Editorial

La necesaria reconciliación

jueves, 07 de noviembre de 2019 · 00:15

¿Habíamos avanzado o sólo nos engañamos pensando en que esas heridas estaban curadas y las deudas históricas saldadas? Cuando Evo llegó al poder, hace 14 años, Bolivia vivía de espaldas entre su mestizaje y su indianidad; y fue Evo, su “proceso de cambio”, quien impulsó la incorporación a la vida pública de sectores excluidos. 

Aunque la Participación Popular hizo mucho por llevar la representación política a todos los rincones del país, es innegable que el MAS acrecentó la participación política de los sectores indígenas y campesinos de forma  visible.

No sólo eso,  promulgó una generación de leyes que acortaron la brecha en la igualdad de derechos: la ley contra el racismo y todo tipo de discriminación, la ley contra la violencia hacia la mujer, la ley contra el acoso y la violencia política, la ley contra la trata y tráfico,  y otras. 

Pero, a la luz de los hechos podemos decir que aunque valiosa, la lucha contra la discriminación quedó más en la tinta que en los hechos: la violencia contra la mujer es cada vez mayor, la participación política de la mujer es más numérica que efectiva y somos todos tanto o igualmente racistas.

Más triste aún es comprobar que aunque nos preciamos de nuestro crecimiento económico, grandes sectores continúan marginados, y la riqueza, la salud y la educación siguen siendo excluyentes. Los bolivianos estamos confrontados por origen, por clase, por género.

Por supuesto que esto tiene que ver con la sociedad misma, pero no se puede soslayar que ha sido exacerbado y usado por el discurso político; un discurso que abona la diferencia porque renta de ella, porque así cosecha lo que más le beneficia.

Está claro que en un país que lleva la discriminación en el ADN histórico, vencer estas taras no es cosa de un día, pero, quizás pecando de ingenuos, pensamos que con un Presidente indígena, con los mentados avances normativos, con el discurso de la plurinacionalidad era suficiente. No fue así.

No es culpa de Evo; no del todo. Pero sí se le puede cobrar haber perdido la oportunidad de unir a los bolivianos y haber optado por enfrentarlos sin pudor alguno. 

Todo lo que “el proceso” nos mostraba como logro ha desaparecido en estos tortuosos días: el mandatario eligió una vez más acudir a la polarización, a dividir, para ver si así puede seguir en su objetivo u obsesión de reinar. Entonces, resulta que el descontento es racismo, regionalismo, discriminación.

Aunque efectivo, este discurso es peligroso. Es efectivo porque realmente consigue enarbolar los sentimientos más atávicos y chauvinistas; pero es riesgoso porque en ese camino se enfrenta a bolivianos contra bolivianos. 

Ni los más indios ni los menos, ni los más urbanos ni los más campesinos; ni los más ricos ni los más pobres, son menos bolivianos y todos tienen derecho a expresar su criterio. Un presidente debe ser un factor cohesionador,  no de ruptura. Evo, lastimosamente, ha optado por fragmentar: él está con los buenos y el resto son más que malos, son racistas, golpistas, discriminadores.

Más aún, además del racismo se ha resucitado el regionalismo. A estas alturas, ningún departamento es homogéneo y quizás el más diverso desde hace décadas es Santa Cruz, que recibe a  miles de migrantes todos los días; y El Alto, que también es un conglomerado de orígenes diversos.

¿Por qué entonces enfrentar a Santa Cruz con La Paz, a los aymaras con los cambas, y a los del campo con la ciudad? La respuesta es simple, sin enemigo, el proyecto político del MAS  eclipsa, se queda sin iniciativa.

Si no llama golpistas a unos, felicita a los otros -aunque usen dinamita para atacar a los adversarios-. Evo tendría que ceder, tender puentes, negociar e incluso perder. Y esto, sencillamente, para él y su entorno, no es aceptable. Importa poco si esta estrategia implica enfrentar a bolivianos entre bolivianos, y rifar la imagen del hombre que transformó Bolivia, y que a este punto ha llegado al extravío. Hay que llamar a la reconciliación entre bolivianos, recuperar y ensalzar el hecho de que todos somos la misma Patria.

 

 

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