Jorge Patiño Sarcinelli

Con la Biblia a la urna

jueves, 07 de noviembre de 2019 · 00:09

Las últimas elecciones nacionales han tenido, como casi cualquier proceso electoral en democracia, algunas sorpresas. El fraude tal vez no haya sido del todo sorprendente para los eternos suspicaces que han visto sus temores confirmados; convicción que no cambiará sea cual sea el resultado de la auditoría de la OEA. 

Sorprenderá quizá que la auditoría no confirme lo ya detectado por la misión de observación de la OEA, y sorprenderá más que Evo Morales responda positivamente a un informe negativo. Veremos. 

La convulsión social que todavía asola al país concentra, como es natural, la atención de la ciudadanía, y ha hecho que el análisis de los resultados sea una cuestión todavía secundaria. Esperemos que el país salga de esta difícil coyuntura sin más sangre, que las instituciones puedan sacudirse el polvo y curar las heridas de esta caída y que podamos retomar el camino de la democracia.

Mientras esto no sucede y ante la todavía no descartada posibilidad de que se realicen nuevas elecciones, es pertinente analizar el resultado de las últimas.  

En términos de resultados, dejando de lado el más significativo -la insuficiente victoria del MAS–IPSP- quizá los resultados más sorprendentes han sido la estrepitosa caída de Óscar Ortiz y la vertiginosa subida del candidato Chi Hyung Chung. Lo segundo fue revelador de una corriente que había sido subestimada hasta dos meses antes de las elecciones: “el efecto religión”.

Dos antecedentes son relevantes en este análisis. En primer lugar, la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil gracias al voto de los evangélicos adeptos de la “teología de la prosperidad”, que se volcó a su favor, y, en segundo, el intento fracasado de Víctor Hugo Cárdenas de hacerse de la misma bandera de valores morales. 

Cuando el Dr Chi hizo declaraciones con mensajes homófobos y machistas de similar vena, la reacción de condena no se hizo esperar y quizá por eso se subestimaron sus posibilidades electorales, olvidando que él tiene un acceso privilegiado a una cantera de votantes que deciden con otros criterios; acceso que no tenía Cárdenas.

Pero los resultados están ahí y no parece que el fraude tenga nada que ver con ellos. La explicación está en otro fenómeno social, a cuyo impacto político en Bolivia no se la ha dado suficiente atención: un retorno de la religión montada en el asno de los valores fundamentales, casi todos pertenecientes a una visión conservadora de la sociedad en cuestiones como el aborto, los derechos de la mujer y la agenda LGBT.

La religión en sí no es ni buena ni mala, evidentemente, pero así como es peligroso manejar borracho, no es bueno gobernar con fervor. No es concebible una verdadera democracia donde no hay separación entre Iglesia y Estado. Mesa nunca ha escondido su corazoncito católico, pero tampoco hace aspavientos de ello y solo cuando una cuestión era preciosa para la curia, dejó que ese corazón intervenga. 

Estos días, el líder cívico Luis Fernando Camacho ha dicho “No estoy yendo con las armas, con mi fe y mi esperanza, con una Biblia en mi mano derecha y su carta de renuncia en la mano izquierda”, creyendo que con eso volvería a Santa Cruz “con la renuncia de Morales firmada”.  En el cabildo de Santa Cruz alguien sostenía una imagen de la Virgen. Es concebible que estos sean gestos populistas, pero lo más probable es que sean reveladores de su entorno, pensamiento y personalidad. 

El hecho es que la religión ha vuelto con fuerza al podio de la política. Los que ven en líderes como Camacho un camino hacia el fin del proceso de cambio, deberían preguntarse de qué males viene acompañado el remedio que del nuevo líder esperan. Como dijo Santa Teresa, a veces Dios te castiga atendiendo tus ruegos.

 

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor
 

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