Pamela M. Quino

¿Esclavos vivir?

miércoles, 20 de noviembre de 2019 · 00:10

Se entonaba el Himno Nacional a viva voz en las calles paceñas, así como en muchos rincones de Bolivia y no era para menos. Los que cantaban eran quienes protestaban hace varios días. La autoconvocatoria ciudadana inició el 21 de octubre, a partir de allí se comenzó a formar lo que se denominó como “resistencia civil”.

Al comienzo, cientos de personas se congregaban en las calles, luego se unieron muchos más. Cada uno con la convicción de hacerse escuchar, algunos con la firme prerrogativa de materializar su derecho a la protesta pacífica como principio fundamental (y que se respalda en el artículo 20 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, en el artículo 19, 21 y 22 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, así como el artículo 21 en sus incisos 4 y 5 de nuestra Constitución Política del Estado. 

Al parecer, no todos se encontraban de acuerdo en algunos aspectos, muchos marchaban con la consigna de “no violencia”; mientras que unos cuantos expresaban que sólo utilizando la fuerza lograrían que se tomara en serio el movimiento ciudadano que había surgido. Lo que prevaleció fue una cultura de paz.

En su mayoría, los medios de comunicación miraban a otro lado mientras la resistencia civil crecía cada vez más en las ciudades de Bolivia. Ante la represión policial existió un aguante, casi a mano pelada y con la bandera de Bolivia en la espalda. Poco a poco, muchos de los jóvenes de la resistencia se proveyeron de cascos, otros de  máscaras industriales o caseras para aguantar las gasificaciones. 

La consigna seguía siendo la misma: luchar para que no nos roben el voto, dejar de consentir que el gobierno pisotee la voluntad del pueblo; luchar contra lo que parecía un gran fraude electoral y que días después la OEA confirmaría como tal públicamente, y a través de un informe preliminar.

Aquel movimiento ciudadano que tanto se subestimó no se detuvo. Bloqueos con “pititas”, sillas, juguetes y cualquier elemento del hogar que pudiera servir para evitar la libre circulación de vehículos. Cantos ingeniosos, otros un tanto ofensivos; la gente se unía para marchar por las calles, la gente salía de sus casas para protestar, para intentar conservar la democracia.

A cada paso, existió una cantidad muy variada de detractores que cuestionó el fundamento de tal revuelta ciudadana y se burló del propósito que existía de fondo, pero ni ello logró apaciguar el deseo de lucha pacífica. Esa lucha que no pretende hacer daño a otro boliviano, pero que se mantiene firme a cada paso, porque hay que dejar en claro que adoptar una postura pacífica no significa ser pasivo.

Es probable que una cantidad de guerreros digitales, otro tanto guerreros de a pie, y muchos otros por razones ideológicas traten de desmerecer el gran movimiento de la resistencia civil y no sólo ahora, sino también en la posteridad. Pero quienes vivimos y palpitamos cada uno de esos 21 días de protestas en las calles, somos testigos de lo que provocó ese gran movimiento ciudadano. Esa lucha fue histórica.

Quienes aún creen que esa fue una contienda entre el hombre blanco y el indígena se engañan. Me animo a decir que hasta ahora ésta ha sido una de las batallas más heterogéneas de nuestra época, en vista de que en las filas de la resistencia civil se encontraban centenares de bolivianos, y el pluralismo de por sí nos define. En cada protesta un joven de la resistencia marchaba junto a un profesional independiente, junto a una mujer de pollera que sostenía la tricolor en sus manos, quien a su vez se encontraba junto a un adulto mayor, que con todas sus fuerzas quiso ser parte de ese gran movimiento ciudadano en las calles. 

Esa lucha histórica le pertenece a una cantidad enorme de bolivianos, como al roquero que fue con un grupo de amigos o a la pareja inseparable que corrió de la mano durante la  represión policial. A la madre que llevó a su hijo adolescente a protestar cerca del Tribunal Supremo Electoral o a la que se unió a los cacerolazos nocturnos, así como a las amigas que entre risa gritaban por la democracia; a todos los que fueron solos a cada protesta y cuya única compañía fue la tricolor boliviana; a todos aquellos universitarios que armaron fogatas en las calles para aguantar la gasificación.

Centenares de personas se autoconvocaron cada día, cada noche. Todos ellos gritaron juntos “morir antes que esclavos vivir”, sin entender lo que su lucha desencadenaría a nivel nacional e internacional.

Cada uno de los días que existieron protestas en las calles no pueden negarse, no pueden anularse. Ello significaría deshacerse de la realidad que los bolivianos vivimos dentro y fuera de nuestros hogares por casi un mes. Ello significaría eliminar la consciencia y la lucha de -hasta ahora- uno de los más grandes movimientos que se haya visto en los últimos años en Bolivia.

Esa tremenda agrupación ciudadana llamada resistencia civil demostró que las palabras de nuestro Himno identifican ésta y muchas otras luchas, porque al parecer en esta tierra muchos están dispuestos a morir antes que esclavos vivir.

Pamela M. Quino Montenegro es abogada.

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