Rafael Archondo

¿Por qué no nos creen?

jueves, 21 de noviembre de 2019 · 00:12

Fueron vanos nuestros esfuerzos. El mundo ha quedado persuadido de que los luchadores por la democracia boliviana son los seguidores de Evo Morales y que el odio racial ha dado lugar a su caída. En varias salas del planeta se espera la pronta caída de Añez, la “dictadora”, y el retorno triunfal del discriminado, aunque siempre legítimo primer jefe de Estado de piel morena de nuestra Historia. 

Han bastado dos o tres imágenes y un par de crónicas chapuceras del diario El País de Madrid para implantar la idea de que una secta evangélica, criminal y oligárquica se ha adueñado del Palacio de Gobierno en estricta subordinación al gorilismo castrense. 

Las buenas consciencias progresistas del universo no sólo quieren ver a Evo terminar su mandato hasta enero de 2020, sino además quedarse los cinco años que le corresponderían tras su victoria “inobjetable” en primera vuelta el reciente 20 de octubre. “Patria o muerte, ya vencimos”. 

Desde su aterrizaje en México, Evo Morales tomó la decisión de revertir todos sus dichos. Rebobinemos. Dijo que el golpe era policial-civil. Ahora dice que es militar. Dijo que quería convocar a nuevas elecciones con un nuevo tribunal electoral. Ahora dice que no hubo fraude y que ganó en primera vuelta. 

Dijo que la auditoría de la OEA sería vinculante. Ahora dice que la OEA es parte del golpe y corresponsable de la convulsión social. 

Dijo que renunció a la Presidencia. Ahora dice que el asunto está en manos del Senado que es casi todo suyo. Dijo que salía de Bolivia para pacificar el país. Ahora dice que hay que resistir con grupos armados a la dictadura.  Como todo lo que dijo está grabado, sus esfuerzos para desdecirse son titánicos. Quienes no registran tales desvelos, son los que llegaron tarde a la sintonía, es decir, los que se percataron de que algo raro pasaba en Bolivia el día en que Evo posó su cara sobre las manos del canciller de México. 

Me rindo. No podré convencer a nadie , pero me queda al menos un consuelo: saber por qué no nos creen y quizás intentar explicarlo. No es porque no hayamos sabido argumentar, sino porque la narrativa del golpe de Estado es poderosa en varias latitudes. 

Tomemos como ejemplo a la Argentina. No es que en Buenos Aires sepan más sobre Bolivia que nosotros, es que ellos miran las cosas a través de sus lentes peronistas. No los culpo, es lo que conocen. El general Juan Domingo Perón, igual que Evo, ganó tres elecciones. 

Su gobierno desplegó políticas sociales exitosas y se ganó el corazón de los más pobres. Bajo su mandato, la Argentina dio un salto en materia de infraestructura y el peronismo se transformó, hasta hoy, en una máquina electoral imbatible. Los militares, movidos por los privilegios amenazados, bombardearon la Casa Rosada y Perón tuvo que huir del país. 

Tras un largo exilio en Madrid, el general regresó reconvertido en Salvador de la Patria. Todos los esfuerzos para que la gente lo olvidara  fueron inútiles. La juventud que no lo conoció, es la que más bregó por su retorno. Algo más. Tras la caída de Perón y también después de su muerte, la iglesia y los militares trataron de extirpar de raíz su paso por la vida de millones de personas. Hubo biblias y sables. Pues, bien, ¿ahora te atreves a decirle a un argentino que en Bolivia no está pasando lo mismo?

Busquemos más ejemplos, México o España. Son países que han vivido atormentados por el inmenso poder de la Iglesia, hubo guerras por motivos religiosos y por ello fue urgente apartar los rezos de la administración pública. Cuando un mexicano o un español promedio ven un santoral en un acto oficial, fruncen el ceño y se fastidian. 

Ahora, ¿te atreves a decirle a un mexicano o a un español que una marcha de policías blandiendo crucifijos y pidiendo paz, no es un clarísimo gesto de fundamentalismo religioso o fascismo con sotana?   

Así, mientras un alegre puñado de corresponsales alienta estos malentendidos, en las calles de Bolivia zumban las balas, se dinamitan los muros, se queman casas y se obstruyen las vías con estruendosas explosiones. Las humaredas sirven para probar que los golpistas son asediados por las masas y que el amanecer está a punto de llegar. 

Lo que ni la opinión pública internacional ni estos operadores informativos saben decirnos es:  ¿cómo gobernará Morales una sociedad que bajo su mando solo ha aprendido a odiarse profundamente?, ¿acaso cree que él, que ya es parte del problema, podrá curar las heridas?  El MAS planificó un Vietnam moderno y está a punto de hacernos Ruanda.
   
 
Rafael Archondo es periodista.

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