Sonia Montaño Virreira

Ni viendo creemos

domingo, 24 de noviembre de 2019 · 00:10

Durante las últimas semanas, la fuga de Evo Morales hacia México ha  abierto un “no debate” que ha inundado medios de comunicación y redes sociales.  Comunicadores e internautas de muchos países, especialmente de Argentina y México, súbitamente vueltos expertos sobre un país que habían ignorado, han abierto sus canales para que el expresidente exponga el relato del prófugo como víctima de un golpe de Estado; politólogos con perfil de estrellas  rock  se han lucido exponiendo teorías del golpe;  han minimizado y hasta  ignorado las causas de la revuelta social liderada por los jóvenes en defensa de la democracia, sin atender  ni al contexto ni a la historia de un dramático episodio que está por concluir.  

En este “no debate” se ha mostrado la inutilidad de algunas categorías como derecha e izquierda para el análisis político. Desde el peruano Bailey, quien batió palmas  para reforzar sus ideas, hasta el progresista Chomsky, quien se ha alineado con Evo, pasando por la corte de amigos del “proceso de cambio”, como algunos académicos de la Clacso, LASA y otras siglas de la izquierda muy bien criticadas por Gonzalo Rojas.

Todos han reafirmado su fe en Evo, mientras criticaban la Biblia en mano ajena. Elogiaron al indio llenándose la  boca con las  cifras del Fondo Monetario para decir que el de Morales había sido el mejor gobierno de la historia y de la región. Los mismos que criticaron a Piñera por derechista, celebraron el modelo boliviano que no es otro que el neoliberal inspirado en el Banco Mundial: desarrollo extractivista en alianza con banqueros y empresarios, distribución de bonos para reducir la pobreza, y violación de los derechos humanos. 

No entienden que el levantamiento social no fue contra la pobreza, fue por la democracia y la libertad. Como se lamentaba  Rafael Archondo: “no nos creyeron”. No se detuvieron para analizar la disonancia entre sus declaraciones, echando manos de argumentos  en conflicto. En lo individual, pienso que algunos argentinos –tan psicoanalizados  ellos– no repararon en un rasgo de Evo y  su exvicepresidente, quienes muestran una conducta que puede pasar en segundos de reafirmar su fe en Dios, Biblia en mano, hasta un mensaje de odio, llamando a cercar las ciudades o convertir Bolivia en un nuevo Vietnam.

Esa disonancia la padecemos muchos. En estos años de proceso de cambio nos ha invadido, con distintas características, un deseo de negar hechos dolorosos, mirando a un costado para no enfrentarlos. La autocensura y la tolerancia colectiva, desarrollada a fuerza de logros económicos,  propaganda y represión nos impidió reconocer la gravedad de lo que se estaba gestando y las pocas personas valientes que lo advirtieron  tuvieron que enfrentar persecución, descalificación y ataques.

La negación colectiva acerca de la gravedad del narcotráfico en Bolivia,  que está en el origen de la violencia,  nos está llevando  a la autodestrucción.  Pero fieles a sus creencias, los defensores de Morales no admiten que el líder indígena tenga responsabilidad.

El gobierno de transición debe cuidarse de no reproducir el mismo comportamiento disonante, demandando una pacificación que algunos ministros y ministras contradicen; de decir, que son transitorios pero hacen todo por quedarse. Se sabe que el gobierno de transición camina por un sendero minado por el vacío de poder provocado por el MAS, el clima de violencia, donde la mayoría desarmada corre el riesgo de morir, y la  urgencia de llamar a elecciones de la forma más legal posible. 

Se requiere una gran inteligencia emocional para no reproducir el discurso del odio revancha. La Presidenta hasta ahora la ha tenido. Lo sucedido  con las muertes en El Alto, si no se esclarece, dará lugar a historias negadoras de ambos lados. Unos la acusarán para evadir el sufrimiento que ocasionaría la verdad.  A eso llaman una negación plausible “o  la capacidad de las personas de negar el conocimiento o la responsabilidad de cualquier acción condenable cometida por otros en una jerarquía organizativa”. Esa negación es, como en el caso del narcotráfico, el mejor combustible para nuevas violencias.

La revuelta por la defensa del voto devolvió las ganas de vivir a mucha gente. La violencia desatada tiene que ser esclarecida para que no surjan nuevos relatos negadores de la realidad que en poco tiempo se volverán impunidad y harán muy difícil cumplir el objetivo de reconstruir una sociedad en democracia. No basta ver para creer si seguimos llevando anteojeras que nublan la razón.

Sonia Montaño Virreira es socióloga, miembro del Colectivo Mujeres por la Democracia.

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