Florencia Ávila Terzo

La generación Evo y la democracia

martes, 05 de noviembre de 2019 · 00:10

Yo, al igual que otros 2,5 millones de jóvenes, soy de parte de la generación Evo, y no, esto no significa necesariamente que estemos a favor de su régimen, sino que desde que tenemos uso de razón hemos conocido un solo gobierno y por supuesto un solo presidente. 

Hemos crecido en un “sistema democrático” en medio de revueltas, conflictos y polémicas en los que  nunca encontramos lugar ni función, lo que hizo que nos desenchufemos del escenario político por un rato. ¿Qué paso en ese paréntesis?   Nuestra economía se mantuvo relativamente estable y nunca nos tocó sufrir una verdadera crisis; lo que no sabíamos era que esto se debía a la deuda externa que el gobierno nos está heredando con  cifras abismales. 

Crecimos en una sociedad  totalmente fragmentada y en un país muy aferrado a su historia, donde sembraron odio y rencor en cada una de las fisuras entre segmentos sociales, por lo que vivir divididos siempre fue lo “normal”. Lo que fuimos descubriendo por nuestra cuenta fue que todos somos seres humanos y que la guerra de nuestros antepasados era asunto suyo, nosotros somos bolivianos y eso nos hace a todos iguales. 

Crecimos bajo una reforma educativa implantada por el gobierno, que obviamente gira en torno al presidente, en el que  las reformas educativas no sirvieron más que para ideologizar y darle popularidad, porque la verdad es que somos una generación totalmente retrasada en lo que concierne a una  educación de calidad, y estamos muy por debajo de los estándares  mundiales. Lo que pasó es que no se dieron cuenta de que necesitábamos menos canchas y más cerebros. Nuestro escenario político siempre fue el mismo. Ante nuestros ojos tuvimos a Evo Morales por todos los medios prometiéndonos el país que siempre soñamos y nunca tendremos (al paso que vamos), y, por el otro lado, vimos a una oposición fragmentada y desorganizada, que aunque fue cambiando de caras, su ineficiencia siempre ha sido la misma. Entonces, ¿para qué involucrarnos en un escenario tan absurdo?… 

Siempre fue nuestra excusa para desentendernos con estos personajes, sin tener en cuenta que seríamos nosotros quienes protagonizaríamos este show más adelante. Apáticos frente al sistema, desinteresados por el país, individualistas, egoístas, indiferentes –y todos ya sabemos qué más– fueron las etiquetas que nos fue poniendo la sociedad mientras estábamos metidos “todito el día en ese bendito celular”. 

Pero entonces crecimos, más rápido de lo que el Gobierno y la sociedad hubieran querido, y le demostramos a todos que nos habían estado subestimado, y que tan dormidos no estábamos. Le quitamos la pluma a los políticos y  empezamos a escribir nuestro propio futuro. Y ahí fue que entramos al juego político, pero cambiamos las reglas. En estas últimas elecciones, revolucionamos el sistema. Luego de la burla de elecciones presidenciales que tuvimos en el país, luego de que desconociera nuestro voto y nos pasaran por encima como les dio la gana; sin militancia ni partidos políticos, sin armas ni violencia, sin odio ni racismo, salimos a defender eso de lo que tanto nos habían estado hablando: la democracia.  Haciendo malabares y con un poco de imaginación salimos a las  calles a frenar el autoritarismo y la corrupción. 

Empezamos por tomar una calle, una avenida y luego una institución, cada quien con lo que encontraba en el cuarto de cachivaches de su hogar. Movilizamos a nuestros amigos, nuestros padres, nuestros vecinos y maestros para salir a protestar, y sí, todo esto desde “ese bendito celular”, y fue a través de la redes que empezamos nuestra revolución. 

 Y fue entonces –él el primero en burlarse de nuestra forma de protestar– que el señor Evo Morales nos acusó de salir a protestar por platita o por notita; no nos creyó capaces de pensar y decidir por nosotros mismos.  Fue él quien se burló de nuestra forma tan “absurda” de bloquear y dijo que tendría que adoctrirnarnos, incluso en estas ocasiones. Fue él quien, a modo de represión, intento intimidarnos con ataques de quienes nos deberían proteger y, a plan de gas y bala sembró en cada uno de nosotros un sentimiento de impotencia, que, en vez de asustarnos, nos argumentó para seguir peleando. 

Con los corazones rotos de tanto abuso y desfachatez, nos unimos para luchar por el futuro que nos merecemos. 

Cara cubierta, bandera en el cuello y aliento en el pecho, estamos dándole la vuelta al país, cerrándoles la boca a quienes no nos creían capaces. Y créannos cuando les decimos que si no nos dejan soñar no los dejaremos dormir. Porque no somos pocos, somos millones y con los corazones rotos no se juega, y menos con éstos que laten cada vez más fuerte.   

 

Florencia Ávila Terzo es estudiante de ciencias políticas de la UCB.

Confidencial

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