Adalid Contreras Baspineiro

Anudar destinos comunes

lunes, 18 de noviembre de 2019 · 00:09

La ciudad se mostraba desolada sin los grupos de vecinos que durante tres semanas inundaron sus aires de cantos y consignas. Estos movimientos de composición familiar y multisectorial  establecieron dos formas de encuentro. La primera expresada en el reconocimiento amistoso de vecinos emparentados en los puntos de bloqueo, sin saber que habitaban los mismos espacios, porque sus ojos no miraban el mismo horizonte colectivo sino sólo el suyo propio. La segunda expresión se simboliza en las pitas que delimitaron territorios cerrando el paso a la Bolivia dolida por el fraude, y abriendo horizontes para la que se quisiera vivir en democracia plena.

El centro de la ciudad cambió de rostro porque fue ganado por la Bolivia que vive en las laderas y en las comunidades campesinas, y que marcha también en defensa de su voto, robado por el mismo fraude electoral que nos tiene enfrentados entre bolivianos. Sus lazos de unidad y de identidad son milenarios, y se reproducen en círculos de revitalización intercultural de un nosotros colectivo conectado en las ciudades a través de sus juntas vecinales, sus organizaciones de residentes y sus invasiones laborales a los barrios de las clases medias y altas, aspirando ser protagonistas de la historia con los mismos derechos.

La consigna característica de las movilizaciones de los vecinos fue creciendo en su significado de la defensa del voto y de la democracia, al pedido de renuncia del Presidente, pasando por la consideración de nuevas elecciones que ya no les bastaron ante la constatación de la magnitud del fraude. La Bolivia que tiene siglos incluyéndose desde los bordes, está combinando la consigna de defensa de su voto con la reposición de deudas históricas irresueltas, en respuesta a la regresión racista de grupos colonialistas que deshonraron la wiphala. Con esta herida reabierta, el paso a la consigna de renuncia de la Presidenta, les resulta casi lógico recorrerlo.

Hemos retrocedido a un punto de la historia en el que no se avizoran elementos para construir, porque está compuesto de escombros, incomunicaciones, enfrentamientos y puñaladas al alma con la violencia que se ha dejado suelta como fiera indomable. Estamos en un escenario en el que estamos perdiendo todos, viviendo la euforia de palabras que han decidido vivir el presente sin pensar en las consecuencias de futuro. Nos estamos haciendo daño.

Tendremos que encontrar las salidas políticas adecuadas de reconciliación y estamos obligados a labrar los caminos socioculturales desandando la borrasca. Y desandar y andar empieza por una decisión individual-colectiva, la de proponernos tejer Bolivia desde sus diferencias, desde sus pitas infinitas, desde sus lazos sociales y culturales variopintos, siguiendo un proceso que, como dice Morín, genera el cruce de diversos hilos sin que ninguno pierda su color ni su tesitura, es decir su identidad, sino contribuyendo en cada entrecruzamiento con los otros, a lograr un tejido nuevo y multicolor, en el que no se pierden los hilos múltiples o los orígenes, sino que por el contrario ganan en identidad, porque contribuyen con la suya propia a la unidad en la diversidad.

Una unidad igual que la wiphala, multicolor símbolo de integración, de pluralismo, de diálogo, de encuentro, de convivencia y de fraternidad, donde uno se explica en los otros y en el todo, y el todo se explica en la unidad de sus partes. Vamos a anudar y tejernos un destino común, porque todos nos necesitamos entre todos, porque no somos nada sin los otros, porque democracia es expresión de protagonismos sin exclusiones. Y porque construir país en este momento es encaminarnos a nuevas elecciones apegados al marco estricto de nuestras leyes y en un ambiente de paz y de debate de propuestas. ¡Vamos Bolivia, sí se puede!

 

Adalid Contreras Baspineiro es académico boliviano radicado en Quito.

 

35

Otras Noticias