Harold Olmos

El pasado que vuelve

miércoles, 06 de noviembre de 2019 · 00:10

Las jornadas vividas por Bolivia estas semanas nos vuelven a un pasado que creíamos superado. Con cauteloso optimismo, muchos creíamos que Bolivia empezaba a alejarse de la ruta salvaje de los bloqueos y gases  lacrimógenos, aunque muchos de  los grandes bloqueadores todavía se encontrasen en las primeras franjas de la jerarquía nacional. Gran parte de la ciudadanía está ahora ante una disyuntiva cuyo costo final es difícil anticipar:  aumentar la presión para la renuncia o abandono de la presidencia por parte del presidente Evo Morales o abrir camino para una salida peligrosa que a nadie gustaría. 

Sin grandes amigos externos y sin los recursos de los que solía disponer, este último camino luce como peligrosa posibilidad. El Gobierno sabe que los tiempos de miel expiraron y que su sobrevivencia política dependerá de la forma racional en que acepte esta nueva realidad.

La razón para este encallamiento estriba en nuestra limitada evolución social y la dificultad de aceptar que sólo una mejor educación nos permitirá percibir que nuestras recetas de desarrollo no son únicas, así parezcan excelentes para algunos.  No hay verdades únicas. Con la historia como referencia fundamental, miremos a la ex Unión Soviética, disuelta en 1990 sin que acabaran las filas interminables para comprar un refrigerador o un simple secador de pelo, pese a siete décadas de revolución. Nadie quiere seguir ese camino, que también prometía un futuro luminoso que nunca  llegó.

El asesinato de dos personas en la ciudad norteña de Montero ha obligado a las organizaciones cruceñas a redoblar la vigilancia de sus centros de bloqueos, expresivos de la fortaleza de un paro cívico que, al escribir estas líneas, se aproximaba a  la décima cuarta jornada. 

A ratos con jóvenes cantando o absortos en juegos sociales, desde dominó hasta monopolio, en algunas zonas, el movimiento ha puesto en jaque a los que habrían querido un paro violento para justificar tentativas de desarticular al movimiento más pacífico, más prolongado y de mayor envergadura surgido en esta región.

Un paro así no es común en el mundo. Hasta ahora es una originalidad boliviana. Su primera victoria ha sido poner en ridículo a quienes, en la vereda del frente, al lado del gobierno, quisieran desarticularlo por la fuerza y de inmediato. El gobierno ya no tiene la fuerza de ayer.

El pasado que quiere reinstalarse está presidido por un gobierno que generó  grandes esperanzas de redención. Durante algunos años contó con recursos que, bien administrados,  le habrían permitido levantar de manera ejemplar a las clases originarias que buscaba redimir.

Estos días, áreas enteras de las distintas capitales  se convirtieron en campos de batalla, con pedradas, palazos, petardos y balines. La Bolivia del pasado había retornado a una realidad que después de un largo tiempo era de nuevo parte de un angustiado diario vivir.

Cada día de estas dos semanas ha traído andanadas de protestas contra el cómputo electoral del 20-O, que toda la oposición  ve como fraudulento. Toda Bolivia vive una conmoción civil. Una pregunta angustiante era cuánto más podrían resistir el gobierno de Morales y los organismos policiales, entre los cuales podría resultar fatal cualquier ruptura en la cadena de mando.

La última semana, un multitudinario cabildo en Santa Cruz dispuso reclamar la renuncia del Presidente en una carta que se proponía entregar en manos el presidente del Comité Cívico.

El régimen está empeñado en una cuarta presidencia para Morales, con la que podría cumplir 20 años a la cabeza de los destinos del país.

En otros tiempos, esta rebelión   habría provocado renuncias y cambios de gobierno. No recuerdo rebeliones civiles que hayan alcanzado semejante magnitud sin haber determinado cambios políticos.

Poco antes del Día de Difuntos, la jornada empezó a mostrar el nuevo objetivo principal de la insurrección cívica: la remoción del presidente Morales del gobierno.

La expresión era pecaminosa hasta hace un tiempo, pero ahora se la escucha diariamente. Los analistas explican esa mutación como  resultado del carácter autocrático que atribuyen al Presidente. En un medio como el boliviano, con una historia de luchas largas y penosas por una democracia estable y vigorosa, no son un buen augurio las batallas callejeras que enfrenta el gobierno del MAS, que jura que son falsas las críticas de que el 20 de  octubre ocurrió un fraude de magnitud para pavimentar el cuarto período presidencial de Morales.

 

Harold Olmos es periodista 

 

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