Juan P. Vargas

Para no caer en la inocencia de los signos

sábado, 16 de noviembre de 2019 · 00:08

Entre el 10 y el 12 de noviembre, la ciudad de La Paz ha vivido la antesala de una guerra civil. Si bien la historiografía ha de tener a futuro la tarea de comprender los entretelones y devenires de lo recién vivido, quiero aventurar la lectura de tres signos que se han dejado ver en nuestras calles y pantallas.

El día 11, vecinos de muchos barrios pasaron el día tapiando puertas y ventanas y construyendo barricadas en las calles. Una noche antes se habían saqueado hogares y negocios, se había vivido un terror colectivo que se deseaba evitar. Llegó la noche y el terror fue mitigado por la soldadesca brava que apareció en vehículos y aviones, para arrestar delincuentes y traer paz. Vecinos aplaudieron y recibieron a la milicia con un agrado sospechoso, sin duda tamizado por el agrio sabor de la historia. El que ha vivido en dictadura ha visto estos días una resignificación del signo militar: de muchos años de ser señal inequívoca de matanza o dictadura ha pasado a ser signo popular de paz vecinal. El militar pasó de ser un agente cuasi innecesario para el país a ser aquel signo necesario del orden social.

Este signo, sin embargo, fue para el pobre y para el indígena sinónimo de bala derechista y de racismo inevitable. Muchas personas afines al MAS salieron en marcha el día 12, varias de ellas conmovidas ante la partida de Evo Morales a México, varias de ellas enojadas ante la constatación de que había personas tratando de arrancar al indígena del poder, pero todas con el terror de una marginación inminente en los ojos. El rostro militar pasó a ser, también, signo del fracaso de Evo Morales: aquel héroe indígena que le había dado dignidad a muchos ya no estaba en el país, había sido traicionado y obligado a abandonar la lucha. Los militares en las calles eran el sello inequívoco de la perpetración de un golpe de Estado. Y es que, pocas horas antes, El Alto había sufrido muertos y heridos de bala por parte de la Policía.

En medio de tanto conflicto resignificado fue quemada la wiphala y arrancada de uniformes. ¿Por quién? No sabemos. El gesto fue aplaudido por muchos, que clamaron la muerte del Estado Plurinacional y la hora de recuperar la República. Semejantes frases, varias veces leídas en redes, sólo afirman la ignorancia histórica de quien las dice. Pero más allá de eso, quien aplaude este gesto o lo entroniza, ve en la wiphala un signo de Evo Morales en el peor de sus rostros. Una metonimia de la corrupción y del fraude, del narcogobierno y la tiranía. Un signo que debía de ser extirpado de una vez del país, junto a todos aquellos que trataban criminalmente de prolongar la mal llamada dictadura de Morales.

Otro gran sector de la población ha visto ese gesto con lágrimas en los ojos. La wiphala ha sido bandera del mundo aymara, y hoy por hoy es “emblema de la diversidad e igualdad con identidad de todos los pueblos indígenas”. En ella, muchos ven no sólo un símbolo patrio más, sino aquel signo de que la pluralidad misma está presente y reconocida en la Constitución, de que la lucha de cada pueblo por una vida más digna estaba siendo valorada a nivel estatal: el signo de que el indígena por fin tenía valor y derechos ante el blanco clasemediero. Una lucha de décadas pisoteada, arrancada, quemada y compartida en redes sociales.

Un último signo que ha llamado la atención de más de uno ha sido una pintoresca performance ejecutada por Fernando Camacho. Feligreses de diversas ramas del cristianisno, que habían estado tantos días orando, marchando y luchando por su país, quedaron conmovidos al ver que finalmente se entronizaba la Biblia como máxima constitución de la democracia, desterrando para siempre a la Pachamama y los achachilas que venían como diversas caras del demonio. Camacho fue aplaudido por la población creyente, aclamado héroe y futuro presidente.

Muchos otros hemos quedado boquiabiertos ante semejante gesto colonial compartido con oraciones en redes sociales y noticieros. Sucede que el (Ca)macho ha devenido en nuevo rostro de Pizarro, que en 1532 ingresó en la corte de Cajamarca ofreciendo amistad, una cruz y una Biblia a cambio de una rendición. El Inca Atahualpa respondió a Fray Vicente su opinión: él no tenía por qué “adorar a nadie sino al sol que nunca muere, ni sus guacas y dioses” y arrojó la Biblia al suelo. Como bien sabemos, la respuesta le costó la cabeza. Las palabras del Inca hoy pueden ser las de cualquier boliviano de a pie: no tenemos por qué adorar a ningún dios impuesto por otro. Ninguna religión tiene por qué reducir la heterogeneidad del país a una mismidad inexistente y ninguna “lucha por la democracia” debería aplaudir tal propuesta. 

El proceso de cambio del Movimiento Al Socialismo ha marcado una deconstrucción de significantes que poco a poco se han llenado de nuevos significados. Al país le queda un largo trecho por recorrer en la construcción de aquello que es la bolivianidad. ¡Cuán difícil es construir UNA identidad desde semejante pluralidad! El máximo desafío será, pues, no construir desde una negación del camino andado, sino desde un trazar desde lo ya deconstruido, desde un reconocer el valor del otro y su pensamiento en la pluralidad misma de los signos que nos rodean.

 

Juan Vargas es ciudadano boliviano.
 

 

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