Franz Xavier Barrios Suvelza

Por qué no hubo golpe de Estado en Bolivia

jueves, 14 de noviembre de 2019 · 00:34

El prófugo expresidente Morales insiste que fue víctima de un golpe de Estado. Alguna prensa internacional cómoda con códigos rutinizados está repitiendo ese cuento y se agarran del pronunciamiento del general Kaliman en la tarde del día de la dimisión de Evo. Un militar “sacando” a un presidente cuadra con los reportajes que la prensa internacional hace sobre eventos parecidos en Africa ¿por qué Bolivia tendría que ser diferente?

Lo que sí sorprende es que Fernando Molina alimente este dislate con el título de una nota para El País que dice “El Ejército obliga a Evo…a renunciar como presidente de Bolivia” pues, aunque Molina no hable explícitamente de golpe, la suya es una frase mañosa. Esto se podría entender de un periodista islandés describiendo lo que pasaba en La Paz cuando estaba fumándose un porro en Reikiavik, pero no de alguien que está (¿o no estaba Molina esos días en La Paz?) en Bolivia y la conoce tan bien. Pablo Stefanoni que conoce bien Bolivia y que ha escrito sugerentes autocríticas a pesar de su sesgo romántico por el “proceso de cambio” que le hacen ver tiernas mariposas donde revuelan feroces vinchucas, es más fanático.

 Stefanoni escribe que “policías escenifican en las calles de Bolivia el golpe cívico-policial”. Morales lanzó esa cantaleta y la entonará ahora con mariachis de trasfondo, y los que fueran amanuenses científicos palaciegos del fugado Morales ya han comenzado a reforzar con “teoría” el ardid mediático del fraudulento Morales con esto de que le dieron un golpe de Estado. García Linera, por su lado, escribirá quizás un opúsculo titulado “El golpe de Estado y la galaxia de los descalzos en proceso de entropía” o algo así para excitación de algunos profes gauchos que lo consideran tan visionario como Gramsci (García y Gramsci escribieron ambos desde la cárcel, por favor).

Lo sucedido pareciera apuntar a que hubo un golpe de Estado: interrupción abrupta del mandato de un presidente por vía no institucional, cuando no violenta, más un papel directo o indirecto de la fuerza pública en el complot. Hasta ahí la letanía propagandística de un Stefanoni parece cuadrar con la demencia de Evo. Una contra-respuesta técnicamente poco fructífera aunque pedagógica sería decir que fue Evo el que hizo golpe al transgredir la ley con sus acciones delincuenciales, especialmente las referidas al 21 F.

Esta variante tiene valor más coloquial ya que Evo no interrumpió, con todo lo ilegales que hayan sido sus movidas, el mandato de nadie. Y si bien aferrarse al cargo puede ser tan despótico como interrumpir un mandato, el argumento de que fue Evo el que primero hizo golpe es técnicamente frágil. Una mejor salida sería decir que lo que ha pasado en Bolivia es una “restitución del orden constitucional previamente violentado”.

 El problema aquí es que un “golpe de Estado” es un medio y decir que lo que se produjo fue “una restauración de etcétera”, incluye el medio pero ya lo mezcla con un propósito. Sin embargo, esta alternativa da luces. Si bien algunos autores hablan de golpe de Estado independientemente de si el golpeado estaba ejerciendo el poder conforme a ley, un golpe de Estado siempre estuvo unido a la idea de que éste produce una ruptura de la legalidad más que sólo una interrupción abrupta, violenta, ilegal y generalmente militarizada de la gestión de un mandatario (electo o no).

El dilema teórico surge de no tener un término apropiado para el caso en que se interrumpe un mandato que de antemano se ejercía por fuera de la Constitución y la ley en lo que atañe a las reglas para acceder al cargo presidencial. ¿Es golpista quien se deshace de un mandatario (no importa si electo democráticamente) antes de termino, por vías no previstas institucionalmente, si este mandatario ejercía habiendo vulnerado el ordenamiento legal?

La respuesta es no. Normalmente la idea de golpe presupone que quién es golpeado llegó al poder y lo ejercía conforme a la Constitución. Evo no cumplía este requisito desde la trucha resolución de TCP de 2013 y, con mucha mayor razón desde el 21F. La figura es pues sui-generis: resulta que las movilizaciones sociales de más de 20 días lo que hicieron fue buscar corregir la ilegalidad del accionar del detentador del poder (el fraude fue solo la perla final).

 Esta peculiar situación no es convenientemente descrita por la categoría “golpe” pues éste suele suponer un mandatario que fungía conforme a reglas previstas. Entonces, lo que hubo, técnicamente hablando, fue un “re-encauce de Estado”, no un golpe de Estado. ¿Abrupto? sí. ¿Sacando a un presidente no por la vía del sufragio? sí. Interrumpiendo un mandato, sí, pero sobre todo, “reseteando” un mandato que arrastraba de antes un formato irregular.

El papel que en los 21 días que conmovieron nuestro mundo jugaron las fuerzas del orden no altera este enfoque, menos aún si ellas están justamente llamadas a preservar el orden constitucional, amén de que, en un golpe de Estado, las fuerzas subversivas, generalmente los militares, son las que se posesionan anunciando “paz y progreso”, cosa que tampoco se cumple en Bolivia.

Según Thyne y Powel un golpe de Estado debe ser ilegal para diferenciarlo del caso en que una movilización social acabe con la firma de renuncia del presidente (que ellos no califican como algo necesariamente ilegal); y un golpe no debe mezclarse con el caso de interrupciones que no vienen de origen desde dentro del aparato estatal (desde los militares por ejemplo), sino desde la movilización ciudadana.

Estos dos últimos criterios tampoco se cumplen en Bolivia: ni la presión social que arrincona a un déspota hasta que éste renuncie es de por sí ilegal, ni los militares urdieron este desenlace. En este contexto es artero que Fernando Molina en otro escrito sostenga que el motín policial se explica porque la policía bajo Morales “perdió privilegios y recibió menos beneficios que los militares”, o sea, por envidiosos.

 Concluyo que estamos ante un proceso que, por la vía de un “re-encauce de estado”, es la técnica para subsanar un orden constitucional y legal que había sido insalvablemente averiado por el prófugo Morales. Se aplica aquí nueve siglos después, lo que los reyes de Aragón tenían que escuchar de sus súbditos medievales cuando se disponían a jurar: “Nos, que cada uno de nosotros somos igual que Vos y todos juntos más que Vos, te hacemos Rey si cumples nuestros fueros y los haces cumplir, si no, no”.

Franz Xavier Barrios Suvelza  es economista.

 

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