Ricardo Sanjinés Ávila

La menguada fe de Bolivia en la OEA

martes, 05 de noviembre de 2019 · 00:09

El 15 de abril de 1962, el gobierno de Víctor Paz Estenssoro rompe relaciones con Chile a causa del río Lauca. El derecho internacional norma que un río de curso compartido entre dos naciones  no puede ser alteado por una de ellas y Chile lo desvió  para regar tierras, mermando el caudal en perjuicio del pueblo chipaya, que recibe  esas aguas desde hace milenios. 

Bolivia pide una reunión de cancilleres para tratar “la agresión chilena”. Chile dice que no es agresión y que “150 mil personas se beneficiaban con las aguas del Lauca y sólo 6.000 indios se perjudican…”. 45 días después, la OEA insta al restablecimiento de relaciones entre Bolivia y Chile para superar “el entredicho”, descartando que hubiera alguna agresión chilena a Bolivia, designando una comisión mediadora que estudiaría el caso. No se conoce el resultado de tal estudio, pese a que  pasaron 57 años. 

En el ínterin se estableció que el secretario general de la OEA, José Mora, estaba casado con una dama chilena que ejercía fuerte presión en los temas interamericanos. El Gobierno boliviano alza el grito al cielo, pero debe contentarse sacando las placas de la avenida Chile, en Miraflores, que desde entonces se denomina Héroes del Pacífico. Los escolares siguieron cantando “un canto de amistad, de buena vecindad…”, saltándose el nombre de Chile del coro que dice “Argentina, Brasil y Bolivia, Colombia, la-la y Ecuador, etcétera”.

Un poco antes, el jefe de la oposición boliviana, Óscar Únzaga, muere en el curso de una revolución y los hombres de la plana mayor de su partido, FSB, rendidos y con las manos en alto, son exterminados. El Gobierno prohíbe a sus familias  que los entierren,  hace desaparecer los cadáveres, hallándolos semanas después, con las cabezas destrozadas por el tiro de gracia que les aplicaron para que no queden sobrevivientes. 

En cuanto a Únzaga, el Gobierno ordenó una autopsia que determinó su suicidio, pero su cabeza mostraba el impacto de dos balazos, como si se hubiera disparado con ambas manos, además su cadáver mostraba un pucho de cigarrillo entre los dedos índice y medio de la mano derecha. Uno de sus acompañantes en la hora de la muerte logró escapar a Chile y denunció el asesinato ejecutado desde una ventana del cuarto donde se habían refugiado ambos.  

Miles de exiliados bolivianos en varios países   salieron en marchas pidiendo la intervención de la OEA. El gobierno del presidente Siles Zuazo accedió y una comisión de expertos criminalistas, luego de meses de trabajo muy bien rentado, confirmaron la tesis del suicidio, que nadie creyó por la forma displicente y sesgada como se estableció aquello.

Ya en el nuevo siglo, José Miguel Insulza, secretario general de la OEA y amigo de Evo Morales, contrario a las autonomías departamentales que pedía buena parte del país, envió una comisión encabezada por el argentino Dante Caputo, quien intentó convencer a los opositores de cambiar sus demandas, mientras se armaba el tinglado de un falso levantamiento secesionista que culminó en la masacre del Hotel de las Américas en Santa Cruz. Como resultado, el Gobierno tomó militarmente  Pando, persiguió a líderes cívicos, militares y políticos, sometiéndolos a juicios que aún no terminan.

Morales se puso a la cabeza de la actual “autonomía”, cerradamente centralista, e Insulza se río a carcajadas de los “pobres cuicos”, quienes también creyeron en la agenda de 14 puntos que teóricamente  restituiría el mar a Bolivia.

El secretario general de la OEA, Luis Almagro, buscando apoyo para su repostulación, llegó a Bolivia el año pasado y confirmó que Evo tenía derecho a la reelección ilimitada. Ante el fraude electoral reciente, aparece entre gallos y medianoche una comisión de la OEA realizando una “auditoría” limitada a lo que pasó entre la tarde del domingo 20 de octubre, cuando comenzó el conteo de votos, y el informe final del TSE, dando como ganador a Evo. El mundo lo considera como una broma pesada. 

Todos los procesos criminales tienen una génesis (¿cómo se urdió el plan?), los motivos (la reelección ilegal), en qué momento se lo ejecuta (las 19:50 del domingo 20 de octubre), quiénes son los actores materiales (Eugenia Choque y compañía), además de las declaraciones de los testigos, por ejemplo el exvicepresidente Antonio Costas,  Guzmán de Rojas, encargado del TREP, o el ingeniero Villegas, quien denunció el fraude. 

Pero la OEA no tomará en cuenta esos aspectos que son esenciales. Sin tenerlos en cuenta, la “auditoria” ya ni siquiera será la autopsia del asesinato electoral del domingo 20, sino su necropsia.

El desprecio a los bolivianos está en la misma onda de la mujer del jefe de la OEA en 1962, de los criminólogos chilenos rentados de la OEA en el caso Únzaga, del taumaturgo de la palabra, Dante Caputo enviado por Insulza y del cinismo de Almagro. Hay una historia previa, de larga data, que ha ido menguando la fe de Bolivia en la OEA y esta, la de octubre de 2019, es la más chapucera de todas. Es como para gritar “¡huevo carajo!”.

 

Ricardo Sanjinés Ávila es escritor.

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