremos nuestros hijos, y contaremos nuestras pequeñas historias personales de temor, amor, trabajo, cansancio y paz. 

Tal como la paloma blanca, los paceños nos perfilaremos contra el cielo que se oscurece, y llevaremos un mensaje esperanzado a nuestros amigos, hermanos y coterráneos.  Sobreviviremos una vez más.  Sobreviviremos esto y lo que venga, porque somos valientes, fuertes, corajudos y tercos como los cerros que nos rodean y protegen.  Saldrá el sol de la mañana, y saldrá el sol de la paz.  Eso, lo juro.

Lupe Andrade Salmón es periodista.

 

 

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